Opinión

Bitácora


El amor tiene la decencia del buen vivir

Primeras horas de domingo, llegamos invitados a un acto social-cultural en el barrio Acahualinca, sector del inmenso basurero; buscando la entrada al predio donde se escenificaría el convivio, porque fue eso, convivio de corazones, sonrisas y lágrimas.
Antes de localizar la ruta final a mi destino miré a la derecha sin proponérmelo, y una atmósfera sosegada, entre plomita y azul, se sostenía sobre las aguas del Xolotlán, ¿y saber que abajo hay una cloaca? en el fondo del horizonte saltaban unos ariscos rayos de sol; y el Momotombo vertical, marcial, pareciendo detener a los rayos. “Momotombo ronco y sonoro”, erguido, vestido con azul de montaña.
Yo no tenía una idea clara del programa, ya que el doctor Mario Jiménez, coordinador de Programas Sociales de la Alcaldía de Managua, me había invitado lacónicamente. Antes de entrar, extiendo la mirada a la izquierda y unos zopilotes en barrena bajan a uno de los promontorios de las cuarenta hectáreas de basura que por más de cuatro décadas se ha venido depositando ahí; y perros a lo lejos, gruñendo y mordiéndose, lo más posible, disputándose un desperdicio maloliente; esto me bajó el ánimo. ¡Un aliento!: se está gestionando la instalación de máquinas recicladoras de basura.
Pese a esto, en la mente me quedó la imagen de los niños más pobres del sector, barrigones de parásitos, desnutridos, con miradas de reproches y su estampa lánguida, taciturna, quizás sin amor ni esperanzas.
De pronto hubo sorpresa en mi espíritu, vibraciones de alegría pura, como una brizna matinal nos envolvía; los de Acahualinca adultos maduros, jóvenes y muchas niñas y niños estaban ahí con sus mejores ropitas, bien peinaditos, unos con sus caritas de ángel pobre, pero radiantes y con sonrisas esbozadas nerviosamente en las comisuras de los labios. Otras caritas de interrogación, otras como asustadas o de miedo; miedo de que sucediera algo bueno, es que el que casi nunca ha tenido nada, si presiente algo nuevo y bueno se asusta.
El techo era alto, levantado en un predio abierto, frente a una tarima larga y ancha. Había unas doscientas personas debajo del techo, y Ninoska Barrera, ágil promotora social de la Comuna, se movía con otra gente en la tarima.
Había expectación. Mientras tanto, mujeres diligentes repartían gaseosas y refrescos naturales. Hubo música, breves discursos, explicaciones, aclaraciones. Iba ha concluir el programa “Apadrine a un niño de La Chureca”. Comenzaron a llamar primero a los matrimonios, procedentes de otros lugares de Managua, que iban a ser padrinos; después llamaron a los niños, quienes iban a ser los ahijados y pasarían todo el día con sus padrinos.
Obvio, todo ha sido preparado con antelación. Estaban presentes también las madres y tutores de los niños, ellos y sus padrinos se iban a conocer por primera vez. Hubo muchos abrazos, besos y lágrimas de alegría.
Se realizaron dos programas semejantes en domingos siguientes, siendo el último en noviembre del año que acaba de finalizar. Me encontré con el doctor Mario Jiménez, que también es padrino de niños de La Chureca, le pregunté sobre los resultados, y me respondió emocionado que no había nada que lamentar, más bien hay muchas anécdotas conmovedoras, que comentaremos otro día.
Los padrinos han llevado a los ahijados junto con su familia a comer en restaurantes y a pasear en los lugares turísticos, en un convivio fraterno.
Al sucederse el cambio de calendario este treinta y uno pasado, revisé mi bitácora mental, recordé y reflexioné que en torno de los pequeños detalles está el secreto de la vida, el aleteo de la esperanza y la esencia del amor, principal razón de la existencia.

Decano de la Facultad de Periodismo de la Uhispam.