Opinión

La culpa la tiene el lenguaje


Por ser demasiado abierto, amoldable, por dejarse engañar por propios y ajenos, porque nunca discute, porque acepta fórmulas inaceptables, por estar siempre de parte de todos, ricos y pobres; por eso y por muchas cosas más, la culpa la tiene el lenguaje.
Es mejor culparlo a él, si no nuestros oídos y nuestras bocas serían los grandes responsables de atentados como: “guerra humanitaria”, “movilidad laboral”, “armas inteligentes”, “efectos colaterales”, “desplazados”, “ayuda humanitaria” o el nuevo y sarcástico “desengrase de plantilla” (¿qué quieren decir exactamente con esto? ¿acaba con un trabajador agachado para mantener su trabajo?). Hemos asistido a la perversión de las palabras. Resulta indecente que no nos rechinen los oídos ante tan maña malversación de sueños y deseos.
Si nos atuviésemos al sentido original de las palabras, si comprendiésemos que la elección de unas en lugar de otras responde a una finalidad concreta, elegida siempre por una razón en origen significativa, el orden mundial sería eso, un orden en lugar de un desorden. Si esa unión indisoluble entre término y contenido se aplicase a las instituciones internacionales y al desempeño de sus funciones primigenias, el mundo estaría asistiendo a un nuevo despertar social e igualitario. No podemos olvidar que el Banco Mundial nació bajo el augurio del cuño “Banco Mundial para el desarrollo”. Pero, por lo visto, esas palabras debían de pesar poco porque se las llevó el viento.
Si las guerras dejasen de ser “humanitarias” para convertirse en justas o inexistentes, si las ayudas para el desarrollo tuviesen como objetivo el desarrollo real y no la deuda y la dependencia, las palabras tendrían un sentido real y no el de un papel mojado.
“Ser un hombre de palabra”, frase hecha que parece haber caído en el olvido dentro de la clase política. Ahí nace el problema de las palabras, el que tiene el poder sobre ellas, su difusión, les da la forma de las letras sobre vaho en el cristal, escribir una palabra que cuando se evapora el vaho desaparece. El problema es que no deja de estar ahí, cuando vuelve el vaho surgen de nuevo. No se puede hablar por hablar. Parece que la retórica vence al sentido cuando todas las promesas y adulaciones desaparecen.
Si tú “engañas” al Estado evadiendo impuestos tienes como mínimo que pagar una multa, sin embargo, vivimos en una sociedad instaurada en el engaño verbal. Nadie paga por “malversar” el lenguaje. Al final, la culpa la tienen las palabras por dejarse hacer.
Todos los tratados sobre medio ambiente, igualdad, justicia, los objetivos del milenio de reducción de la pobreza, los tratados para el control de armas, el perdón de la deuda externa... “Palabras... palabras”, decía Hamlet, parece que se te llena la boca y en realidad se te está vaciando. Sin embargo, no son sólo palabras, representan el principio de un camino, el primer paso necesario.
Hay que dar el salto de la palabra a la acción. Convertir en real el peso específico de lo prometido. Las palabras tienen un valor, devolvámoselo. Pongamos en práctica esa conjunción de hechos potenciales. Emprendamos una cruzada, la primera verdadera cruzada con sentido, para devolverle el sentido al lenguaje.
La lucha comenzaría por encarcelar todas esas expresiones sangrantes. Después deberemos eliminar las connotaciones negativas que se han ido asimilando a términos que nacieron como algo positivo. Por otra parte, es necesario devolver las letras mayúsculas a palabras que las han perdido: Justicia, Tierra, Estado, Pueblo, Igualdad,... y dárselas a otras que nunca la han tenido por ceguera histórica: Ternura, Fraternidad, Amistad, Comprensión...
Es fácil culpar al lenguaje y no a nuestros oídos que no se alertan cada vez que alguien lo maltrata, o a nuestras bocas, cada día peor educadas. No nos sentimos violados cada vez que extorsionan nuestro lenguaje para convertirlo en un arma.
Lo maravilloso del lenguaje, su capacidad de cambiar y de amoldarse, se convierte en un arma de doble filo que casi siempre decidimos agarrar desde la empuñadura. Si de verdad queremos construir un futuro mejor, debemos comenzar por el lenguaje. Cuidar el sentido de lo que decimos, porque una palabra puede sentirse como caricia o como dardo, como mano tendida o como reja maltrecha. Llamemos a las cosas por su nombre.
Periodista
ccs@solidarios.org.es