Opinión

La mercancía: salud


Igualita a cualquier otra mercancía, sí señor. Es más, existe la democracia y la farmacocracia. Esta última manda en varios países. Deja a millones de personas sin futuro. Impone su ley en el Cafta. Del mismo modo que las petroleras dificultan la investigación en energías renovables, los de la industria farmacéutica hacen imposible la salud para todos.
Brasil es modelo en la lucha por medicamentos más baratos. Lula desafió la presión del sector farmacéutico al suspender la patente de un laboratorio sobre un medicamento anti Sida. La inversión en su fabricación era de 85 millones de dólares, y se redujo a la mitad. Es una alternativa a la farmacocracia impuesta en numerosos países. Adelante del petróleo y del armamento, las farmacéuticas forman un grupo de presión mayor. Estados Unidos amenaza con sanciones comerciales a aquellas naciones que produzcan genéricos. Fomentar esos medicamentos supondría un ahorro de 8 mil millones y reduciría el ritmo de crecimiento anual de 10% del gasto de prescripción médica. Pero las farmacéuticas juegan con el poder político. En 2004 se gastaron en Estados Unidos 125 millones para influir en el gobierno. Tanto Bush como John Kerry recibieron millones para sus campañas electorales.
Junto a las empresas petroleras, las farmacéuticas son las que generan mayor desconfianza. Diversos escándalos han contribuido con su mala imagen. Desde un fraude millonario por inflar el costo de los medicamentos subvencionados por el gobierno estadounidense, cuando la ley los obliga a ofrecer a la administración el mejor precio, hasta las acusaciones de soborno a los profesionales para que receten sus drogas. Un médico puede prescribir antibióticos por razones económicas a un paciente con catarro. Una práctica nada saludable, porque corre el riesgo de crear resistencia al medicamento en caso de verdadera necesidad.
Pero es en la lucha contra el Sida donde las consecuencias son más trágicas. La salud se convierte en mercado. Las investigaciones se realizan sólo si son rentables. No se fabrican los medicamentos adecuados para los niños enfermos por el virus. Los jarabes u otros fármacos para niños no se piensan para países donde no existen medios para conservarlos. Los precios son más altos que los que son para los adultos.
A pesar de los logros, parte de los infectados en los países proletarios no tiene acceso a los tratamientos. Sólo los de primera generación se han abaratado. No es una solución duradera, porque los que toman estos medicamentos se harán resistentes a ellos con el tiempo.
El plan de la ONU es combatir las enfermedades. Propósito factible, porque existen los medicamentos. Pero el objetivo de frenar su expansión y hacer los tratamientos más accesibles necesita de una gestión responsable. Se requiere un compromiso global entre farmacéuticas, gobiernos, profesionales y pacientes. Las empresas piden precios altos para sufragar la investigación. Los costos son elevados, pero no es cuestión de dinero, sino de justicia, como se aprecia en África, donde sólo un 10% tiene acceso a los medicamentos contra el Sida. Según la OMS, seis millones de personas con ese mal morirán en el plazo de dos años por no recibir tratamiento. Barbaridades del sistema neoliberal, ¿no cree?

Vicerrector UCC