Opinión

Evo y el fruto prohibido


Edwin Sánchez

La derecha es del cielo, o mejor dicho, de los rascacielos. Ya lo sabemos. La izquierda es mala y va al infierno. Por supuesto, nadie de la derecha quiere condenarse, pero en la izquierda hay quienes buscan la salvación de sus almas. ¿Hay espacios para la izquierda arrepentida?
Nadie habla de una derecha licenciosa, o una derecha amadora del bienestar de todos. A lo más que llega es a “centro derecha”, una suerte de “derecha semidivina”. Luego, la derecha es más fundamentalista, en tanto su razón de ser es el sacro mercado como piedra angular de su fe.
En cambio, en estos postreros tiempos hemos visto izquierdas penitentes hasta terminar pagando las indulgencias debidas para salir lo más pronto posible del purgatorio: “El mejor presidente de Chile ha sido Ricardo Lagos y no Salvador Allende”. La derecha está en la obligación de iniciar cuanto antes la beatificación de Bachelet.
Hay izquierdistas que quisieran comulgar ante los cardenales latinoamericanos de la derecha como Mario Vargas Llosa o Carlos Alberto Montaner. Pero todavía no se sabe de casos donde un derechista llegue a ser tan mundano que intente hacer lo mismo para agradar al mefistofélico de Hugo Chávez.
Esto puede empujarnos a pensar que hay una seria crisis de identidad entre los que son poseídos por los demonios de la izquierda, de tal manera que algunos apuntan a utilizar precisamente los rituales que tanto critican: echarle más agua bendita neoliberal al producto y venderlo bien, eliminando cachos y tridentes.
Lo que olvidan estos ángeles caídos en proceso de rehabilitación, es que el famoso Estado de Derecho, las libertades públicas, la libertad de prensa, el respeto de la propiedad privada y la gran conquista de Lutero, el libre examen, no deben ser vistos como mandamientos que esa derecha inmaculada recibió directamente en el Sinaí, aunque haya sido su más idónea defensora: digamos, las espadas flamígeras que enfrentaron al “comunismo internacional”, como Stroessner, Somoza o Trujillo y últimamente Fox, sobre todo Fox… como diría Carlos Martínez Rivas.
Desde este ángulo, la satánica izquierda tampoco puede atribuirse que el mero hecho de asumir estos paradigmas de la democracia, se esté volviendo santa, eclesiástica o peor, tratando de hacerse “bendita” a través del milagro de la conversión. La democracia no es un invento decimonónico o un regalo de los dioses. Tampoco es un legado del FMI o una hermosa jaculatoria de ese gran santo monetarista de Milton Friedman.
La invasión mediática --para completar todo este cuadro--, sin embargo, nos forja estas bellas convicciones: asociar la libertad con el rostro de W. Bush, un ex alto ejecutivo petrolero, ahora convertido en apóstol del efecto invernadero, o que don Paul Trivelli cada día que encuentre un micrófono y una cámara disponible, nos deleite con sus cátedras de filigrana diplomática, sin necesidad de que vayamos a cursar en la UAM la carrera de Relaciones Internacionales.
Las lumbreras ideológicas no nos miman tanto como nuestro invernadero mediático: si Bolivia masivamente decide que Evo Morales llegue al poder, para el escritor Mario Vargas Llosa eso es apostar al suicidio colectivo. Algo así como la resurrección del reverendo Jones en la Guyana. Los teólogos “liberales” no ven ninguna inteligencia en la muchedumbre, siempre tentada a danzar alrededor del último ídolo de la izquierda. Si está respalda a los partidos caducos, entonces “sus decisiones son la voz de Dios”, “el pueblo de nuevo refrendó la democracia”…
A Carlos Alberto Montaner no le agradan las decisiones mayoritarias, sobre todo cuando no respaldan a las “iluminadas” minorías. Sólo un hombre tan sensible y fino como él podría pintar este fresco digno de exhibirse en la Capilla Sixtina: “En 1959 millones de cubanos repetían un pareado singularmente obsceno: ‘si Fidel es comunista/que me pongan en la lista’. No pensaban, no discernían por cuenta propia: habían delegado en Castro la facultad de razonar y elegir los caminos a seguir”. Miguel Ángel no pudo haber creado una obra mejor.
Yo noto en ambos personajes, y no sé si ustedes, un gran y sentido aprecio al hombre y mujer de la calle, a su capacidad de elegir por sí mismos, un respeto que nos invita a la meditación. Si los indios apoyan a un banquero, a un “notable”, “de familia distinguida”, las elites en un alarde de desprendimiento los elevan a la categoría de humano. Antes, la Iglesia les exigía una sonrisa para ver si pasaban la prueba. Ahora los “demócratas” sólo el voto para su ungido. Caso contrario, no serán más que masas obscenas, chusmas, y por eso, si antes se defendió la democracia occidental y cristiana del comunismo, cómo la vamos a perder en manos de la indiada.
La dirigencia de nuestra inmarcesible derecha en Nicaragua no se ha quedado atrás. Las “fuerzas democráticas” han hecho escuela desde los comienzos de la república, y por eso son las más idóneas para preservar el mejor y más seguro camino que le conviene a nuestro país:
En la Constitución de 1858, nos dice el heresiarca de la historia Rafael Casanova en su libro “Las trampas del poder”, el artículo 8 consigna: “Son ciudadanos: los nicaragüenses mayores de 21 años o de 18 que tengan algún grado científico o sean padre de familia, siendo de buena conducta y teniendo una propiedad que no baje de cien pesos, o una industria o profesión que al año produzca lo equivalente”. Y puede ser Presidente quien cuente con un capital en bienes y raíces al menos de 4 mil pesos.
Montaner ya nos advierte a lo que conduce la falta de discernimiento: los pueblos son “corderos” guiados por caudillos, llevados “por su sabia intuición… El caudillo les dará la felicidad eterna. A cambio, les confisca para siempre el alma y el cerebro”.
Casanova nos recuerda, por su parte, lo que hacían los padres de la democracia nicaragüense, exégetas de la voluntad de la Providencia: “La elección indirecta del Ejecutivo permitía a los candidatos triunfar sobre una base ínfima de votos a su favor. Pedro J. Chamorro fue electo Presidente con 551 votos, y Joaquín Zavala con 672. Levy señala que en 1871, de una población aproximada de 230 mil habitantes, únicamente 640 personas (0.27%) participaban como electores del proceso político”.
¡El 99.73 % de los nicaragüenses inhibido! Ah, el mundo era tan correcto entonces: había progreso, orden y justicia, nada parecido a estos días revoltosos, cuando los pueblos ya no piden que no los dejen caer en tentación, sino que lo desean. ¡Horror! Y mientras haya una izquierda pecaminosa, enrollada en el árbol del bien y el mal, siempre habrá ya no sólo una Eva dispuesta a saborear el fruto prohibido, sino hasta un Evo…o ¡muchos Evos…!