Opinión

El hombre que fue Pedro Joaquín


Hay hombres que luchan un día y son buenos,
hay otros que luchan un año y son mejores,
hay quienes luchan muchos años y son muy
buenos; pero hay los que luchan toda la vida,
esos son los imprescindibles.

Bertolt Brecht

El 10 de enero de 1978 asesinaron a Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, acto que produjo indignación nacional y que fue detonante para la caída de la dictadura de 45 años del clan de los Somoza. Como bien predijera Carlos Fernando Chamorro tras la muerte de su padre “hay fechas históricas que siempre quedan grabadas en las conciencias de los pueblos de una forma irreversible. Más aún, cuando éstas marcan puntos de ruptura en su conciencia política--saltos gigantescos- -en la lucha por su liberación”. Y es que la muerte de Pedro Joaquín fue como un fósforo que encendió gasolina regada (eso constituían todos los latrocinios de la dictadura). Fue un ¡basta ya! a tanta represión y crueldad que se escuchó al fin en los cuatro puntos cardinales; era la voz de todo un pueblo gritando al unísono.
Transcurridos 28 años del asesinato del periodista Pedro Joaquín Chamorro Cardenal no puedo decir cómo era él, pues no le conocí, sino a través de las personas que lo conocieron y de la lectura de sus editoriales y sus libros. Los años transcurren, pero existen personajes casi míticos que perduran para siempre. El paso del tiempo no atenúa su presencia en el universo de animadas letras que nos lega, que constituyen parte de la historia de Nicaragua y que aún hoy tienen vigencia. Sus escritos son un río de tinta que cambia de cauce y de rumbo, pero que llega finalmente a un mismo punto: describir la vida del nicaragüense.
No puede reducirse la labor de Pedro Joaquín a la dimensión de periodista o de escritor, pues ante todo fue un humanista que buscó transformar la realidad que le tocó vivir; era de esos raros hombres que a pesar de pertenecer a una familia de la oligarquía luchan contra ella. Muestra de ello es su famosa participación en la expedición de Olama y Mollejones, en 1959, la integración de la Unión Democrática de Liberación Nacional (UDEL), movimientos coyunturales que fracasaron, pero que fueron un aporte para derribar a una bestia que agonizó finalmente un 19 de julio de 1979.
Al denunciar el negocio de Plasmaféresis (empresa encargada en traficar con sangre humana) en su Diario Político dice que de Somoza se dirá no sólo que derramó la sangre de su pueblo, sino que la vendió al extranjero. Éstas y otras denuncias contra el régimen opresor lo convirtieron en el enfant terrible de la dictadura de los Somoza.
Era un tenaz defensor de los derechos humanos--sobre todo de los más pobres-- y de la libertad de prensa. Aunque está claro que no hay verdades absolutas, la historia misma, aunque esté escrita por quienes la vivieron o por los historiadores, siempre estará sujeta a ideologías. Hay cosas que nunca se sabrán con exactitud, por ejemplo se decía que Pedro Joaquín era socialista y se uniría al FSLN. Pero aunque existen indicios, como lo podemos ver en el Diario Político de Pedro Joaquín, publicado tras su muerte por dos de sus hijos: Claudia y Carlos Fernando, donde se reproduce la dedicatoria que Pedro Joaquín envió en noviembre de 1977 en su libro “El enigma de las alemanas” al escritor Sergio Ramírez, donde decía “Un abrazo del hombre nº 13”, en una clara alusión a una “integración” de carácter ideológica o pragmática al Grupo de los 12, que era un grupo sandinista.
Él se ha convertido en el más grande ícono del periodismo nacional, un espejo en el que muchos nos quisiéramos ver reflejados. Fue un rival noble en sus luchas cívicas, jamás pensó en el uso de la fuerza para la solución de los problemas. Su trinchera en el combate diario fue la verdad, la máquina de escribir fue su arma para contrarrestar los certeros golpes del dictador. En 1977 fue galardonado con el premio María Moors Cabot, otorgado por la Escuela de Periodismo de la prestigiosa Universidad de Columbia, donde lo llamaron un hombre consistente. El doctor Guillermo Rothschuh Villanueva lo llama intransigente. Yo diría que fue un hombre congruente con lo que profesaba y en sus actuaciones.
Algunos especialistas en el tema de la muerte han dicho que la vida del hombre es un drama por estar sometida a ciertas leyes ineludibles de la naturaleza humana. Una de esas leyes es la muerte; ese evento fatal por ignorarse su arribo. Aunque la vida de todos los nicaragüenses se encontraba en peligro, Pedro Joaquín era de los pocos que sabía que el asesinato era su fin, pero jamás se imaginó una muerte tan cobarde.
Le podría yo decir a Pedro Joaquín lo que el escritor mexicano Octavio Paz escribió a Jorge Luis Borges tras su muerte: “Desde que nacemos, esperamos siempre la muerte, y siempre la muerte nos sorprende. Ella, la esperada, es siempre la inesperada”. Pedro Joaquín el padre, el amigo, el periodista, el escritor, el nicaragüense era como una piedra, a la que por fin hicieron polvo. Pero algún día cuando esta patria despierte de su letargo; sobre esa piedra que el odio volvió polvo se construirá una nación. Sí, Nicaragua volverá a ser República.
Estudiante de Comunicación Social. UCA
ylunagarcia@gmail.com