Opinión

Evo y el pulóver de la discordia


Con ese pulóver no pasaría la primera fase de una entrevista para conseguir un empleo ofrecido por uno de esos anuncios de perfil ejecutivo escritos en inglés. El estilo indigenista sólo alcanzará categoría cuando Hugo Boss o algunos de esos diseñadores de trajes de discoteca y de palacio doten a sus prendas del look aymara o new boliviano. Así como el atuendo de Mao Tsé-tung inspiró el famoso cuello trunco de camisas y sacos de la elite de la noche y del “bacalao”.
Porque apenas Evo Morales entrara en la consultora --si es que antes el portero no le dice que se ha equivocado de puerta--, los encargados del semblanteo psicofísico le dirían que no hay más vacantes. Y hasta con benevolencia blanca le dirían que tendría más suerte poniéndose en la cola de los peones golondrinas. Y si no la tiene que se procure un plan jefes y jefas de hogar, que son fáciles. Lo curioso es que el probable rechazado va a conducir un país llamado Bolivia. Y aquellos a quienes hoy inquieta su vestuario, cuando consigan una audiencia con él, van a esperar en la antesala con traje y con corbata. En cambio, es más seguro que no tenga que esperar la tejedora del pulóver con su estridente pollera acampanada.
Según Ambrose Bierce, “la tribu de los idiotas llegó con Adán, y como era numerosa y fuerte, infestó el mundo”. Es decir, habita en todas partes. “Soberbia estúpida de los pueblos civilizados”, se indignó Saramago ante tantos rezongos sastreriles. En una nota publicada por el diario ABC, el español Mariano V. De Montero, orgulloso de haber dirigido la Escuela Diplomática de Madrid, se horroriza porque el Rey toleró el inapropiado “jersey” de Evo Morales, a quien considera “carente de cultura vestimentaria”.
Ninguno de esos quejantes llama incultos a tantos jeques árabes que entran a las “Casas blancas” colmados de turbantes y de túnicas de seda cargadas con hebras de oro, pagadas con petróleo.
El presidente afgano post talibanes, Hamid Karzai, quien recorre Occidente vestido con capa y birrete de piel de fauna salvaje en extinción, pulida por peleteros de rango, es reconocido como un dandy de suprema elegancia. Y nadie objeta ese contraste entre esa distinción vestuaril del gobernante y la de sus gobernados nómades cubiertos con piltrafas. Las camisas multicolores de Mandela son acaso el símil más cercano a la chomba azul, celeste, gris, blanca y colorada a rayas del boliviano. No parece haber sido la ingenuidad, ni menos la insolencia, lo que animó a Morales a transgredir las convenciones. Fue una estrategia sutil que resultó exitosa: convirtió en símbolo su estilo de líder pobre, y en identidad arrogante su origen andino. Todavía su pulóver podía tener olor de alpaca. ¿Quién dice que es más fino el aroma de un perfume?
Si hubiera cumplido toda la tradición, como Rigoberta Menchú con su vestuario étnico tribal, no hubiera causado ese revuelo. Porque vestido de aymara hubiera sido obvio: luciría un aire colla pintoresco e inofensivo. Hasta podría parecer un charanguista de conjunto folclórico, de esos que alegran a turistas en hoteles cinco estrellas. Pero el nuevo presidente boliviano se vistió de trabajador. De plantador de coca en día de fiesta. Sólo debe de haberse untado sus fuertes manos rurales con el sachet de crema humectante que encontró en el toilette donde se alojaba, para no raspar las de sus anfitriones. Así que ver aparecerse a un peón en el lugar del patrón es algo inusitado.
Hace falta humildad democrática para quitarse los prejuicios. Su encuentro con el Rey de España mostró que un rey sabe muy bien quiénes son sus iguales: quienes tienen detrás a sus pueblos.
Nadie puede anticipar cuál será el porvenir del vestuario de Evo. Si cambiara de sastre y de estilo, pero no de horizonte, sería lo de menos. A su colega Toledo, de Perú, no lo ajenizaron los trajes caros londinenses sobre su etnia autóctona, sino que en esa ambigüedad ya nadie pudo reconocer quién era. Aquí hubo antes unas largas e indóciles patillas montoneras riojanas que acabaron reducidas y peinadas por coiffeurs. Y promesas populares ciudadanas perdidas en un campo de golf.
La Nación, Argentina