Opinión

De frente


El 10 de julio de 1961, después de salir de la prisión en La Aviación y el Hospital Militar, La Prensa publicó una carta que le envié a Pedro Joaquín Chamorro denunciando una serie de atrocidades del régimen somocista y su forma de administrar justicia.
El 14 de febrero de 1970, Pedro Joaquín tituló su espacio editorial “Patética exposición sobre la justicia” e insertó una carta que le dirigí al Presidente de la Corte Suprema de Justicia de entonces. Inserto hoy la nota que Pedro colocara como epígrafe a esa carta:
“Nota. ­– Centenares de veces en este periódico hemos denunciado la administración de justicia, pero poco caso se ha hecho a nuestros llamados, e incluso los han catalogado como emanados de un resentimiento político que en verdad no existe. Hoy, cedemos este espacio editorial a un catedrático de la escuela de leyes, quien con ponderación y citas concretas dice una serie de patéticas y horribles verdades al Presidente de la Corte Suprema de Justicia. Veremos si su carta obtiene algún eco”.
PJCH.
Cuarenta y cinco años después de la primera carta a Pedro Joaquín, la administración de justicia está regresando a la época del somocismo; aunque antes, como ahora, encontremos magistrados, jueces y funcionarios con capacidad y rectitud, pero aprisionados por el sistema y afectados por los actos de corrupción de quienes envilecen los cargos. Y es que, en general, la corrupción ha sometido al país a la voluntad, ya no de una familia y los esporádicos zancudos, sino que parece haberse institucionalizado a las órdenes de dos caudillos y un Ejecutivo cuya única fortaleza reside en la voluntad del gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica.
De 1979 a 1985, dos veces me correspondió ejercer la responsabilidad de Procurador General y Ministro de Justicia. Como resultado del ejercicio del cargo, naturalmente soy responsable de los errores y arbitrariedades cometidas en el ejercicio de mis funciones. Ejercí esas funciones con firmeza, a sabiendas que los sectores económicos dominantes hasta la Revolución de 1979, lógicamente considerarían como injustas las medidas que les afectara en sus bienes. Sigo creyendo que la mayor injusticia que puede darse en una sociedad es que las normas jurídicas sean consideradas, únicamente, como instrumento de protección de los intereses económicos, y que a los pobres, sólo les corresponde esperar “pacientemente” la recompensa evangélica, aunque en este mundo, por causa de una inmoral distribución de la riqueza, se les haya privado de los recursos elementales para vivir como seres humanos.
Debo dejar claro que lo que escribiré en esta columna de los viernes no estará motivado por resentimientos personales. De la empresa privada y los empresarios siempre he estado consciente que tienen un importante papel que desempeñar en el desarrollo social, pero sin llegar al canibalismo de exterminar a los pobres, como se ha hecho en Brasil en las grandes haciendas o con los indigentes de las grandes ciudades. La amistad y el respeto a personas como Felipe y Carlos Mántica fue motivo, en el caso de Felipe, para invitarlo a formar parte del proyecto sandinista para derrocar a la dictadura somocista. Sigo teniendo el mismo respeto por empresarios como Felipe y Chale.
Mi vinculación con el sandinismo va más allá del Grupo de Los Doce y la militancia en el FSLN. Que yo sepa no he sido expulsado. Conservo mi carné de la segunda promoción que tiene el número 810053. No he renunciado a los principios por los que me vinculé al FSLN. Tanto en Barricada como en EL NUEVO DIARIO he escrito señalando los vicios que la dirigencia del FSLN asumió voluntariamente y que ha impuesto a las estructuras del partido. Durante mi vinculación oficial con el FSLN y mi trabajo en el Gobierno Revolucionario, en lo personal, y en el ejercicio de los cargos desempeñados, nunca fui objeto de falta de respeto de parte de ninguno de los miembros de la Dirección Nacional.
Apelo a los principios de firmeza y honestidad de Sandino y Carlos Fonseca para que los verdaderos sandinistas comprendan los motivos que me impulsan a señalar, y sostener desde esta columna, que la cúpula dirigente del FSLN ha impuesto a sus miembros el sometimiento a una autoridad que, voluntariamente, se ha corrompido asumiendo los mismos vicios que caracterizaron al somocismo.
La podredumbre en que se trata de hundir a esta sociedad tiene su origen más en la descomposición moral --a la que se ha empujado a las estructuras de dirección del FSLN para sostener, “desde abajo”, una escandalosa acumulación indebida de riquezas y ostentoso dominio de los vicios que quisimos eliminar con la Revolución--, que en la fragilidad de una democracia tercermundista.
Si no se da una radical recomposición moral en las autoridades del FSLN, y por nuestra inercia, y la de aquellos que por temor claudican conviviendo con la evidente corrupción que propician los dos caudillos desde sus sillones de poder, llega a la presidencia Daniel Ortega --aún suponiendo que en lo personal, quisiera volver a ser el mismo Daniel que se ganó el respeto de su pueblo y de muchos pueblos del mundo--, es muy difícil que pueda, o le permitan, salir de la maraña en que se ha envuelto para gobernar desde abajo.
La esperanza para poner en orden las cosas estaría en que no permitamos ser gobernados irresponsablemente, ni desde abajo ni desde arriba; y que el sector privado entienda que debe sostenerse por sus propias capacidades de generar riquezas con responsabilidad, y no medrando privilegios y padrinazgos con el poder político.
Postdata. Este primer artículo ya estaba escrito para cuando el 9 de enero la población fue testigo del vergonzoso espectáculo en la Asamblea Nacional. Daniel Ortega confirmó esa misma noche, en su comparecencia junto al diputado Germán Miranda, que sus cualidades de ahora para aspirar a la presidencia son exactamente las mismas que se reflejan en la foto con Alemán, que lo hará pasar a la historia como es, y no como dice ser.

13 enero 2006