Opinión

Elementos característicos de un escenario ideal - NUEVA GENERACION


La integración ideal debería incluir un arancel externo común relativamente bajo, de manera que se logre al interior del bloque de que se trate un nivel de eficiencia y productividad elevado y, al mismo tiempo, facilite el ingreso de los ‘mejores’ –los países con más apertura comercial–, generando de esta forma un proceso de autoselección –self-selection– que evite la selección adversa. En cuanto al aspecto puramente institucional, estaríamos suponiendo un proceso gradual que conduzca progresivamente a la supranacionalidad. Todo esto, partiendo de niveles altos de independencia de los gobiernos de los países miembros, intentando evitar los ‘errores’ cometidos por la UE en sus comienzos y el Mercosur cuando diseñaron sus instituciones con funcionarios fuertemente vinculados a los gobiernos de los países miembros y con sistemas de tomas de decisiones generalmente basados en la unanimidad o en mayorías casi imposibles de conseguir.
Evitar la ‘parálisis’ en la gestión que implica este tipo de instituciones mal diseñadas, sería de fundamental importancia para el avance rápido, y en este sentido, se debe apelar a la voluntad política para avanzar rápidamente hacia condiciones cercanas a la supranacionalidad. En este contexto, podría crearse durante los primeros cinco años del proceso un Órgano Coordinador y una Secretaría Técnica, la cual se encargaría de la revisión crítica de la experiencia latinoamericana de otros bloques o proyectos de integración, para adecuar los acuerdos, tratados y demás normas que existan entre países; es decir, intentar la superación de lo que en la jerga de la economía internacional se ha denominado ‘spaguetti bowl’, el cual consiste en una maraña de acuerdos superpuestos geográfica y cronológicamente en diferentes sub-regiones de la región.
A medida que se entra en el mediano y largo plazo, se deberán dar los pasos necesarios para la supranacionalidad a través de la creación de nuevos órganos de acuerdo con las diferentes políticas nacionales transferidas al órgano superior supranacional. Lo ideal sería llegar a una burocracia supranacional que no sea de sesgo intervencionista y que genere derecho derivado aceptado por todas las partes del mercado común.
Ahora, todo este esbozo de integración no estaría completo si no se estableciera una secuencia ‘geográfica’ de integración, que consiste en el armado de un ‘núcleo duro’ que inicie la integración con éxito, y de esa forma -debido a su éxito-, atraiga a la unión a otros países e invite a la realización efectiva de acuerdos de libre el comercio a otros bloques. Así, en un principio, consideramos que los países que debieran motorizar la integración serían Chile, Brasil y México. El primero, por su excelente récord de los últimos veinte años en estabilidad económica, política; por su mejora institucional constante; porque es un ejemplo en Latinoamérica de cómo, persistiendo en la implementación de políticas sanas promercado y con la conservación de valores básicos, se puede iniciar el camino hacia el desarrollo.
En el caso de Brasil, la necesidad de que forme parte del grupo de países iniciadores resulta obvia por su importancia en lo que hace al tamaño de su economía y por su fuerte hegemonía en el Conosur y el Mercosur; mientras que en el caso de México, los motivos de su inclusión en este lote de países son, al igual que en el caso de Brasil, el enorme tamaño de su economía pero, sobre todo, por el rol que puede jugar como articulador de una integración con el North American Free Trade Agreement (Nafta).
Resulta de suma importancia remarcar que sea el modelo chileno el que sea seguido y adoptado por este bloque motorizador de la unión en sus inicios, porque de esa forma estaríamos aproximándonos a una integración más ideal –en el sentido largamente explicado más arriba– y, por ende, con más posibilidades de ser exitoso en un plazo más breve y así facilitar la integración del resto de los países.
Visto que el comercio internacional en general es beneficioso para lograr sacar al subcontinente de la pobreza y de esa forma permitir alcanzar derechos de segunda y tercera generación imprescindibles para la consecución del bien común; y que es posible, con las restricciones de viabilidad o voluntad política de los líderes actuales y los que puedan alternar en el futuro, dar los pasos hacia una integración económica en bloque con las características esenciales analizadas en este capítulo. Y visto que quedó demostrado, que si bien dicha integración en bloque con las características mencionadas merma, pero no anula un saldo positivo entre costos y beneficios (sobre todo a mediano y largo plazo), y que existe la potencialidad que aunque se desarrolle un modelo de integración como el que se está gestando actualmente –insensatez populista, típica de la política latinoamericana liderada por Chávez, Castro y Kirchner–, el mismo pueda ser redireccionado hacia un esquema más cercano al tipo ideal factible postulado en este trabajo.
Es necesario, claro, persuadir a los ‘policy maker’ de que, siguiendo el modelo chileno y con el liderazgo de Brasil y México, podemos conseguir unirnos en los valores, el idioma, la necesidad de salir del estancamiento y la pobreza, y entendiendo que se pueden obtener grandes beneficios dinámicos del comercio, podamos emprender los primeros pasos, cortos, pero firmes en la dirección de la integración subcontinental.

*Profesor Titular de Derecho Constitucional.