Opinión

De sin sentidos y falacias


Con este escrito doy inicio a la columna De sin sentidos y falacias que aparecerá dos veces por mes en El Nuevo Diario. Dedico esta columna a dos mujeres que, utilizando el poder de la palabra, han luchado tenazmente contra la mentira en nuestro país: Gioconda Belli y Daisy Zamora. Ellas no serán nunca responsables de lo que yo escriba en esta columna. Pero siempre serán un ejemplo que trataré de imitar.
El propósito de De sin sentidos y falacias es contribuir a elevar el nivel del debate político en nuestro país. No soy ni quiero ser un experto en nada y, por lo tanto, mi interés no es pontificar desde el imaginario púlpito de la verdad. Soy, simplemente, un estudioso de las prácticas discursivas en América Latina; enseño en una universidad canadiense, y vivo emocionalmente en Nicaragua.
Mis lectores y lectoras tienen el derecho a saber que tengo una posición política y que, en este año electoral, he depositado mis esperanzas en el Movimiento por el Rescate del Sandinismo. Por lo tanto, no soy neutral, ni quiero serlo, porque, de todas maneras, no se puede ser neutral en un mundo marcado por la injusticia y la desigualdad.
Hay un espacio en el infierno de Dante que está reservado para aquellas personas que deciden mantenerse neutrales en momentos de crisis social. Yo tengo un lugar en ese espacio, porque durante una etapa de mi vida me arropé con el manto del apoliticismo que cubría a la enorme mayoría de los técnicos que trabajábamos en el Banco Central de Somoza. Escribo y enseño para pagar esa y muchas otras deudas que tengo con mi país. Esta columna es un abono.
De sin sentidos y falacias está pensada como un espacio serio de reflexión. Para proteger ese espacio, evitaré caer en la vulgaridad que con frecuencia pasa por análisis en nuestro país. La capacidad para el “vulgareo” no implica inteligencia, ni capacidad de interpretación.
Desdichadamente, los nicaragüenses mostramos un excesivo aprecio por la capacidad de hablar sin decir nada, cuando el que habla o escribe alimenta nuestros prejuicios o nos divierte. Ese gusto nuestro es, en gran medida, responsable de nuestra miseria. Así lo señala Pablo Antonio Cuadra en El Nicaragüense: “No oculto el grave peligro de una inteligencia chispeante –amiga de la risa—cuando libre de ciertos pesos y acumulaciones morales y culturales, se enamora de la leve chispita que produce el ingenio al roce con el humor, y en nombre de esa chispita es capaz de burlarse de la verdadera llama y mantenerse burlescamente en la superficialidad. ¡Muchas generaciones nicaragüenses se han perdido y muchas ocasiones históricas se han desperdiciado porque el chispero se ha burlado de la hoguera!”
Antes de que PAC nos advirtiera sobre el precio de nuestro gusto por el chisporroteo, Leonardo Argüello –el último liberal ilustrado en nuestro país— nos pidió, nos suplicó, poner punto final “a la dilatada edad adolescente, declamatoria y jactanciosa, que presume de erudita con escaso auxilio informativo y que levanta cátedra, de la que no surge nada hondo ni positivo: ruido y ocurrencias bizarras de enfermiza fecundidad verbal.” Estas palabras fueron pronunciadas un 31 de agosto de 1935, cuando en el horizonte político de nuestro desventurado país se levantaba el azote del liberalismo vulgar de los Somoza.
Como todos sabemos, el liberalismo vulgar inaugurado por Somoza García en 1937 sería desplazado del poder en 1979 para resurgir, más chabacano y ramplón, en 1996. Hoy en día, ningún líder liberal nicaragüense es capaz de definir, y mucho menos de defender, su liberalismo.
La tragedia del somocismo, la debacle de los 80, y el empantanamiento político, moral y económico que hoy sufre Nicaragua, tienen mucho que ver con nuestra “dilatada edad adolescente”, nuestro gusto por la palabra fácil, nuestra tendencia a aceptar las consignas que prometen “Nuevas Eras” o “Tierras Prometidas”, nuestro aprecio por el pensamiento económico importado, y nuestro desprecio por las complejidades que encierra la interpretación responsable de los fenómenos sociales.
A pesar de sus limitaciones, las normas que regulan la generación del conocimiento en las ciencias sociales nos pueden ayudar a superar la miseria en que vivimos; porque de la calidad de nuestros esfuerzos teóricos e interpretativos depende aclarar o distorsionar lo que somos, lo que hacemos, y lo que podemos ser y hacer como actores sociales y como sociedad. De sin sentidos y falacias hará uso de los esfuerzos metodológicos, conceptuales y teóricos de las ciencias sociales para promover el desarrollo de nuestra capacidad de análisis e interpretación.
Cada columna analizará un error de argumentación, o un equívoco histórico, o una falacia (error de lógica), o simplemente, un disparate. Utilizaré ejemplos extraídos de artículos y editoriales periodísticos, discursos de personajes nacionales o extranjeros que forman opinión en Nicaragua, sermones, encíclicas papales, documentos de gobierno, y cualquier otra expresión discursiva –incluyendo mis propios escritos—que pueda ser de utilidad para desarrollar nuestra capacidad de interpretación.
Para iniciar esta columna haremos uso del rico muestrario de errores y horrores interpretativos que aparecen en un reciente artículo escrito bajo el seudónimo Artemio Cruz (El Nuevo Diario, “El Catecismo según San Andrés”, 6 de enero, 2006). Más adelante analizaremos los sin sentidos y las falacias que contienen las interpretaciones del panorama político latinoamericano ofrecidas por Mario Vargas Llosa durante su reciente visita a Nicaragua.
Nuestra primera columna aparecerá dentro de pocos días, y estará dedicada a analizar uno de los errores de interpretación sociológica más básicos imaginables: la falsa extrapolación espacial, que se puede definir como un intento por interpretar el mundo a partir del sentido que adquieren los objetos sociales en el espacio geográfico (y temporal) en que vivimos. Este error interpretativo nos hace pensar que el sentido de las cosas en el ámbito mundial, es el mismo que adquieren en nuestro espacio local. Utilizaremos el caso siguiente: “Artemio Cruz” (ver el artículo antes mencionado) lee la frase “In God we Trust” en los billetes de los Estados Unidos y asume que esa frase impresa tiene el mismo significado cultural que tiene el “Dios mediante” o el “si Dios quiere” o el “En Dios confiamos” de los nicaragüenses. Interpreta al Dios de los Estados Unidos a partir del significado que tiene Dios para los nicaragüenses. Empecemos con esta falacia (error de lógica), y sigamos hasta donde la paciencia de nuestros lectores y lectoras lo permita.