Opinión

Reforma o revolución


Las victorias pacíficas de la izquierda en Latinoamérica están lejos de tener objetivos revolucionarios inmediatos y se distinguen en cambio por su marcado carácter reformista. Sólo en Venezuela se habla de un proceso revolucionario que superando el sistema capitalista avance hacia un socialismo propio, el cual ellos denominan “socialismo del siglo XXI”.
Ya sea porque el pensamiento socialdemócrata predomina hoy allí donde antes el marxismo revolucionario tenía su hegemonía, o sencillamente porque la represión de las dictaduras civiles y militares --que ha hecho fácil la labor al neoliberalismo-- destruyera partidos y organizaciones populares, lo cierto es que sólo algunos grupos sostienen ahora la revolución como la tarea inmediata en el continente.
Desde la derecha más montaraz, los partidarios incurables de la “teoría de la conspiración” sostienen que los nuevos gobiernos de la izquierda sólo proclaman el reformismo para tranquilizar a los Estados Unidos y sus socios locales y ganar tiempo para sus aviesos propósitos. Pero la realidad es que esta vocación reformista es sincera, y el nerviosismo de Washington y las oligarquías criollas ante este inesperado giro a la izquierda en los gobiernos latinoamericanos se explica solamente por su aversión enfermiza a cualquier reforma. Para la derecha latinoamericana y Washington cualquier cambio importante es sinónimo de revolución, violencia, caos y en el mejor de los casos manifestación de “populismo irresponsable” y demagogia.
Pero si se prescinde de la propaganda interesada y manipuladora y nos atenemos a la gestión de estos gobiernos, no es posible abrigar dudas acerca de su carácter reformista. Es más, en algunos casos su proclamada reacción contra el neoliberalismo es muy relativa y las políticas económicas del pasado en buena medida se mantienen. Inclusive, algunos de estos gobiernos reformistas llevan tan lejos su moderación que impacientan a una ciudadanía deseosa de medidas más enérgicas.
Pero en todos es común el esfuerzo por la recuperación del Estado como instrumento decisivo en la vida política y económica del país, la revisión de las privatizaciones de las grandes empresas, la defensa de los recursos naturales, medidas para mejorar la situación económica de la mayoría, el impulso a la integración regional (como rechazo o como medida compensatoria frente al ALCA) y, en general, el empeño en reivindicar la soberanía nacional.
En términos generales podría decirse que estos gobiernos apuestan por el desarrollo del capitalismo de Estado, por un énfasis en el mercado interno (sin abandonar las políticas de expansión de exportaciones) y por la redistribución de la riqueza nacional. Es destacable también la búsqueda de nuevos mercados y nuevos socios (diferentes a EU y la UE), en especial China y los llamados países emergentes. A diferencia de los anteriores gobiernos neoliberales, los nuevos líderes de la izquierda establecen distancias prudentes y claras con relación a Washington.
Si bien es cierto, cada país tiene su propia dinámica y sus procesos son singulares, existe un elemento que les identifica: el elevado nivel de las reivindicaciones y el descontento generalizado de la población. Y demostrar que el sistema es mejorable y que la democracia formal funciona, es sin duda el principal reto del actual reformismo en Latinoamérica. La satisfacción de reivindicaciones tan profundas y sentidas no es ya posible con simples cambios superficiales, después del amargo trago del neoliberalismo. El capitalismo latinoamericano y, en particular, su recién estrenada democracia formal tienen en esta contradicción entre expectativas legítimas y capacidad efectiva del sistema para satisfacerlas su principal desafío.
Quienes desean sobrepasar el reformismo y apuestan por una revolución pacífica pero dirigida inequívocamente a superar el sistema, tienen en Venezuela su primer gran desafío. A diferencia de los reformistas, satisfechos con un capitalismo civilizado, los reformistas-revolucionarios entienden que para conseguir una democracia real, el capitalismo es insuficiente y más pronto que tarde se convertirá en obstáculo que exige ser superado.
Igual reto tendrán los bolivianos que proponen un socialismo de inspiración indigenista y entienden que el triunfo de Evo Morales es apenas un primer paso hacia conquistas mayores. Estos revolucionarios pacíficos se someten entonces a las reglas del sistema y “hacen la revolución dentro del capitalismo” de la misma manera en que lo intentaron en su momento la Unidad Popular de Allende (Chile) o el gobierno de La Nueva Joya de Bishop (Grenada). Aún es una incógnita el futuro del movimiento Etnocacerista de Ollanta Humala en Perú, al parecer, inspirado también por este tipo de reformismo revolucionario.
Son reformistas igualmente los guerrilleros revolucionarios de Centroamérica que aspiran a gobernar con programas moderados: el FSLN, en Nicaragua; el FMLN, en El Salvador, y los antiguos insurgentes de Guatemala. La victoria muy probable del PRD en México también llevaría al gobierno a un partido reformista con un programa que está lejos de ser revolucionario.
Hasta las actuales guerrillas de Colombia apuestan por un gobierno de reformas a pesar de su lealtad al marxismo revolucionario. Tanto el ELN como la FARC-EP han declarado muchas veces su disposición a abandonar las armas si se dan ciertos cambios económicos y políticos en el país, y se les garantiza el ejercicio de la acción política sin riesgo de sus vidas; alegan en su favor que la opción armada es una respuesta que impone el sistema político excluyente y sumamente violento que impera en el país. Sus objetivos inmediatos no incluyen el socialismo, sino un gobierno de carácter nacionalista, democrático y pluralista.
Por supuesto, ninguno de estos reformistas-revolucionarios renuncia al socialismo, pero asumido como un objetivo a largo plazo. Ellos parecen compartir la idea de que la construcción del socialismo no es viable sin unas ciertas condiciones materiales de desarrollo del capitalismo (las fuerzas productivas), sin una determinada extensión de las relaciones sociales del capital por el tejido económico y sobre todo, sin un nivel suficiente de conciencia, organización y capacidad de lucha de los agentes históricos del cambio, es decir, las vanguardias políticas y sus apoyos sociales. Aún en el caso de una victoria guerrillera, las medidas económicas de estos revolucionarios en el poder serían bastante parecidas a las del reformismo y tendrían en el capitalismo de Estado su columna vertebral. La diferencia vendría dada tan sólo por la fuerza política que ejerza la hegemonía y la orientación que se imprima al proceso.
Es claro que los líderes reformistas no comparten esta visión revolucionaria, pero unos y otros, revolucionarios y reformistas, coinciden en la necesidad de emprender profundos cambios en el actual sistema económico y político para superar la pobreza, la desigualdad y la marginación de las mayorías, y sobre todo, para recuperar la soberanía nacional.
Vista en perspectiva la alternativa entre reforma y revolución, ha sido una constante en la historia moderna de América Latina. Lo espectacular en esta coyuntura es la caída general y estrepitosa del modelo de dominación, la profundidad y amplitud de la movilización popular y la enorme incapacidad de Washington para mantener su influencia y realizar sus planes neocoloniales en el continente. El modelo neoliberal que en su día se ofreció como la fórmula mágica para salir del atraso se convirtió en el vomitivo bálsamo de Fierabrás que ya nadie desea ingerir.