Opinión

Un público vicio político y un viciado servicio público


I
La compra-venta de candidaturas para diputados en el FSLN invita a ser comentada no por novedosa --que en la ramplona política nacional que tiene no lo es--, sino porque la está promoviendo un partido al cual, por su origen revolucionario, se le reconocían credenciales éticas. En la política tradicional era normal que la distribución de las diputaciones se hicieran entre quienes más dinero aportaban a las campañas electorales partidarias o que, desde la autoridad comprada con su aporte, los “notables” del partido señalaran a quienes ocuparían la curul como un delegado personal suyo.
Lo del Frente es distinto sólo en cuanto a la forma, pero es igual de destructor de los valores de la representación por capacidad, inteligencia y entrega a la causa partidaria. Ha sido normal que se entregue la delegación partidaria en el Parlamento también por estímulo, reconocimiento y promoción de las capacidades personales en la lucha por difundir los ideales partidarios en todo lugar adonde fuera destinado el militante.
Todos los valores personales, unidos a los valores partidarios, puestos a funcionar en cualquier trabajo por delegación enriquecían éticamente a las personas y a la organización, con lo cual ganaban prestigio ambos ante la opinión pública. Y tratándose de un partido revolucionario, a través de sus miembros, adelantaba sus criterios y valores políticos entre la ciudadanía, y usaba la honradez de sus líderes y representantes ante cualquier institución como su mejor bandera.
Con la práctica de la compra-venta de las diputaciones, se abren las puertas a toda clase de vicios personales y, junto a ello, se institucionaliza la división entre miembros de primera por su capacidad de compra; los de segunda que, a falta de dinero, serían inducidos a recurrir a medios deshonestos para comprar su curul; y los de tercera, los excluidos, la mayoría: trabajadores de pocos ingresos, con empleos temporales y los desempleados, a quienes --como excusa-- sólo se les ofrece comprar al crédito. Ellos no entrarán en el reino de la burocracia, quedarán fuera de las exclusivas nóminas de las representaciones partidarias en todos los niveles en el Estado.
Si a estas alturas no existieran las capas privilegiadas dentro del Frente, con este negocio se estarían inventando. En verdad, ya existe una considerable división en varios sentidos entre la cúpula que ejerce su poder en el partido, su círculo de allegados, y la membresía de base. Lo diferente con la nueva discriminación será que, con la práctica de la compra-venta de curules, ya no habrá límites morales ni éticos para desarrollar internamente cualquier tipo de negocio sin que sea visto como algo malo ni condenable. Reinará el oportunismo.
Institucionalizado el oportunismo, comprar cargos será como hacer un inversión económica cualquiera, ajena a todo principio; y se podría establecer la práctica de la coima en la organización (por ejemplo, conseguirle a un “compañero” el dinero para la compra de su curul, cargo o empleo, a cambio de una comisión mensual). Estas prácticas, ajenas a la naturaleza partidaria, acabarán convirtiendo al Frente en una empresa con rivalidades y competiciones entre antiguos compañeros, dejando inalterable solamente el objetivo de alcanzar el poder político del Estado, pero con finalidades opuestas: unos buscando un proceso de cambios económicos y de justicia social, y otros, fortalecer la maquinaria empresarial administradora del Estado para beneficiar intereses privados.
Podrían ser aún más los cambios negativos que se operarían en el Frente con esta práctica de comercializar los cargos públicos, pero aunque estos cambios fueran menores de lo que ahora suponemos, ya no habrá marcha atrás en este proceso desnaturalizador de un partido revolucionario, como el que transcurre dentro del FSLN. Lástima por los que aún tienen vivas la inocencia y la esperanza; mal por los que murieron luchando para que la esperanza dejara de ser un sueño de inocentes.
II
Llama la atención que Rafael Quinto, líder del transporte urbano colectivo, distensionara el ambiente capitalino con el anuncio de que no habría paro total como él mismo lo había programado a partir del día jueves 16 de marzo, sin haber conseguido el subsidio que demanda. Y a pesar de que no descarta el paro total, sorprende también que siga las negociaciones con el gobierno sin las acostumbradas amenazas, y les haya perdonado la vida a los usuarios capitalinos sin que mediara la autorización de aumentar el costo del pasaje.
Es poca cosa en verdad, debido a que el aumento no está descartado, ni el paro parcial ha dejado de afectar a los usuarios, pero los capitalinos pobres --que somos mayoría-- han sido tan maltratados y los han hecho vivir bajo tantas tensiones con los paros totales continuos, que hasta el paro parcial llega a parecer una mejoría, pese a que no disminuye, sino aumenta, sus problemas de pérdida de tiempo, de apretujamiento y las incomodidades por las malas condiciones de las unidades. Es como estar amolados y agradecidos.
Pero la calma con la cual Quinto y sus muchachos han tomado las conversaciones con el gobierno, su “buena” disposición de no provocar un paro total y su aparente conformidad con el actual precio del pasaje no obedecen a ningún arrebato de buena voluntad, sino a los beneficios que les está proporcionando el paro parcial. Con el cincuenta por ciento de las unidades paradas, transportan la misma cantidad de personas y obtienen los mismos ingresos; pero también tienen el cincuenta por ciento de ahorro en combustible, repuestos, pago de personal, costos de mantenimiento y conservan sin desgaste la mitad de su parque vehicular.
Esta triple ventaja de ahorrar, ganar lo mismo y trabajar menos equivale a la multiplicación de los problemas de los usuarios: más tiempo esperando el bus, mayor incomodidad y mayores riesgos de ser víctimas de la delincuencia. Hay otras desventajas con esta situación del paro parcial que no son medibles ni contables, porque son de orden moral: se propicia el manoseo, calculado o involuntario, del cuerpo de las mujeres por el apretujamiento en que se ven obligadas a viajar.
Luego vienen los disgustos entre pasajeros por la misma causa; el extremo recargo de las unidades que obliga a viajar como sardinas en medio del bus, lo que impide salir a tiempo y no poder bajar en la parada deseada, sino una o dos paradas más adelante, además, provoca gritos desesperados y expresiones violentas. Las exigencias de los choferes de “caminen para atrás” o “caminen al centro que está vacío” no se pueden cumplir, por lo cual se reciben frases groseras, como: “Gente bruta que no se acomoda bien para que todos puedan viajar”, lo cual altera los ánimos y provoca merecidas respuestas. Total, un aquelarre cotidiano y de todo el día.
Tal vez los encargados de negociar con Quinto y sus muchachos no tengan ni idea de lo que es viajar en bus en estas condiciones, y quizás por eso sean lentos en buscar una solución al problema y hasta se sientan aliviados con la tranquilidad de su contraparte, ignorando, aparentemente, las enormes ventajas que los transportistas están obteniendo con el paro parcial. Si alguien les obligara a aceptar una invitación a “pasear en bus con su estimable familia”, siquiera una vez como lo hace casi un millón de personas varias veces al día, quizás entendieran un poco el problema y se apresurarían a buscarle una solución definitiva.