Opinión

De frente


Antes
Desde la independencia a nuestros días, no nos encontramos con ninguna insurrección, ni ningún cambio que haya sido el reflejo del malestar social en las clases oprimidas, sino que todas esas revueltas y cambios obedecieron a juegos políticos, después de los cuales el pueblo se encontraba siempre dominado por la misma clase esencialmente capitalista liberal, con mayor o menor sentimientos paternalistas. El ciudadano fue considerado como objeto de las decisiones de las clases dirigentes, y no como sujeto participante en la actividad global del Estado.
Salvo la lucha de Sandino, la participación de las clases marginadas en todo ese período se reduce a una adhesión --impuesta-- casi feudal al señor, sin reclamar para él los bienes y servicios a que tiene derecho, ni mucho menos la participación en los órganos de decisión.
Las doctrinas sociales de la Iglesia Católica, que hubieran podido contribuir a dignificar a las clases oprimidas y que tomarán conciencia de sus derechos, no llegaron a ellas, principalmente porque la jerarquía de la Iglesia Católica en Nicaragua, salvo contadas excepciones, se ha identificado siempre con las clases dominantes, y conscientemente impedía la difusión de las doctrinas sociales, asumiendo más bien actitudes condenatorias a cualquier brote de inconformidad social.
El clima general que vive Latinoamérica, la ansiedad por alcanzar una sociedad nacional donde se establezca un orden socioeconómico justo, ha modificado hondamente la actitud del nicaragüense como individuo participante.
La tasa anual de crecimiento de nuestra población refleja un aumento asombroso. En cambio, el ritmo de aumento en la tasa de ingresos por habitantes es ínfimo. El problema de la explosión demográfica no podrá solucionarse mientras no se dé un cambio global en la sociedad, que permita, no sólo obtener una justa distribución de la riqueza, sino un aumento positivo en la producción y utilización de los recursos humanos y naturales.
Para poder tener una idea aproximada del estado de salud del pueblo nicaragüense, basta con asistir a nuestros hospitales y ver la inmensa cantidad de enfermos, echados en el suelo, esperando ser atendidos por los médicos y enfermeras, que dedican sus atenciones a los privilegiados que pueden pagar los servicios.
Todos los problemas socioeconómicos, culturales, políticos y religiosos de Nicaragua se sintetizan en la existencia de dos comunidades que cada día se distancian más. Una comunidad donde hay medios para desarrollarse humanamente, y otra que se encuentra sometida a condiciones atroces de existencia.
El Concilio Vaticano II en el número 69 de la Gaudium et Spes afirma: “Y quien se encuentre en extrema necesidad tiene derecho de procurarse lo necesario, tomándolo de las riquezas de los otros”. Imaginémonos a la inmensa legión de los marginados siguiendo individualmente esta recomendación del Concilio. Por ello, compete a un Estado verdaderamente representativo de la comunidad el ejercer colectivamente ese derecho.
La cuestión real ya no es si habrá o no revolución, sino más bien: revolución pacífica, o revolución violenta.
Ahora
Lo que he escrito hasta aquí, son notas de una exposición sobre la realidad humana de Nicaragua que hice, a invitación del Administrador Apostólico de la Diócesis a obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos en ocasión de la Primera Semana de Pastoral, en enero de 1969.
Y hubo una revolución en 1979, diez años después. Fue posible por la participación generosa de la inmensa mayoría de la población. El FSLN de entonces, después de arreglar diferencias entre las tres tendencias, asumió la dirección del proceso revolucionario para ser la vanguardia, ya desde el ejercicio del poder. La gran mayoría de la población, hasta entonces marginada por los partidos políticos tradicionales, apoyó el esfuerzo para crear una nueva Nicaragua. El cambio no pudo ser pacífico.
Por primera vez los ciudadanos nos sentimos parte de la construcción de esa nueva sociedad. Nunca antes se había valorado de manera concreta principios de dignidad, igualdad y participación ciudadana. Obreros, campesinos, mujeres, estudiantes, intelectuales y hasta gran parte de pequeños y medianos empresarios y políticos de partidos tradicionales, participaron en la construcción del proyecto en los primeros años.
Hoy, 37 años después de haber escrito lo que expuse en esa Primera Semana de Pastoral de la Iglesia Católica, pareciera que estamos regresando al pasado somocista. ¿La causa y los causantes? Todos los nicaragüenses tenemos parte de responsabilidad, pero la nuestra, militantes del FSLN, es la de mayor grado. Agresiones externas, mesianismo de vanguardia que nos impulsó a acelerar un proceso, confiando en los esquemas de los partidos guiados por los rígidos principios del marxismo tradicional; inexperiencia en el ejercicio del poder desde el gobierno; sobrevalorar la confianza en la fuerza de las armas; solidaridad revolucionaria sin tener en cuenta la limitaciones objetivas. Mucho hay que analizar y develar para comprender el porqué de la derrota electoral del 90.
Lo que sí es evidente, es que el FSLN de hoy, derrotado en las urnas desde el 90, no es el mismo que alcanzó el poder. Privó, en una parte de la dirigencia, el temor de tener que luchar por los mismos ideales, --sin el poder que da el gobierno-- y sobretodo, la decisión de aferrarse a bienes que no les pertenecían. El proceso de desmoronamiento de la ética fue vertiginoso y sin mayores disfraces. Nuevos capitalistas apropiándose, no sólo de bienes destinados por la Revolución a otros fines, sino también, asumiendo los vicios propios de la clase política y económica que una vez creímos derrocada para siempre.
Quien aspira al poder en 2006, para ejercerlo desde arriba, no es el FSLN, que lo alcanzó en el 79. La responsabilidad ahora es de una cúpula obcecada en mantener sus privilegios. Primero hay que erradicar los vicios internos para tener autoridad de pedir votos en nombre de Sandino, Carlos Fonseca y el pueblo que éstos defendieron.
20 enero de 2006