Opinión

Izquierda, revolución y socialismo


En algunos momentos de nuestra historia contemporánea, las palabras izquierda, revolución y socialismo, estuvieron en la agenda pública, no hacía falta saber con precisión qué significaban cada una de ellas. Después de la caída del muro de Berlín y, en nuestro caso, después de la derrota electoral del Frente Sandinista, poca gente hablaba de ello, salvo para enrostrarse o arrepentirse de culpas mutuas.
Con la victoria reciente de partidos, movimientos o líderes de izquierda en América del Sur, la izquierda inicia su redención y su contenido comienza a entrar en la agenda nacional. Incluso, la derecha ha decidido participar en la discusión, ofreciéndonos ahora una clasificación entre izquierdas buenas e izquierdas malas. No sería extraño que desnaturalicen tanto el concepto que un día de éstos aparezcan partidos de derecha presentándose como de izquierda o un supermercado ofertando una Coca Cola de izquierda.
En todo caso, además de expresar un fenómeno social o activo, los conceptos de revolución, izquierda o socialismo, expresan una voluntad consciente por parte de quienes enarbolan sus respectivas banderas. En otras palabras, presentarse como izquierdista, revolucionario o socialista, en tiempos de paz y de posibilidades democráticas, expresa una posición política y un nivel de mayor o menor grado de consecuencia, por tanto, deberíamos preguntarnos a qué alude esa posición política.
La revolución, en tanto que hecho o cambio profundo, violento y rápido, ha sido parte de la humanidad desde siempre, pero como voluntad consciente nace con la historia entendida esta última como proyecto, es decir, como comprensión temporal de su existencia y de las posibilidades de participación del hombre y la mujer en su propia evolución. El fenómeno de la izquierda y del socialismo es mucho más reciente, nace con la revolución francesa, es decir, con la toma de conciencia de los problemas humanos y de la posibilidad de resolverlos a través de la acción social.
A partir del siglo XIX y desde el punto de vista del marxismo, la revolución, burguesa o socialista, se definió como un cambio necesario, a partir del momento en que una forma política y social comienza a obstaculizar el crecimiento económico y del mismo toman conciencia los más afectados. La revolución democrático-burguesa apareció como el paradigma de lo que significa una revolución, puesto que la burguesía, los trabajadores urbanos y el campesinado, emergieron como el sector más productivo frente al parasitismo de los estratos terratenientes y aristocráticos de antaño. Igualmente, la revolución socialista o la necesidad de la revolución frente al capitalismo estaba supuesta a aparecer cuando las formas burguesas de producción y distribución comenzaran a obstaculizar el crecimiento económico y su usufructo por las clases estrictamente productivas. Hoy en día, la revolución socialista estaría más que justificada, pues la capacidad productiva del mundo entero es frenada por su incapacidad de realización o venta de aquellos productos, precisamente por la limitación para consumirlos por parte de quienes la hacen posible: los trabajadores en general. Se aboga entonces por un régimen político y económico que posibilite descongestionar la producción y permitir el consumo generalizado, tomando en cuenta que la humanidad ya cuenta con el potencial tecnológico que lo puede hacer posible, abogando así por un régimen socialista.
Ahora bien, tomando en cuenta que se trata de un largo proceso, se empezó a separar lo que era la revolución política o cambio de régimen, de la revolución social o cambio de sistema. Asimismo, hubo diferencia en cuanto al método para hacer la revolución. Nació así la vía pacífica y reformista para erradicar el capitalismo por parte de la social democracia europea, por un lado, y la vía violenta y radical por parte del leninismo. Los primeros priorizando más las reformas para la transformación socioeconómica y los segundos confiando en que la simple transformación político-social allanaría fácilmente el camino para la transformación económica.
La revolución sandinista fue un cambio violento, rápido y profundo. Se llevó a cabo a través de la lucha armada, donde un ejército y toda una casta política fueron desplazados del poder por otro ejército y otras fracciones de clase. Una burguesía naciente y una oligarquía desplazada, algunos sectores obreros, campesinos y de clase media, cada uno desde sus propios intereses decidieron derrocar el monopolio político-económico de la familia Somoza y de sus allegados. Hubo, pues, una revolución política y el inicio de una revolución social, ambas frenadas por el verdadero poder supranacional que cobija el sistema imperialista en América Latina.

