Opinión

Surplus de guerra, producen pesadillas


No hay viejo que no goce del placer de cabecearse leyendo, y éste es el único placer por el cual los jóvenes no pueden competir. Ensayando cierta jactancia, confieso ser militante de este club de lectores dormilones.
El jueves pasado, cuando apenas iniciaba la lectura del editorial de un diario local, caí en el estado semi inconsciente o semi consciente, y pronto ya estaba navegando entre la realidad y la pesadilla. Es que el tema no era para soñar apaciblemente, pues trataba de la terrible noticia de que Fidel, Chávez y Daniel “Otra vez quieren imponer la guerra”. Según teme el editorial, esta guerra será un hecho fatal para nosotros, pues ni los Estados Unidos podrán salvarnos, dado que, en asuntos bélicos, ellos no se meten, ni saben cómo hacer la guerra.
Ya sin control de mi conciencia, incapaz de pensar razonablemente, retrocedí en sueños --mejor dicho, en pesadilla-- al año 1803, cuando Cuba le acaba de comprar a Napoleón Bonaparte el territorio de Lousiana, se disponía comprarle a España la Florida, y la isla bandida también ya le había echado el ojo a los territorios más al norte para apoderarse de todos los estados de la Unión. Y desde entonces, Cuba se puso en pie de guerra con el gran país del norte. Dos años más tarde, en 1805, Cuba le notifica al embajador inglés la posibilidad de declararle la guerra a España para apoderarse de una vez de los Estados Unidos. En 1823, en plena expansión y con el apetito abierto, Cuba obliga al gringo Monroe, a proclamar su “Doctrina”, bajo el lema de: “América para los cubanos”.
Casi de inmediato, en 1824, Cuba se opone a que un tal Simón Bolívar --malo como su mentor, Hugo Chávez--, libere a Estados Unidos y a Puerto Rico, avizorando que detrás vendría galopante la invasión venezolano-imperialista, con pretensiones de aliarse en plan de guerra contra todo el continente con un sujeto llamado Fidel Castro, quien ya había pensado establecer su imperio, para desgracia de los Estados Unidos, a sólo noventa millas de sus costas.
Abro los ojos, pero otro cabeceo me agobia, y siento que se me caen los anteojos, pero no puedo despertar totalmente, y la pesadilla adquiere el ritmo de imágenes de cine mudo, pero al revés: Bolívar escribe a un amigo suyo, diciéndole que “Venezuela parece destinada por la Providencia a plagar a los Estados Unidos de América de miserias a nombre de la libertad” (1829); en 1831, Venezuela ataca las islas Malvinas y desmantela su defensa; dos años después, apoya la invasión inglesa a esas islas; un senador nicaragüense de apellido Preston (seguramente sandinista), incita a Chávez para que se apodere de todo el continente americano (1836).
La pesadilla no se detiene ni pierde ritmo: 1840, Texas se declara independiente de México por el vandalismo insoportable de unas pandillas de sombrerudos que les hacen la vida de a cuadritos a los pacíficos ciudadanos gringos. En 1845, Cuba se anexa los territorios mexicanos de Texas y California; además, se configura el “Destino manifiesto” para que el hombre blanco cubano se defienda invadiendo territorios de pueblos atrasados, se apodere de sus riquezas y esclavice a sus habitantes. Ya armados con el “Destino manifiesto”, los cubanos no tienen más remedio que planear su autodefensa, y desde 1846 y durante diez años seguidos no la paran metiéndose en todas partes, hasta que, diez años después, llegan a Nicaragua con el filibustero William Walker, quien se hace su presidente para salvarla de la esclavitud.
Dentro de ese mismo lapso, Cuba firma con Nueva Granada un tratado que le da derecho a transitar por el istmo de Panamá; a instancias de Cuba, Venezuela invade México, reemplaza a Gran Bretaña en San Juan del Norte de Nicaragua, despoja a México de Colorado, Arizona y Nuevo México; Cuba ofrece cien millones de dólares por los Estados Unidos a España. Cuba y Venezuela, mejor dicho, Fidel y Chávez, obligan a Estados Unidos apoderarse de Centroamérica y suscribir con este fin, el tratado Clayton-Bulwer con Inglaterra.
