Opinión

El síndrome del gran hombre


En nuestra era globalizada, se supone que vastas fuerzas impersonales determinan los acontecimientos. Los mercados globalizados, el comercio sin trabas, el islamismo militante, el despertar de China: éstas son las cosas que los historiadores y estrategas suelen presentar como las fuerzas más importantes que están dando forma a nuestro destino. Sin embargo, la mayoría de la gente no ve las cosas de esa manera.
En lugar de ello, instintivamente busca “grandes hombres” como agentes de la historia, esos hombres (y mujeres) que parecen forjar las circunstancias a través de su visión política, su carisma personal y la fuerza de sus demandas morales. Muchos creen que por pura fuerza de convicción y personalidad, estas figuras pueden traer una luz de esperanza a un universo que, de lo contrario, sería distante e impersonal.
Esta ansia de hombres o mujeres providenciales en nuestra época global, es el resultado de al menos tres factores. El primero, tiene relación con la complejidad y vulnerabilidad de nuestro mundo. El segundo, paradójicamente, refleja nuestro creciente cinismo con respecto a la política y los políticos. Y el tercero, es el resultado de nuestra cultura mediática, obsesionada con poner un “rostro” a los acontecimientos.
Enfrentado al problema de lograr cambios positivos en un ambiente nacional o internacional que parece desafiar el poder de los líderes “normales”, uno busca nuevos Alejandros que puedan deshacer el “nudo gordiano” y superen las complejidades con su gran fuerza de voluntad y dinamismo. Por ejemplo, se piensa que las reformas estructurales en Europa son imposibles de realizar a menos que sean impuestas por alguna reencarnación de Margaret Thatcher. En el Oriente Medio, todos esperan que un nuevo Anwar Sadat surja de entre los árabes.
La desilusión con la política y los políticos es también una clave para explicar nuestra sed de líderes providenciales. En Francia, por ejemplo, la excesivamente elogiosa conmemoración de los diez años de la muerte del presidente François Mitterrand refleja, sobretodo, la desilusión generalizada con su sucesor, Jacques Chirac. En las visiones idealizadas del pasado, de forma general la crítica indirecta al presente es un elemento clave. Mientras menos esperemos de un político “normal”, más intensa es la búsqueda de un héroe.
Con el mundo convirtiéndose en un escenario global, es esencial el papel de los medios en impulsar el apetito de líderes providenciales. El público exige respuestas rápidas a problemas complejos que, si no se resuelven, pueden poner al planeta en peligro. Necesita figuras con quienes poder identificarse, que sean fácilmente reconocibles, y sobre todo, inspiren confianza. El surgimiento de una embrionaria “sociedad civil mundial” aumenta la demanda de figuras universales y carismáticas, que den sustento a la esperanza de una capacidad de respuesta a nivel global, pero, además, tengan ciertos tonos populistas.
En un mundo que busca líderes providenciales, el caso de Arel Sharon es, al mismo tiempo, simbólico y paradojal, ya que este hombre universal sigue siendo una de las figuras más controversiales de las últimas décadas. Se ha vuelto una personalidad casi venerada en su país, y una gran cantidad de personas en Occidente cree que su muerte política representa un golpe fatal a cualquier esperanza de avances en la región, a pesar del hecho de que sigue siendo odiado en el mundo árabe y musulmán.
Su transformación de villano a héroe en el lapso de unos pocos años es motivo de fascinación para su pueblo, la región y el mundo, especialmente porque sus intenciones últimas se convertirán en objeto de interminables debates entre los historiadores del mañana y los políticos que hoy se presentan como sus fieles herederos.
¿Realmente los demógrafos convencieron a Sharon de que la “Gran Israel” que una vez pareció ser su sueño habría significado el fin del Estado judío, o su estrategia de retirada de “primero Gaza” significaba en realidad “Gaza es lo último”? Para quienes apoyen una interpretación o la otra, Sharon siempre tendrá el beneficio de la duda.
El hecho de que el infarto cerebral de Sharon se pueda comparar, en términos de consecuencias políticas, con el asesinato de Yitzak Rabin, demuestra que su personalidad se había terminado relacionando con la esperanza y la seguridad. El “buldózer” se había convertido en el abuelo de la mayoría de los israelíes y en la última carta de la diplomacia occidental, para los estadounidenses y --sorprendentemente-- también para los europeos. Sólo él parecía encarnar la reconfortante combinación de fuerza y visión para alinear tras de sí a la mayoría de los israelíes en un proceso de retirada unilateral.
De hecho, uno puede preguntarse si el mundo ha hecho de Sharon un hombre providencial por el anhelo de creer que todavía había una “esperanza a la vuelta de la esquina” en Oriente Medio. ¿Fueron puras ilusiones, o una profecía auto-cumplida? Nunca lo sabremos.
Lo que es seguro es que el vacío dejado por la partida de Sharon de la política se siente con más fuerza aún al ver las imágenes del caos que ha surgido en la Gaza abandonada por Israel, y el colapso de la autoridad palestina ante nuestros ojos. Tampoco aparecerá con facilidad otra figura providencial.
No todos los periodos excepcionales crean sus Bonapartes, y probablemente eso sea bueno, ya que los líderes excepcionales pueden dar la ilusión de que todos los problemas tienen solución, lo que está lejos de ser verdad. El curso natural de la historia, en el sentido más optimista de la expresión, es un progreso “por el margen”, pero el rápido ritmo del cambio tecnológico nos está llevando a esperar un avance igual de veloz en las sociedades humanas. Muchos creen que esta apuesta imposible puede ser cumplida sólo por un hombre providencial, con todas las esperanzas (y peligros) que eso implica.

Dominique Moisi fue fundador y actualmente es asesor principal del IFRI (Instituto Francés de Relaciones Internacionales) y es profesor en el Colegio de Europa en Natolin, Varsovia.

Copyright: Project Syndicate, 2006
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