Opinión

Michelle y doña Violeta


Karla Castillo

Con Chile, Nicaragua no tiene más coincidencia que pertenecer a un mismo continente. Salta a la vista que este hermoso pedazo de Los Andes con costas en el Pacífico es más similar a un país europeo que a cualquiera de su vecindario, gracias a muchos factores que a su vez nos han sido adversos a los del Tercer Mundo.
Pero ahora tenemos dos cosas en común. 16 años después que doña Violeta Barrios viuda de Chamorro accediera a la primera magistratura de Nicaragua, Michelle Bachelet, médico pediatra, ama de casa, madre soltera y atea, como ella misma se confiesa, se convierte en la primera mujer presidenta de Chile.
El regocijo es evidente en los chilenos, acostumbrados en los últimos años al gobierno progresista de un Ricardo Lagos. Más aún lo es en la izquierda latinoamericana, que cree ver en esta mujer de 50 y algunos años a un eslabón más de la cadena de mandatarios que han surgido en nuestros países, opinión errónea, según he leído, porque Bachelet promete continuar la política al estilo del socialismo europeo, y no al estilo Chávez o “Lula”.
No se me antoja analizar su inclinación hacia un bando político u otro. Prefiero ver las similitudes y diferencias entre Michelle y doña Violeta, que queramos o no, se convirtió en la primera mujer en acceder a la presidencia de un país latinoamericano, mediante votaciones democráticas.
La fuerza de los votos
Pese a que doña Violeta se alzó con una victoria arrolladora, con casi un sesenta por ciento de los votos válidos, en febrero de 1990, su victoria fue calladamente celebrada, porque el partido que perdió las elecciones se lanzó a las calles y gritó amenazadoramente, desde la plaza más grande de la capital, que “gobernaría desde abajo”. Era muy cierto.
A diferencia de Michelle, quien subordinará a las fuerzas armadas chilenas, que abrazaron la democracia desde que su ex líder máximo, el dictador militar Augusto Pinochet, dejó el poder, doña Violeta sólo contaba con la fuerza de los votos de los nicaragüenses que la preferimos como única opción pacifista, ante la segura continuación de la guerra de los 80, que como todos sabemos, fue fratricida y azuzada por el gobierno de Ronald Reagan.
Y no nos equivocamos, porque, en efecto, se acabó la guerra, pese a que durante algunos años más los remanentes de ambos bandos continuaron enfrentándose, hasta unirse para ver hacia el futuro, unos, y convertirse en vulgares delincuentes, otros.
Doña Violeta enfrentó todo tipo de adversidades que sólo una mujer pudo haber soportado ¿o me equivoco? En mis años de estudiante universitaria y los primeros de mi profesión de periodista, lo más “barato” que escuchaba de ella era “es que esta vieja bruta…” Todo porque se trataba de una mujer que con la sabiduría de un ama de casa se dispuso a dirigir tímidamente un país “sembrado” de resentimientos, armas, crisis económica, política, pobreza, desempleo y mucho más.
A Michelle la vi rebosante, con un traje azul, medio bailando, medio saludando a sus multitudes, sin temor a que le lanzaran bolsas de agua o de sabrá Dios qué tipo de líquido, tal como le ocurrió a doña Violeta, en el aciago día que, vestida del blanco de la pureza, recibió el país de manos de un Daniel Ortega que más que mandatario saliente, parecía un montador de toros pueblerino con resaca amanecida. Y eso que es deportista y sobrio el hombre.
Michelle gobernará el país declarándose “ama de casa” y no dejo de preguntarme ¿por qué?
Si las mujeres modernas de hoy desdeñan de los oficios domésticos, entonces soy una simpatizante de esta chilena, porque muy a diferencia de las “intelectuales”, sabe encontrar el encanto de tener una profesión y administrar su propia casa y su familia, sin parecer una suerte de sirvienta ni el desastre de las profesionales que no pueden ni preparar una sopa Maggi o nunca asisten a las reuniones de las escuelas de sus hijos.
Michelle es más carismática por su carácter, fuerza y sabiduría, aunque siempre que llegue al poder, a una mujer se le relacionará con un hombre, cual árbol que le da buena sombra --en el caso de doña Violeta fue su esposo, Pedro Joaquín, y en el de Bachelet, su padre, un general asesinado por los sicarios de Pinochet, tras al golpe militar al también izquierdista presidente Salvador Allende--.
La nueva presidenta de Chile recibirá un país en paz, progresista, moderno y ¡es Chile! Nada parecido a lo que recibió doña Violeta, quien con todo y que nunca tuvo un título universitario y ni siquiera terminó la Primaria, supo encaminar el país hacia una estabilidad que nunca tuvimos en los 20 años que antecedieron su mandato. Pocos le reconocen ese mérito.
Doña Violeta se retiró a la tranquilidad de su casa, para seguir cuidando de su familia y sus preciosos recuerdos. Michelle seguramente seguirá en la política, pero igual que nuestra ex presidenta, también tendrá recuerdos que no se circunscribirán a su consultorio pediátrico o a su despacho presidencial, pues tendrá memoria para esa faceta de la vida de una mujer que decide tener hijos y participar en su crianza.
Yo sí aprecio la sabiduría del ama de casa, igual como la de una profesional. Y aprecio a la mujer que participa en política sin olvidar que es madre, que sus hijos e hijas estudian, que llegan a la adolescencia y tienen sus propias crisis, y que no se anda lamentando de que “porque no tiene marido” le pasó tal o cual desgracia. Es una mujer autosuficiente, que no vive a la sombra de nadie, aunque se esfuercen por relacionarla con el nombre de un marido, un padre o un hermano, como suele ser la costumbre en estos países.