Opinión

Flavio César Tijerino: libre como un ciprés


María Haydée Brenes

Aquel día los caminantes: El de Managua, el de Masatepe, Sherlock y Watson, iban sumidos en fúnebres meditaciones, pues Flavio César Tijerino, gran amigo de todos, estaba a punto de morir invadido por un cáncer parecido al injerencismo gringo que Flavio tanto aborreció. No lo doblegó ni la muerte, pensaban todos, y su espíritu libérrimo siempre estará aferrado a una ética y una estética vital, ejemplo imperecedero de la honestidad y el desprendimiento como antítesis de todo apego a lo temporal, superfluo, corrupto o mediocre, ya fuera política o literariamente hablando.
Los cuatro, además, estaban seguros que cuantos lo conocieron compartían con ellos, en el fondo de sus corazones, aquella apreciación, apenas murmurada como una oración, sobre aquel ser entrañable, de abundante pelo cano, iconoclasta, boina y gruesas gafas, tutor y mentor de poetas, que había nacido un 6 de diciembre de 1926. “Cuando me encontraba con él -interrumpió aquel silencio el de Managua-, le decía en tono jocoso: “Éstas, Flavio que ves...”. Y él respondía continuando: “ruinas de Itálica famosa...” Y en aquellas mis visitas a Boaco para estar con él, hacíamos un vertiginoso recorrido por la literatura nicara­güense e inevitable era incursionar, con asco solidario, en la situación política de Nicaragua. En la Antología poética del “Grupo U” de Boaco, al que él pertene­ció y animó con ahínco a comienzos de la década de 1960, me puso en su dedicatoria: “El cuerpo es la única palabra del Espíritu, su solo lenguaje intelijible, dicen dos líneas mías en una de las pájinas de esta Antología. Desde anoche, en el homenaje a Sandino, se me representan, antagónicas, las dos imájenes; la silueta de Sandino -recortada, neta; inmenso. La redondez floja de Alemán, despapayado, escesivo. La palabra suficiente de Sandino; la palabrota de Alemán, gorda, más bien, vacía”.
Calló el de Managua, se detuvieron para sentarse en la banca de un parque, mientras Sherlock y Watson hacían lo propio en el suelo, para terminar echándose con sus orejas gachas y sus ojos tristes levemente levantados hacia el de Masatepe, quien recordó lo siguiente: “Aunque poco escribía últimamente, casi no hay en Nicaragua quien no haya escuchado sus didácticas llamadas a las radios, partici­pando así en diversos foros de opinión, sobre todo de programas matutinos; se refería con humor a Boaco, diciendo que era la única ciudad del mundo que no tenía mar pero sí tenía faro; recopiló libros con sus amigos para la Biblioteca Pública Fernando Buitrago Morales de su ciudad natal; llevó a escritores a ofrecer lecturas y conferencias en el salón de dicha bibliote­ca; cuando le tocó trabajar en el Ministerio de Cultura, en plena revolución ahora perdida, a las órdenes del poeta Ernesto Cardenal, hizo una excelente labor, sobre todo con los talleres de poesía; nunca se cansó de alentar a los jóvenes escritores, y esto mismo hizo ya recientemente, con el grupo Makuta al que pertenece su discípula predilecta y sobrina suya, Yaoska Tijerino; ha sido, por excelencia, un maestro oral y discreto al mejor estilo de José Coronel Urtecho, a quien tanto admiró, y compartió con él una especie de devoción por Henry David Thoreau, el gran escritor norteamericano autor de “WALDEN o la Vida en los Bosques”.
El de Managua retomó la palabra: “A finales de este recién pasado mes de diciembre estuvimos un grupo familiar visitándolo en su austero y a la vez cálido apartamento. Me enseñó, como si de juguetes se trataran, unos ingeniosos aparatos con manos metálicas o imantados para recoger objetos y con esa ayuda de la tecnología, valerse por sí mismo; tenía también una práctica lámpara como de minero, ajustable a la frente, para leer con comodidad. Me contó que un grupo de amigos y amigas habían llegado a pedirle que participara en un grupo de oración para recuperar su salud, y que él con todo respeto y agradecimiento les había respondido que en su caso todo estaba claro y que no deseaba que se molestara a la Divina Providencia, pues si no estaba decidida por ella su hora, pues no sería, y si ya estaba decidida, pues no le gustaba la idea de contradecir su voluntad. Me lo dijo tranquilo y satisfecho, como para que su tranquilidad y entereza también la compartieran sus amigos. Recordó a Thoreau en Walden, cuando éste dice que leyó en Gulistán o Jardín de las Flores, del jeque de Shiraz, lo que sigue: “No pongas tu corazón en las cosas transitorias, pues el Dijlah o Tigris, seguirá su curso a través de Bagdad, aun después de que la raza de los califas se haya extinguido. Si tu mano está llena, sé liberal como el árbol del dáctil, pero si no tiene nada que dar, sé un “azad, u hombre libre, como el ciprés”.
Se levantaron todos en silencio para concluir aquella caminata que, contrario a lo que era de esperar, se había tornado optimista gracias al influjo de Flavio. “Decía que vivía en el cerro Saguatepe, de Boaco, exactamente en la puntita”. Y terminó esta vez el de Managua citando el final de un poema de Flavio que nos hizo sentir a todos junto con él en aquellas alturas del Saguatepe:
Yo estaré muerto,
pero el mundo palpitante
como un poema.