Opinión

Guachán Solís


En los años 80, Sebastián Solís vivía --y aún vive-- en San Juan del Río Coco, municipio de Madriz, en la profundidad montañosa de Las Segovias. Guachán --como todos lo conocen y diriambino de pura cepa-- era responsable de la agencia de Encafe en ese lugar donde también tenía su casa, en la cual me recibió innumerables veces con la franca y abierta hospitalidad que lo caracteriza, “porque aquí se te quiere, porque además sos hijo de Miguel, que es como un hermano mío, y porque cualquier día de éstos te pueden quebrar en estos montes y yo podré contar en tu vela que muchas veces dormiste en mi casa”. Después de cenar, y cuando el pueblo empezaba a helarse con el frío que bajaba de los cerros, en prolongadas conversaciones me relataba las mil y una anécdotas vividas en su agitada y azarosa vida.
Entonces, Guachán era un viejón blanco, con más de sesenta años a tuto, medio calvo, canoso, de cejas grises y tupidas, pero aún fornido y de elegante vestir, “porque el hombre debe ser aseado y elegante aunque esté en el monte”. Por las historias que me contaba, lo consideraba como el gemelo de Juan Charrasqueado, aquel famoso personaje del corrido mexicano, el que de aquellos valles no dejaba ni una flor. Decía saber de todo y haber trabajado en todo, experiencia que lo convertía en un experto en electricidad, construcción y sobre todo, en granos básicos, caña de azúcar, cítricos, ganadería y café, y debía ser cierto porque en San Juan del Río Coco se había ganado el respeto de los cafetaleros y nadie se atrevía a engañarlo entregándole café de segunda o de tercera, porque se daba cuenta, no les compraba nada y además los puteaba por quererlo tratar como pendejo.
En San Juan del Río Coco vivía con La Tona, su señora, --una morena guapa, mucho más joven que él, con quien había procreado dos niñas y cuatro varones-- de quien afirmaba --y la ponía de testigo-- se había enamorado perdidamente de él cuando trabajó en San Isidro de Matagalpa, de donde se la llevó para hacer su vida juntos, y ella lo miraba sonriendo al oír las largas y cortas que me contaba. Antes de la cosecha ensillaba su mula y en ella salía del pueblo hacia los sectores montañosos de Cerro Blanco, Samarkanda, Quebrada Honda, Las Cruces, Quibuto o La Dalia a inspeccionar los cafetales y calcular la cantidad de quintales a recolectar. En base a sus datos establecía sus metas de acopio y pedía los requerimientos de sacos, dinero y transporte a los funcionarios de Managua “que dicen que saben, pero me gustaría que me lo demostraran aquí en estos vergueros”. Y siempre acertaba en sus proyecciones y alcanzaba sus metas de acopio, por lo que de Managua lo mandaban a felicitar y en las emulaciones le daban certificados en los que se decía que el hombre ese era pencón.
Ah, y si era de coraje, ni hablar, pues decía que tenía para regalar. En la casa tenía un AK 47, soviética, “porque a la hora de la rifa no creás que no me voy a fajar, lo voy a hacer primero por mi familia y después por esta Revolución, que también es parte de mi familia”, y yo lo quedaba viendo, imaginándome en un combate a mi viejo amigo, que afirmaba que era sandinista desde antes que existiera el Frente Sandinista y que vivía orgulloso de que sus hijos se hubieran metido a la runga contra la Guardia, en especial Marvin y Chago, los menores, ambos sobrevivientes de la guerrilla de Nueva Guinea, de donde lograron salir y llegar por montes hasta donde su viejo, quien en su casa los escondió de la Guardia mientras La Tona, como si de sus propios hijos se tratara, les curaba las llagas de los pies, las manos, los brazos, del cuerpo entero, y hasta las llagas del alma.
Un día de 1984, cuando la guerra mostraba toda su crueldad en aquellas montañas, se recibió la información de un muchacho sandinista infiltrado en una de las fuerzas de tarea de la Contra, en la que daba a conocer el día y la hora que atacarían el poblado, con el fin de tomarse la plaza, pasar la factura y establecerse en ella. En la madrugada se activaron los mecanismos de defensa y cada quien se ubicó en su sitio correspondiente, con sus pertrechos militares dispuestos a matar y a morir por ideologías que tan profundamente se habían arraigado en nuestras convicciones y por supuesto, en la de los Contras.
El combate fue terrible. Durante horas los hombres y mujeres de ambos lados mostraron la valentía y el heroísmo que caracterizó a esa guerra fraticida, que era como pelear contra vos mismo, porque al otro lado de la mira de los fusiles quienes estaban eran otros nicaragüenses enardecidos por sus creencias políticas y dispuestos a cualquier sacrificio, como decían las consignas, que más que deseos expresaban decisiones irreversibles. Payón Rivera dirigió el combate en el que pelearon Zamora, Ernesto, Javiercito, Rogelion, el negro Rigo Guachán, medio pueblo y tantos que por las tardes inventábamos qué hacer para ahuyentar el hastío de la guerra. Javiercito, entonces Alcalde Municipal, quedó entre los muertos. Entre los sobrevivientes estaba Guachán, quien con su gente se parapetó en la colinita del cementerio, desde donde se fajó a balazos hasta fundir su AK, y fue tanto su coraje que en medio de la balacera sacó a un herido cargándolo desde sus trincheras hasta donde le dieran atención médica y logró que lo salvaran.
Algunas noticias del acontecer nacional se convierten en detonantes que te recuerdan situaciones en la que fuiste actor o testigo o no las viviste, pero alguien se encargó de contártela con ese lujo de detalles del que los nicaragüenses somos expertos. Y tales recuerdos saltan y te asaltan, no porque lo que pasa sea similar a lo ocurrido en otros tiempos, sino porque son grotescamente contradictorios, como la firulichada escenificada recientemente en la Asamblea Nacional, donde un fulano de una bancada se cambió a otra, que no es lo mismo, pero es igual, como dice una canción de Silvio Rodríguez. Horas después de la traición, en conferencia de prensa --como si de un héroe se tratara-- declaró “que andaba en misión en la profundidad de las filas enemigas”.
Ese pobre hombre es sólo un triste payaso. ¿Qué secretos descubrió el partisano de aire acondicionado y miles de dólares mensuales? Pero, lo más desacertado de la conferencia de prensa, fue la ofensa que se hizo a la inteligencia de los y las nicaragüenses tratando de avalar lo que no tiene aval; de dar lógica a lo ilógico; de dar credibilidad a lo no creíble. Fue tan innegable la traición, que sus colegas lo denostaron con verdades que estaban tapadas bajo las faldas de las conveniencias políticas, como los gatos tapan sus cagadas. Por eso, y como dicen en Las Segovias, ese cuento que se lo metan a mi caballo de palo, porque es muy difícil reivindicar a quienes han traicionado a Nicaragua, aun en estos tiempos que buscan la redención de Judas, el que traicionó a Jesucristo.
Managua, enero 15, 2006.
A 36 años de la caída en combate de Leonel Ruganma.