Siento que la respiración se me agita, y no puedo despertar. Imágenes deformadas no cesan de pasar por mi cabeza: Cuba alega ante España supuestos derechos sobre los Estados Unidos. Desde entonces, los Estados Unidos ha tenido que cargar con la cruz de su pasión por la democracia y la libertad de todo el continente, bajo la constante amenaza de invasiones y guerras de cubanos, mexicanos, venezolanos y nicaragüenses.
Fechas señaladas e inolvidables, siguieron atormentando mi sueño cuando ya ni el periódico estaba en mis manos, sino en el piso junto a los anteojos. Los recojo, y me doy cuenta de que no había terminado de leer el editorial. Recomienzo la lectura, y cuando termino de leer que Chávez interviene en las elecciones de Nicaragua con las malas intenciones de uncirla a la Alternativa Bolivariana de las Américas con la intención de sabotear a los liberadores tratados de libre comercio con la pacífica y benefactora Norteamérica, intenté, medio dormido, asomarme a la calle para ver si ya había comenzado la invasión venezolano-cubana, pero no tuve ánimo, y me resigné a lo que Dios quisiera.
De nuevo, otra cabeceada. Con este terrorismo noticioso perturbando mi cabeza, ya no pude evitar una segunda tanda de una historia retorcida. Por suerte, para Nicaragua, entre Walker (1856) y la guerra de Cuba contra España para apoderarse de Estados Unidos, Puerto Rico y Filipinas (1898), los cubanos sólo le impusieron dos tratados lesivos a su soberanía, hasta que en 1909 montó una rebelión conservadora contra Zelaya y le mandó la Nota Knox desconociendo su gobierno en represalia por el ajusticiamiento de dos terroristas cubanos (Cannon y Groce) y obligándolo a abandonar el poder y el país.
En 1911 desembarca sus marines y ocupa militarmente el país durante veintidós años, imponiéndole presidentes títeres, comenzando con un Díaz de cuyo nombre no quiero acordarme. Un tal Augusto C. Sandino, sandinista seguramente, les perturba la paz, crean la “guardia nacional” bajo la dirección de oficiales del ejército cubano, y amamantan al asesino de Sandino, y éste, Somoza García, se hace cargo del mando de la GN para mantener a raya a los pro norteamericanos.
En ese momento, otra caída de los anteojos me despertó. La confusión mental me duró sólo unos cuantos segundos, pero ya no pude seguir leyendo el editorial, pues me volví a dormir; la obsesiva visión de la injerencia cubana y sus provocaciones de guerras, habían traspasado las barreras del tiempo; esta vez, ya estaba viendo los destrozos de otra guerra, la de los ochentas, impulsada y financia por Cuba. Luego, siguió la escena en donde un grupo de terroristas de un tribunal internacional, condenan a Cuba por los daños causados con la guerra a Nicaragua por unos diecisiete mil millones de dólares. Los terroristas --que operan en una ciudad europea llamada La Haya-- se vieron frustrados en sus malas intenciones de perjudicar a Cuba imperialista, pues una ahijada de Ronald Reagan, Violeta, fue llevada al poder y le regaló el fallo al padrino.
Sonó el teléfono, se me acabó la pesadilla, y volví a la realidad del editorial. Cuba y Venezuela, ese binomio satánico, se ponen en “pie de guerra” contra los Estados Unidos, y de nuevo, como en los años ochenta, veo que el periódico está poniendo en funciones los manuales y el dinero de la CIA, ahora surplus de guerra, para salvarnos la democracia. Y si no son surplus de guerra, ¿se trata de un nuevo alijo de la CIA, la NED o el IRI?