¿En qué momento estamos?
Estamos en un momento más avanzado que cuando estuvimos los latinoamericanos luchando por la independencia contra la Corona española y en un momento más avanzado que cuando estuvimos los latinoamericanos luchando contra las dictaduras militares que azotaron el continente. Hoy luchamos los latinoamericanos por la independencia económica y la integración latinoamericana, frente al gran capital mundial.
Las dictaduras militares han desaparecido del mundo latinoamericano, la democracia incluye a una izquierda cuyo común denominador es la lucha contra el imperialismo en su expresión neoliberal. Todo parece indicar que la contradicción principal se escenifica entre el injerencismo encabezado por el gobierno norteamericano apostando al capital transnacional, con sus aliados nacionales, por un lado, y por otro lado, una posición antiinjerencista encabezada por la izquierda y sus aliados internos, entre los que se enlistan algunos sectores de la burguesía nacional.
En este contexto, la izquierda aparece como la voluntad revolucionaria y de orientación socialista en tiempos de paz y en condiciones democráticas, consciente de que hay que empujar el gran cambio a través de reformas, alianzas y de procesos más larvados, participativos y adheridos a la integración latinoamericana, partiendo de la debilidad de la clase obrera, el precarismo parcelario del campesinado, el tamaño de nuestros países, la hegemonía de los valores tradicionales en la sociedad en su conjunto. En esta circunstancia, la derecha se encuentra en una posición más ambigua, por un lado resiente la presencia del injerencismo de la embajada yanki y la competencia desleal de las corporaciones transnacionales, por otro lado, teme los cambios sociales internos que el nacionalismo antiimperialista de la izquierda arrastraría.
En el contexto en que nos desarrollamos, el discurso de izquierda expresa la necesidad y la posibilidad de emprender las tareas democrático-liberales o democrático-burguesas, sin que las mismas sean llevadas a cabo totalmente por la burguesía o por las fuerzas liberales, ya sea porque no existe la voluntad o porque los cambios tienen que combinarse con los intereses de los sectores populares. Nos referimos a la reforma agraria, el proteccionismo comercial, la distribución de la renta, la liberación de la deuda pública, el fortalecimiento del mercado interno, el bienestar social, el Estado de derecho, la democratización de las instituciones, la intervención del estado en la regulación de los equilibrios sociales, entre las más importantes. Todas esas banderas son tareas históricas que les pertenecen a las burguesías nacionales, pero que las mismas no han tenido la posibilidad o el atrevimiento de llevarlas a cabo.
La diferencia entre la izquierda latinoamericana y la social democracia europea estaría en que la primera tiene que independizarse de la dictadura supranacional del gobierno norteamericano, lo que implica una revolución política que defienda y haga posible la soberanía nacional.

¿Y el socialismo?
En estas circunstancias, el socialismo aparece como la lucha por allanar el camino y construir las condiciones para avanzar en la eliminación de la diferenciación social y racial vigente en el capitalismo. En otras palabras aparece, como el establecimiento de las condiciones políticas para que la izquierda se empodere y avance en la construcción de una hegemonía alternativa, refuerce la independencia política y económica, trabaje por la integración latinoamericana y establezca aquellas medidas de política económica y social que permitan avanzar en el proyecto socialista.
En cuanto al tipo de socialismo, quizás la mejor respuesta sigue siendo la de Sandino. Un socialismo libertario que sepa combinar los principios liberales de la libertad y de los derechos humanos, individuales y sociales, con los principios socialistas del cooperativismo y de la nacionalización de los recursos y servicios y con los principios libertarios propiamente dichos de la autogestión obrera, campesina y de la sociedad civil en general. Ahora bien, si el socialismo es la erradicación de la diferenciación social, habría que agregarle además de la diferenciación económica, aquellas diferenciaciones generadas por la marginación y la discriminación: el racismo, la xenofobia, la discriminación de género u opción sexual, la discriminación étnica contra ciudadanos o migrantes, en fin, todas las jerarquías heredadas y fortalecidas por el sistema capitalista imperante.
El gran avance en nuestros días sería la existencia de condiciones que permiten combinar las posibilidades de la revolución desde arriba con las posibilidades de la revolución desde abajo: la construcción de la hegemonía popular, la organización de cooperativas campesinas y asociaciones sindicales, una convergencia nacional antiinjerencista, movilizaciones nacionales de educación y salud, acuerdos nacionales en materia de política económica, acuerdos de integración latinoamericana, es decir, tareas que pueden emprenderse sin esperar a que se tome el poder de los aparatos del Estado.