Opinión

Palabras prestadas y palabras propias


Las prestadas son aquellas palabras que sustituyen a las verdaderas para dar la impresión que uno maneja mejor el vocabulario. Las palabras propias o auténticas son las que, aunque tampoco encontramos en el diccionario, surgen espontáneas de la voz del pueblo. Las primeras tienen el falso propósito de impresionarnos, aparentar estar al día y manejar términos diferentes a los que usa el vulgo, las otras son precisamente las que el vulgo produce y les da utilidad. Las primeras, son baratijas de hojalata; las segundas, son oro recién arrancado de la veta madre.
Oímos a altos funcionarios repetir, rumiar, el verbo “mandatar” para decir que la Constitución “mandata” tal o cual cosa. Sería más fácil, correcto y económico decir: manda. Curiosamente “mandata” es la palabra predilecta de muchos diputados.
Una empleada de banco me preguntó si yo quería “aperturar” una cuenta. No señorita --le dije--, yo no quiero “aperturar” una cuenta, yo sólo quiero abrir una cuenta.
En un noticiero local explicaron dónde era la oficina donde se “recepcionaban” las quejas por falta de suministro de agua.
En una publicación de una universidad leí que ésta estaba “ofertando” una nueva carrera, y hace poco me agarró desprevenido un funcionario internacional del Grupo Consultivo con el verbo “direccionar”.
En un servicio de computadoras me dijeron que con este determinado programa se podría “accesar” al Yahoo Explorer.
Se nota de inmediato que en alguna parte oyeron que es estar al día hablar con la lengua retorcida y repetir como loros caseros, aun cuando no viene al caso, las palabras que están “inn” para que los otros crean que somos gente “nice”.
Las palabras propias son las que tienen sabor a tierra y a faena diaria.
A un niño que vende en los semáforos le pregunté por su hermanito, que siempre le acompañaba. Me dijo que andaba “ruteando”, vendiendo dentro de los buses de ruta.
El señor que trabaja para nosotros me dijo que el frijol estaba “repollando”. Es el momento en que se comienzan a abrir las primeras hojas en la planta de frijol.
Un trabajador que iba cortar las ramas de un árbol en el patio de nuestra casa, me dijo que las ramas de arriba se tenían que cortar “cableadas”, es decir, amarrando la rama, cortando y bajando la rama poco a poco. Después me dijo que él también podía “tablear” la parte más gruesa del árbol.
Hace poco me alegró leer que el premio navideño de la Lotería había caído “pedaceado” en Carazo.
Estos ejemplos, y estoy seguro de que hay más, son suficientes pruebas para explicar la diferencia entre palabras prestadas y palabras propias. Las primeras llevan un aire de pedantería modernizante, y las segundas, son muestras de la creatividad cotidiana, con la que nuestro pueblo comulga todos los días. Los otros son pecados capitales de quienes, como nuevos ricos del vocabulario, nos quieren impresionar con su mal gusto y su rebuscado propósito de aparentar lo que no son. La corrupción empieza por las palabras. Hay palabras corruptas y palabras corrompidas. Yo prefiero las que el pueblo inventa y no pasan de moda. Son palabras que brotan en el semáforo y en el campo. Son las que nacen de nuestras propias raíces, hechas con sudor y saliva, troqueladas como monedas de cambio con un valor superior a las palabras prestadas de los políticos, tecnócratas y burócratas, simuladores de una cultura de nuevo cuño.