Opinión

Un diseño inteligente


La derecha religiosa estadounidense está consiguiendo colar en las escuelas su propia teoría del origen y la evolución de las especies, la cual se hace llamar “diseño inteligente”. Este sutil envoltorio del movimiento creacionista ha entrado a formar parte de la enseñanza de las ciencias en el estado de Kansas, tras ser aprobado por su Consejo de Educación. Desde ahora, los alumnos pueden considerar refutables o débiles las tesis evolucionistas aceptadas por los investigadores. Una hábil maniobra que indica que el movimiento puede empezar a fructificar en la población de la primera potencia económica y cultural del mundo.
El diseño inteligente tiene sus raíces en las iglesias evangélicas y el cristianismo conservador dentro de la teoría religiosa del creacionismo, que dice que cada ser vivo viene de un acto de creación divina y que el cosmos es una arquitectura de Dios. De un tiempo a esta parte, la creencia supera cualquier círculo adoptando un lenguaje científico para hacerse un hueco en la educación norteamericana. El peligro es que no se reconoce como una opción religiosa, sino como una alternativa científica, que critica sin rigor la teoría de evolución darwiniana, base fundamental de la biología moderna.
Charles Darwin ya tuvo que toparse en la segunda mitad del siglo XIX con el conservadurismo de la sociedad victoriana, la cual le acusó de negar la existencia de Dios, al definir a los humanos como el resultado de un proceso natural. Entonces, las tesis del biólogo británico revolucionaron las ideas. La alarma surge ahora cuando en los primeros pasos del siglo XXI el pensamiento evolucionista, legado de Darwin, vuelve a ser atacado desde el campo de la religión, encubierto esta vez con el disfraz de la ciencia.
Los componentes de este movimiento no buscan el debate en la comunidad científica ni tampoco pretenden aportar nuevos caminos de investigación. Ideólogos y creyentes aúnan sus esfuerzos en convencer a políticos y ciudadanos. De acuerdo con Dembski, una de las figuras más destacadas del movimiento, el diseño inteligente “es simplemente los Logos del Evangelio de Lucas traducidos al lenguaje de la teoría de la información”. Los estrategas quieren unificar a los cristianos a través de la creencia compartida en la “simple” creación, buscando “triunfar sobre el naturalismo y sus consecuencias”.
Las artimañas políticas que mueven los criterios del diseño inteligente son lo suficientemente pujantes como para arrinconar el conocimiento científico. El gran promotor de este diseño es el Instituto Discovery, un grupo de presión constituido por cristianos conservadores, con base en Seattle, que cuenta con un presupuesto anual de cuatro millones de dólares para persuadir a la opinión pública, a los gestores de la educación y a los representantes políticos. Así, el apoyo del presidente del país, George W. Bush, es un hecho público. Algunos de sus mensajes parecen sacados de esta última escuela creacionista. Mientras tanto, el Vaticano no ha respondido a los cantos de sirena del Instituto Discovery, aunque el cardenal de Viena, Christoph Schönborn, ya ha defendido la tesis del diseño inteligente en las páginas del periódico The New York Times.
El movimiento del diseño inteligente habla de “naturalismo ateístico” cuando se refiere a la investigación empírica. Sus integrantes antes que interpretar el mundo, interpretan el Génesis. Lo que hacen es introducir en la ecuación científica siempre la intervención de Dios. Una fórmula con la que esperan obtener resultados satisfactorios en la América profunda.
Nuestra vida no sería lo mismo sin las aportaciones de Copérnico, Galileo, Newton o Darwin, todos ellos hombres que hicieron de la observación, no de la contemplación, el método científico. Albert Einstein se preguntó en cierta ocasión: “¿Qué posibilidades de elección tuvo Dios al construir el universo?” Una de sus tantas inquietudes, la cual hizo avanzar su pensamiento hasta la teoría de la relatividad o la mecánica cuántica, imprescindibles para el mundo que hoy conocemos. Un mundo en el que a Dios le quedan confinadas las áreas que la ciencia no comprende, en el caso de aquel que se agarre a la fe ante el misterio de lo desconocido, nunca de lo conocido.

Periodista
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