Opinión

Sin miedo a la muerte, por amor a la vida


El 15 de agosto de 1917, la fresca Ciudad Barrios, en medio de sus cafetales florecidos, vio nacer a un creyente de la verdad, a un pastor peregrino. Su nombre: Oscar Arnulfo Romero Galdámez.
Después de siete años en los seminarios, menor de San Miguel y mayor de San José de la Montaña, en San Salvador, fue enviado a Roma, y finalmente ordenado como sacerdote en 1942. La Segunda Guerra Mundial truncó su proyecto doctoral sobre la “teología incorruptible”, y lo obligó a retornar a su patria. Veinte intensos años de labor pastoral en San Miguel dejaron como legado la consolidación de varios movimientos apostólicos y su acercamiento con proyectos sociales como Alcohólicos Anónimos y Cáritas, pero no comprometieron su accionar con su sufrido pueblo, “cuyos lamentos comenzaban a elevarse cada día más hasta el cielo”. Eso estaba por venir.
Su nombramiento como Arzobispo de San Salvador en 1977 fue motivo de regocijo para una oligarquía criolla insensible ante las desigualdades sociales, pero fue también motivo de decepción para la Iglesia del pueblo. En ese entonces, él tenía ideas conservadoras que representaban el status quo, es decir una Iglesia que convenía a los intereses de la burguesía. Su pensamiento cambió rápida y drásticamente hasta convertirse en la voz de la denuncia de las atroces violaciones a los derechos humanos perpetuadas durante veinte años de gobiernos militares, pero agudizadas durante el período de su arzobispado. Sin duda que su transformación fue el resultado de la acumulación de eventos claves en su vida, pero destaca la influencia de Rutilio Grande, el padre jesuita promotor de la Teología de la liberación --llamada por muchos cristianismo socialista-- y fundador de las comunidades eclesiales de base en El Salvador. Rutilio dio su vida por la defensa de su proyecto al lado de los pobres y monseñor Romero fue tocado por la luz que éste desplegó en su camino al cielo.
Su labor fue reconocida internacionalmente. En 1979, fue nominado para el Premio Nobel de la Paz, mismo que merecidamente se le otorgó a la Madre Teresa de Calcuta. En 1980, año de su asesinato, recibió el Premio de la Paz Ecuménica Sueca. También fue honrado con dos títulos Doctor Honoris Causa por parte de la Universidad de Georgetown, en los Estados Unidos (1978) y la Universidad de Lovaina, en Bélgica (1980). Después de su muerte, se convirtió en un modelo espiritual del Catolicismo en América y su influencia transcendió las fronteras dentro del cristianismo, al ser honrado por la Iglesia anglicana. Juan Pablo II le otorgó el título de Ciervo de Dios, pero el pueblo latinoamericano le entregó su corazón. San Romero de América le llaman…
No es difícil encontrar paralelos entre la vida de monseñor Romero, durante sus años de lucha, y la obra de Jesucristo. El Rabino de Nazaret sabía que pronto iba a morir: “Os aseguro que uno de ustedes me va a traicionar”, dijo a sus doce discípulos con el rostro pleno de indulgencia. Jesús escogió el camino del sufrimiento en lugar de la confrontación, mas no evitó predicar la verdad, aun cuando sabía que esto despertaría en su contra la furia de Caifás, máxima autoridad del pueblo judío. Durante la última cena, entregó su cuerpo y su alma a los hombres como testimonio de su amor sin límite, porque juzgó que su legado era más valioso que su vida misma y porque confiaba en el Padre más allá del sufrimiento y la soledad. Judas mismo debió ser confidente de los poderes extraordinarios de Jesús --de quien se decía arrancó de los brazos de la muerte a Lázaro-- y por eso se sintió traicionado al ver que su maestro optó por el perdón en lugar de la violencia y, aun pudiendo, no se defendió de sus agresores, ni tampoco hizo prodigio alguno para demostrar a sus detractores que no era un falso profeta.
Monseñor Romero también sabía que iba a morir: “Yo he sido frecuentemente amenazado de muerte, pero debo decir que como cristiano no creo en la muerte, sino en la resurrección… Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño, mi voz desaparecerá, pero mi palabra que es Cristo quedará en los corazones que la hayan querido acoger”. Monseñor estaba dotado no sólo de la lucidez de pensamiento y de una encomiable vocación social, sino que también era un poeta parlante. Sus homilías calaban hondo en la gente por la veracidad de sus denuncias, pero también por la belleza de sus expresiones: “No lo olvidemos, somos una Iglesia peregrina, expuesta a la incomprensión, a la persecución, pero una Iglesia que camina serena porque lleva esa fuerza del amor”. Y como a veces repetía mi abuelo, “del amor y el dolor surge por dialéctica, un sentimiento del que sólo disfrutan los raros, los elegidos”. Sin duda que Oscar Arnulfo era uno de esos raros elegidos, y supo transmitir ese sentimiento de fraternidad a su pueblo.
Su muerte fue un eslabón más de una cadena sanguinaria dirigida por el mayor Roberto D’Abuisson, un asesino psicópata entrenado por el Ejército de los Estados Unidos en la Escuela de las Américas, ex-oficial de la Guardia Nacional de Somoza, y responsable de la masacre de más de 1,000 civiles en la comunidad de El Mozote y de seis sacerdotes jesuitas trabajando con comunidades campesinas.
“No puedo creer que voy a matar a un cura”, dijo el alevoso francotirador al conductor del Volkswagen rojo que lo transportaría a la capilla del hospital de las hermanas Carmelitas, donde monseñor celebraba la eucaristía. Al igual que Jesús, Oscar Arnulfo predicó con la verdad en su palabra, se convirtió en la voz de los sin voz y también murió por ellos, en la más sublime demostración de entrega, sacrificio, y fidelidad a las enseñanzas del rabino galileo. 26 años después que el verdugo contratado por el capitán Álvaro Rafael Saravia destrozara la aorta del corazón inmaculado del sacerdote de Ciudad Barrios, su ausencia aún se siente, ahora con más fuerza por la falta de seguidores fieles de su ejemplo, como él lo fue de Jesús.

jovel_juan@hotmail.com
De su libro “La Violencia del Amor”, disponible gratuitamente en:
http://www.plough.com/e-books/downloads/violenciadelamor.pdf