Opinión

Las cuatro bandas


Los acontecimientos de la última semana en la Asamblea Nacional han merecido la descalificación de la mayoría de los sectores políticos, sociales, periodísticos y económicos del país, con la excepción de los partidos políticos involucrados directamente en la crisis legislativa.
Esas voces, por lo general acérrimos críticos del pacto FSLN-PLC, se levantan ahora para maldecir la falta de consenso para elegir la Junta Directiva de ese Poder del Estado. Es difícil entender esa lógica: si los partidos mayoritarios en el cuerpo legislativo se ponen de acuerdo, es la “aplanadora” del pacto,
si las negociaciones se empantanan, entonces es un “circo de los
politiqueros”.
Lo que yo sí lamento profundamente es que estas apasionadas discusiones no se realicen en torno a temas sociales y económicos, que merecen mejor suerte, como consensuar una estrategia de desarrollo que no termine al finalizar este año, sino que se extienda más allá de las elecciones de 2012 y que nos permita salir de la miseria; o estar discutiendo las necesarias reformas del modelo educativo para llevar a nuestra población al siglo XXI.
Sí, es lamentable todo este esfuerzo, sea por la toma de posiciones tácticas, válidas y necesarias en el juego democrático, sin embargo, la estrategia y la táctica deben complementarse y aquí, en Nicaragua, la clase política no tiene una visión estratégica, ni a mediano ni mucho menos a largo plazo.
Estemos claros que estas diferencias “expresadas” en el bochinche parlamentario son más producto del inicio de la campaña electoral y del control de la directiva en este vital año, que a un rompimiento a fondo de la alianza estratégica de ambos partidos, después de todo, sólo basta mirar los otros poderes del Estado y su composición para despejar cualquier duda al respecto. Frente a un año de elecciones, lo mejor que pueden hacer los partidos contendientes es aparecer lo más separado posible de su contendiente.
Por otro lado, muchas de las personas que desean el rompimiento del sistema bipartidista que actualmente nos gobierna, aspiran que en las próximas elecciones surja un Poder Legislativo con por lo menos cuatro bancadas. A veces hay que tener cuidado con lo que se desea, porque se te puede conceder. Un sistema pluripartidista sin liderazgo puede llevar a una parálisis parlamentaria, así como lo hemos visto la semana pasada.
Así que en las próximas elecciones corremos el riesgo de elegir una Asamblea Nacional pluralista, por la cantidad de bancadas, pero incapaz, debido a una falta de liderazgo, de llegar a un consenso para legislar en beneficio del país. Sería frustrante, para decir lo mínimo, tener una prolongación, por cinco años, de lo que vivimos la semana pasada en ese Poder del Estado.
Creo que exageran sobre el impacto del impasse, especialmente en la inversión extranjera, la imagen del país y hasta sobre la gobernabilidad. Estos enfrentamientos son comunes en los regímenes democráticos. Después de todo, es mucho más difícil crear consenso en democracia que en regímenes autocráticos. El problema es que, ante la falta de una sólida institucionalidad en el país, estas crisis, tal vez normales en otros países, tienden a convertirse en tormentas políticas.
Lo que sí quedó claro esa semana, y tal vez ese sea el motivo de la amarga reacción de los sectores antisandinistas, es que la derecha nicaragüense se vio más dividida que nunca, enfrascada en luchas internas aparentemente insalvables, para acrecentar la preocupación de la Embajada norteamericana y su búsqueda de unas elecciones a tres bandas (una de derecha y dos de izquierda). La actuación del candidato de la ALN, Eduardo Montealegre, tampoco fue la más acertada.
Por otro lado, la izquierda salió fortalecida de la crisis, el Frente Sandinista, porque es evidente que tiene una mayor capacidad de maniobra y de negociación y una tremenda experiencia, como lo ha demostrado una y otra vez; y Herty Lewites al no involucrarse del todo y tomar distancia rápidamente de las torpezas de su aliado, el diputado Tardencilla.
Si nos pusiéramos de acuerdo en lo importante, estos bochinches parlamentarios pasarían a ser puros eventos anecdóticos y no insalvables crisis políticas.