Opinión

América se ahoga en la xenofobia


El Tío Sam ha comenzado a perder la memoria.
Cuando sus ancestros del siglo XVII navegaron del Viejo al Nuevo Continente en el Mayflower, peregrinaron con la idea de forjar una unión de pueblos, cuya ley tendría como norte el bien común. Esa aspiración dio un respiro a generaciones sofocadas, en los cuatro puntos cardinales, por la miseria y la intolerancia.
Pero ahora el Tío Sam quiere darle vuelta a las agujas de la brújula que lo guió hasta aquí.
Un compás de sentimientos desdeñosos hacia los inmigrantes en esta tierra de gracia, está cercando en un gueto a los extranjeros más vulnerables, manipulados como chivos expiatorios de las turbulencias que recientemente han precipitado al país a un abismo.
El dogma de la xenofobia incluso ha conseguido adeptos entre quienes llevan las riendas de la democracia más poderosa del planeta. Un proyecto de ley aprobado el mes pasado por la Cámara de Representantes automáticamente convierte a más de 11 millones de inmigrantes indocumentados, en su mayoría latinoamericanos, en delincuentes. Una vez detenidos serían deportados sin derecho a comparecer ante un juez.
¿Qué pasaría en la Florida si, súbitamente, 850,000 trabajadores que nutren la prosperidad del Estado abandonaran sus labores? ¿Quién se conformaría con ser mano de obra barata -- y comúnmente explotada -- en la agricultura, el turismo y la construcción?
Miles de personas en el sur de la Florida viven ocultas bajo la sombra de un sistema que está desmembrando familias, poniendo en peligro la vida de quienes buscan sustento para
sus seres queridos y fomentando una sociedad clasista.
La incógnita es cómo iluminar esas tinieblas para que los forasteros encuentren una salida que desemboque en la legalidad.
Actualmente, no hay luz en el laberinto.
No hay visas para los empleados no profesionales codiciados por las empresas que se ven obligadas a contratarlos por la izquierda. No hay trabajos para quienes tienen documentos, porque a los indocumentados se les paga menos. No hay fondos para capturar a los verdaderos malhechores que descalabran al país, porque la mirilla de las fuerzas del orden reposa sobre quienes sobreviven al naufragio o a la carbonización del desierto para llegar aquí.
‘’Debe sonar la alarma, porque el mensaje que se está difundiendo es extremadamente irrespetuoso para todos los inmigrantes’’, me dijo Ángela Kelly, Subdirectora del Foro Nacional de Inmigración, organización que aboga por los derechos de los inmigrantes en Washington, D.C.
El debate se ha encendido recientemente por el alto costo público que representa suministrar los servicios médicos y educativos a los inmigrantes y sus familiares.
Por lo visto, hay quienes todavía no comprenden que muchos indocumentados han procreado hijos que son ciudadanos estadounidenses, y que otros tantos han arribado a este país en su niñez o adolescencia y, consiguientemente, ya están enraizados en sus comunidades.
También hay quienes claman para que a los hijos de estos inmigrantes les arrebaten su nacionalidad, y para que los indocumentados no sean contados por el censo, y así se menoscaben los recursos que los estados reciben, a fin de implementar programas de auxilio a los recién llegados.
Esas mismas personas quieren hacer más escabroso el camino a la ciudadanía para los residentes legales, y por la noche se desvelan vigilantes para servir a la patrulla fronteriza como alcahuetes.
Algunos líderes en Washington también se la pasan despabilados mendigando votos y fondos de campaña, y están recurriendo al tema migratorio para desviar las críticas de las que han sido blanco por el desastre en Irak, su deficiente respuesta al arrollador paso del huracán Katrina y sus escándalos de corrupción.
Hacer de los inmigrantes un chivo expiatorio sería un pecado, el cual a los fundadores peregrinos no les hubiera gustado cometer.
‘’Estos inmigrantes vienen huyendo de la violencia, de la opresión económica’’, destacó María Rodríguez, Directora de la Coalición de Inmigrantes de la Florida.
La solución está en legalizar a las personas que ya están aquí si califican para trabajos precisados y no tienen un récord delictivo. La nueva ley debe promover la reunificación de familias fracturadas, y darle luz verde a las empresas para que cumplan su labor abiertamente en aras de sostener el crecimiento económico.
‘’La presión de venir ilegalmente disminuirá si surgen avenidas para venir legalmente’’, subrayó Kelly.
A fin de cuentas, esa es la historia de Estados Unidos.
El Nuevo Herald
dshoer@elnuevoherald.com