Opinión

Secretos a voces


Es un secreto a voces: Condoleezza Rice está harta de los constantes desafíos de las autoridades de Teherán. Estima la Secretaria de Estado que es preciso tomar medidas contundentes contra las “impertinencias” de los hijos de la revolución islámica, de las salidas de tono del presidente iraní Mahmud Ahmadineyad, acusado por los servicios de información (o desinformación) de Washington de haber participado, hace ya un cuarto de siglo, en la dramática toma de rehenes de la embajada estadounidense en la capital persa.
La retórica de Ahmadineyad recuerda extrañamente los discursos del ayatolá Jomeyni. Detalle éste, que los analistas políticos norteamericanos parecen olvidar (o tal vez, desconocer). Es cierto. Las violentas y nutridas críticas contra Israel y los judíos figuran en el programa de la revolución jomeynista. Al igual que la estratagema que consiste en emplear el arma del petróleo contra los designios colonialistas de Occidente. Conviene señalar que el presidente iraní no ha estrenado una política propia: su agresividad verbal se limita a emular las “gloriosas páginas” de los anales de la revolución, haciendo caso omiso de los nuevos parámetros de las relaciones internacionales.
El ayatolá Jomeyni fue, recordémoslo, la solución de recambio ideada e impuesta por Francia para acabar con la corrupción del régimen del Sha Pahlavi. Pero los políticos galos cometieron un grave error de cálculo: el anciano santón nada tenía que ver con el “hombre de paja” por el que habían apostado. Los primeros en perder sus prerrogativas en Irán fueron los hombres de negocios galos. Tras la llegada al poder de los ayatolás, se cancelaron multimillonarios contratos adjudicados por el Emperador a las grandes empresas francesas. París tardó varias décadas en recuperar el puesto que le corresponde en la lista de los principales inversores extranjeros.
Pero Ahmadineyad no es
Jomeyni. Lo que no le impide jugar a fondo la carta del nacionalismo y del anti-occidentalismo, sabiendo positivamente que esta postura cuenta con numerosos adeptos en la antigua Persia. Censurar la política de Israel, hacer hincapié en la necesidad de contar con tecnología nuclear propia, sacar a relucir el arma del petróleo, éstos son elementos que convencen a importantes sectores de la opinión pública iraní. Un pueblo acostumbrado al ostracismo impuesto por los sucesivos gobiernos de Washington. El mero hecho de “declarar la guerra” a Occidente es, para muchos, una auténtica proeza. ¿Las posibles represalias? Se trata, para los ideólogos de la revolución, en una receta para convertirse en adalides del tercermundismo.
Irán insiste en que su programa de investigación nuclear se centra en la utilización del átomo con fines pacíficos. Algo que Washington se niega a creer; algo que pone los pelos de punta a la plana mayor de los estrategas hebreos. El propio Bush lo reconoció en su última intervención, al hacer especial hincapié en el hecho de que “…el programa nuclear iraní no constituye un peligro sólo para Israel…”
Conviene recordarle, pues, a Mahmud Ahmadineyad, enemigo público número uno de Washington (después de Osama Bin Laden y Sadam Hussein, claro está) que su país forma parte del “eje del mal”, es decir, de los blancos predilectos del inquilino de la Casa Blanca. Y ello, a pesar de que los expertos de la AIEA estiman que “no existen pruebas suficientes para condenar al régimen iraní”.
Teherán cuenta, de momento, con dos aliados: Rusia y China. Los rusos han participado activamente en la puesta en marcha del programa nuclear iraní. Los chinos, importantes consumidores de “oro negro”, se han convertido en el primer socio comercial del Irán. Ambas potencias ocupan escaños permanentes en el Consejo de Seguridad de la ONU. Pero no han de olvidar que, en el caso de la vecina Iraq, las gestiones llevadas a cabo por el “campo de la paz” sólo sirvieron para preparar la guerra.
De momento, la Alianza Atlántica descarta una intervención armada contra Irán. De momento.
Escritor y periodista, miembro del Grupo de Estudios Mediterráneos de la Universidad de La Sorbona (París)
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