Opinión

Entre Sade y Buda


Cada cultura tiene, en ciertos períodos, al menos dos corrientes principales que marcan sus épocas: Platón y Homero; Aristóteles y los sofistas; Nasrudín y los profestas; Confucio y Lao Tsé; Buda y el Brahmanismo; Lutero y los jesuitas; Descartes y los teólogos; Marx y los liberales; Popper y los socialistas; Nietzsche y los racionalistas; Lyotard y los modernos; Said y los postmodernos; Quijano y los postcoloniales; Quezada y los postoccidentales.
Cada pareja ha compartido, aún en el más furioso de sus momentos, los valores profundos de la misma cultura del dúo, y que no podría ser de otro modo, pues precisamente por su causa, se oponen entre sí. A excepción, quizás, de Krishnamurti y sus diálogos con los científicos occidentales, sólo hay otra pareja cuya distancia cultural y cosmovisiva es tan abismal que corre el riesgo de ser una locura siquiera compararlos. Se trata de los dos únicos teóricos (tal vez la otra pareja sea Lao Tsé y Freud) del deseo: Buda y Sade.
El Marqués de Sade es el placer puro, sin puentes, barreras, mecanismos de regulación, educación, conciencia o tabúes. Su único propósito es gozar infinita y eternamente. Todo lo social no son para él más que barreras (culturales y educativas) para regular, impedir, reprimir, desviar, sublimar o anular, las pulsiones, el placer, el deseo sin más. Quizás por eso cuando los deseos más puros (generalmente los más peligrosos) desbordan a las personas adultas, concluimos que fueron pobres y débiles las instituciones y el sistema de valores que no pudo contenerlos. Por eso, los viejos suelen ser los que gritan, como las señoras gordas que quieren salvarse de primero en los barcos a pique, “hay crisis de valores”, cuando en verdad quieren decir, ya no podemos controlar nuestras pulsiones. Los defensores de los diques educativos, por su parte, y al contrario, le llaman “puentes” y “escaleras” para personas que, en la medida que avanzan o suben, se hacen más nobles y mejores. Estos creen que todo se resuelve con educación, ignorando que las guerras “mundiales” se las hicieron las naciones más ilustradas de la historia y no las más “salvajes”. O, su versión crítica, ejercida por anarquistas delicados, en la que conciben a los pueblos como nobles y buenos por principio, y donde la educación a veces los puede desviar, pero nunca pervertir.
Buda es la nada pura, la serenidad. El que reconoció el deseo (madre del dolor y del placer) como el verdadero obstáculo de la liberación. Pero su fórmula no es reprimirlo o “desear” (obsérvese el arco de la paradoja) la superación del deseo. Buda es difícil para una mentalidad dual como la Occidental que, en términos ilustrados, es heredera de Platón, el verdadero padre de nuestra manera de pensar. Muchos científicos de los nuevos descubrimientos en la física de partículas (desde Niels Bohr hasta Fitoj Kapra) reconocen que no pueden explicarse los nuevos descubrimientos con las coordenadas del lenguaje y el pensamiento clásico. Uno de ellos apeló en una de sus obras (El Tao de la Física), para explicarla, a la danza de Shiva.
Sea lo que sea, entre el Divino Marqués y el Iluminado, hay una complicidad inexplicable que se podría denominar como un “sadismo búdico” o un “budismo sádico”. Si en las parejas de las que hablamos al inicio había una comunidad profunda de valores que incluso los hacía oponerse, entre estos sabios, tan alejados entre sí, parece advertirse también una comunión pero más compleja, donde el uno está en el otro y viceversa.
Uno hizo del deseo su dios, pero hay en su pureza algo divinamente atroz. Dentro de una inocencia criminal (como la de Juliette), una maldad conmovedoramente pura (como la del Mefistófeles de Goethe o el Yago de Shakespeare) que se ignora, circula su mundo perfecto que, a base de destrucciones continuas, se renueva y devora, ofreciendo la frescura de un deseo siempre presente, inmortal. Somos “máquina deseantes”, dirán después sus discípulos ilustrados, como Deleuze y Foucault. El vicio es su virtud, sin duda, pero lo hace tan seductor que elimina totalmente al otro de su universo y se disuelve a sí mismo abriendo paso a una luz extraña y plenamente mortal que sólo consiguen los sabios de cualquier cultura. Sade es por eso el primer publicista del sistema moderno, cuya raíz más profunda, que sólo él calibró, es el deseo puro.
El otro, el Buda, reconoce en el deseo, el dios y prisión de todo humano. Nos sugiere que incluso luchar contra él es parte de su fuerza y quien no comprende esta fórmula encontrará algo sádico, perverso y cómplice en la pasividad del Buda. Reconoce al deseo, es cierto, pero ni lo condena ni lo asume. Deja que se consuma en su ilusión. Lo trasciende dentro de él, extinguiéndolo, que es lo que significa Nirvana.
Sade desde dentro se arrodilla ante el deseo y Buda desde afuera lo extingue. Uno lo reconoce para adorarlo hasta el fin, el otro para ignorarlo desde el origen. Misma premisa de despegue para distintas consecuencias, que al fin y al cabo se reúnen en nuestros días (el arco paradójico se cierra en un círculo) de un modo extraño, con la publicidad y la búsqueda de espiritualidades alternativas. ¿Por ventura, y para volverse locos, ambos no son ya lo mismo? ¿O hay un punto medio como aconseja el Gautama? Esa coincidencia entre el Buda y Aristóteles, que lo aleja del Marqués y que yo quiero regresarlo para reunirlos de nuevo, nos puede llevar a decir, buscando ese equilibrio, que aceptamos las simplezas de una manera de vivir sentado frente a un sol amigo, cuya consecuencia lógica, morir caminando hacia al mar, nos es devuelta al revés, por las cadencias de una chica que no necesitamos conocer para salvarnos. ¿Son nuestros los rayos suaves de la tarde en la que podamos abandonarnos a las dulzuras de la carne y que la noche nos sirva para reflexionar sobre la inutilidad del recorrido, como la escalera de Wittgenstein?
Nuestras miradas recorren todos los dualismos y deshacen los fragmentos de nuestras vidas, anulando los efectos especiales que recobramos, para engañar a los demás, sobre nuestra propia lástima. Entre Buda y Sade debe haber algo que nos devuelva a la alegría de los sesenta, a nuestros pasos sin prisa, a las miradas oblicuas sobre los edificios sin importancia, a las arenas de Ipanema que nunca conoceré, a nuestra satisfacción de perdernos sin dar explicaciones.
Definitivamente entre Sade y Buda hay, pero no lo necesitamos saber, un deseo sin desenfreno; una pasión con delicadezas; una atracción sin violencias; una seducción sin continuidad; unas descargas libertinas suspensivas; un balanceo sin prisa; una lujuria suave sin desearse; una carne dorada compasiva; una sodomía serena… Vamos, Tránsito, tócala otra vez.

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