Opinión

Un nuevo curso escolar, alegría incompleta


Ph.D.IDEUCA

El curso escolar 2006 inicia ya su andadura.
En realidad es el país el que seguirá caminando, porque el país es una concatenación de cursos escolares, cuyos productos lo construyen y cuya acción sostenida garantiza su vida social, económica y cultural. Todo país es un permanente acopio y desarrollo de activos emanados de los procesos educativos que conforman la sólida cadena de su potencial humano. La educación hace de un país una realidad siempre posible y una realidad siempre viva. Por eso la educación es una inversión permanente que el propio país activa y debe cuidar como garantía de su propia vida y desarrollo. Invertir en educación significa el país haciéndose, construyéndose, desarrollándose. El fin de la educación no es ella misma, transciende sus límites, sus procesos, su quehacer para que la gente adquiera conocimientos, competencias y valores que desembocan en bienestar y desarrollo de la gente. Su rentabilidad social alimenta el ámbito de cada persona y de toda la población. Su tasa de retorno se convierte en creatividad, productividad y desarrollo.
De ahí que el inicio de un nuevo curso escolar deba celebrarse como un momento trascendental de toda la nación, como evidencia permanente de su construcción, de su realización como nación y de su continuidad.
En este contexto el nuevo curso escolar produce lo que calificaría como una alegría incompleta: lloros en quienes acceden a un centro educativo por primera vez; cabanga en quienes entran de nuevo en el quehacer del estudio a veces aburrido y siempre exigente; el esfuerzo especial por parte de las familias para adquirir los uniformes y útiles escolares cada vez más caros; la inmensa pena de constatar que a miles de nicaragüenses se les niega la oportunidad real de acceder a la educación; la evidencia de que el sistema educativo carga aún muchas limitaciones en infraestructura, en condiciones dignas para sus maestras y maestros, en materiales educativos, en gestión pedagógica, y en general, en importantes facilidades que exige el proceso educativo y pedagógico para trazar una trayectoria exitosa, es decir, para la calidad, relevancia y pertinencia de los aprendizajes.
Suena bonito para la publicidad el anunciar que el número de estudiantes en todos los niveles y modalidades educativos ronda ya los dos millones, aunque en justicia debieran ser tres si todos en edad escolar estuviesen en la escuela; suena bonito que el 20% del Presupuesto de la nación y el 4.0% del PIB se invierte en educación, aunque sea insuficiente, pues la inversión por estudiante no universitario apenas supera los 100 dólares al año. Resulta bonito que las calles se vistan de uniformes y mochilas y que la bulla infantil y juvenil rompa la monotonía de las ciudades, pueblos y comarcas, aunque muchos llegarán a la escuela con hambre en espera del vaso de leche o el complemento nutricional, puesto que el tercio de la población la padece, negándosele el derecho humano básico a la alimentación. Resulta bonito reconocer y admirar la extraordinaria labor de los maestros y maestras, pero tienen que seguir luchando para mejorar sus condiciones profesionales, sociales, laborales y salariales.
Este claroscuro social y este déficit humano parecen restar prestancia y belleza al inicio de un nuevo curso escolar. Pese a todo, un nuevo curso escolar siempre concentra y transmite el hecho incuestionable de ser un eslabón indispensable más del devenir, desarrollo y consolidación de la nación y de su potencial humano.
En este sentido, el inicio del curso escolar debiera celebrarse como una inmensa fiesta popular a la que todos estén invitados, pero muchos no cuentan con medios para participar en ella. Son los estragos de la pobreza, del hambre y de la exclusión que se enfrentan todavía con violencia al derecho fundamental de educarse que tiene toda persona. Por eso, siempre será verdad que con más y mejor educación, con las condiciones requeridas para hacer realidad sus objetivos fundamentales, cada inicio de curso escolar adquirirá mayor relevancia e impacto en la construcción sostenida de la nación y en el verdadero bienestar de toda su población.
La alegría objetiva que entraña para el presente y futuro del país el inicio de un nuevo curso escolar queda un poco truncada, es una alegría incompleta.