Opinión

Lisímaco, nicaragüegüence


En nuestro país no hay personaje popular –o ciudadano normal—, que hubiese atraído la atención pública de forma sostenida durante medio siglo como lo hizo Lisímaco Chávez. Además, tuvo, aún tiene, una legión de seguidores que ningún político profesional puede estar seguro de que le quisieran imitar y servir, sin estar en su nómina de pago, como los tiene Lisímaco. Pero quien, entre sus seguidores, hubiese intentado asimilar su vida al carácter, la naturaleza y al modo de vivirla de Lisímaco Chávez, ya sería hombre fracasado. Y es seguro que fracasará quien lo intentare en el futuro. Lisímaco era único.
Como ni siquiera creo en lo que él creía, mucho menos que alguna vez hubiera intentado practicar lo que él practicaba, me siento fuera de concurso. Me salvo de haber sido o de ser un fracasado más. Asimilarse a Lisímaco no fue milagro que lo pudiera haber producido la simple vecindad que tuvimos a lo largo de treinta y dos años. En cambio, podría considerar un milagro –aunque no de los que cuelgan en la selva de milagros de Santo Domingo—, el hecho de que la diversidad de caracteres no llegara a producir una confrontación, de esas tan fáciles de ver por la sola razón de ser humanamente distintos. No fuimos amigos en el sentido que se acostumbra dar al concepto de la amistad, aunque no todos lo tengan presente ni lo cumplan, sino amigables vecinos.
Fue respeto mutuo de vecinos, que durante más de tres decenios se manifestó en breves visitas por motivo de duelos familiares y de saludos ocasionales en la calle; respeto nunca alterado ni por un ligero inconveniente de orden político causado por terceros. Tampoco nada tuvo que ver su pasión y su práctica de la “tradición”, como se le llama a las expresiones folklóricas, las cuales fueron la razón de su vida, y nunca ni siquiera motivo de atracción en la mía.
Lisímaco, era la tradición, y es seguro que si no hubiera encontrado ninguna al venir al mundo, él la hubiese inventado. Lo que llamaron el “robo” de Santo Domingo cuando Lisímaco sustrajo de su iglesia su imagen en 1961, sólo fue un acto de rebeldía frente al poder jerárquico y clasista de la Iglesia Católica, que pretendió hacer lo imposible: convertir la tradición popular en actos de fe selectivos y limitados a las naves de un templo. La jerarquía quiso verlo como un acto punible y lo confirmó con una ex comunión, la cual a Lisímaco no le produjo ninguna conmoción espiritual, pues en su espíritu era más fuerte el sincretismo religioso-pagano.
El acto represivo de la jerarquía católica, más bien coincidió con un hecho de suerte, pues, posterior a la ex comunión, Lisímaco fue favorecido dos veces con el premio mayor de la Lotería. Esto le convenció aún más de que tenía la razón, y había sido un milagro de Santo Domingo por su rescate de la tradición de “bajar” su imagen a Managua cada primero de agosto para devolverlo diez días después a la iglesia de “Las sierritas”.
Lisímaco acostumbraba saludar desde largo, con esa su vozarrón de parlante, con la cual parecía no haber podido decir nunca algún secreto. Por que todo en él era abierto, espontáneo, franco y actuaba con una libertad individual sólo sujetada por la “tradición”. Una de las últimas veces que encontré a Lisímaco “sombreando” por las tardes en la esquina “arriba” de su casa --en su acostumbrado “short”, y con la barriga y el torso desnudos--,me gritó casi a media cuadra de distancia, diciéndome que yo “vivía” escribiendo “en los periódicos”, pero nunca había escrito nada sobre su persona.
Era un reclamo por algo que él consideraba una falla: no haberle cumplido con una mención en mis artículos, a lo cual él sentía tener derecho. De momento, salido de la sorpresa, pensé que se trataba de una simple broma suya, pero no lo era. Había olvidado que en nuestro ambiente capitalino, lleno de costumbres rurales, nadie, como Lisímaco, había tomado más en serio la tarea de hacer de la vida una broma para vivirla a su gusto.
Es que Lisímaco, quien fue uno de los personajes más buscados para ser entrevistado por los diversos medios de comunicación, tanto o más que muchos políticos, no encontraba razonable el hecho de que su vecino, quien “vivía escribiendo”, no escribiera nada sobre sus actos que, en su vida, fueron tantos y todos marcados con los más variados matices humanos. Lisímaco fue un hombre irreverente con los límites sociales. Se vinculó con todo el mundo, más con quienes tuvieran que ver y colaborar en algo con las festividades patronales de Santo Domingo.
Durante su actividad de folklorista, los políticos creyeron haberlo utilizado, siendo ellos quienes terminaron haciendo lo que Lisímaco quería, incluso el ridículo, cuando les imponía su ritmo y estilo de comportamiento en las procesiones de Santo Domingo. Los hacía bailar y moverse en torno al santo, sin la naturalidad con que él podía hacerlo.
Desde su comportamiento güegüence, Lisímaco fue un consumado político, sin haber tomado en serio esa su condición como fingen hacerlo los políticos, lo cual demostró cuando fue capaz de jugar con el santo, pero nunca con la limosna; contrario a lo que hacen los políticos profesionales, quienes juegan con el santo y con la limosna desde sus posiciones cumbres en el poder. Quizás por eso, en sus últimos días y actividades, la mayoría de los políticos ya había desistido de intentar seguirlo utilizando, y quedó vinculado sólo a los alcaldes sandinistas de Managua.
Lisímaco ejercía autoridad entre muchos de los habitantes del barrio San Judas, porque también era para muchos como un “alcaldito” sin nombramiento oficial. No sólo les ayudaba personalmente, sino también como su gestor en asuntos burocráticos municipales, aprovechando su amistad con los políticos de turno en la Alcaldía de Managua.
Según promesa pública hecha por sus herederos, no me podré liberar de las desveladas involuntarias los 31 de julio de cada año, porque ellos continuarán con la tradición de“velar el barco” hasta el amanecer del primero de agosto. A diferencia de unos “evangélicos” vecinos, que casi a diario hacen su “agosto” atormentando al vecindario con sus alaridos histéricos en las “vigilias” de doce horas seguidas, los festejos de Lisímaco tenían límite a cierta hora de la noche, cuando el “barco” partía hacia “El Gancho de Camino”.
Fue en la noche y la madrugada de su vela –el viernes recién pasado—, cuando a Lisímaco le hicieron un compendio de todos los alborotos de las noches del 31 de julio de varios años, con los “chicheros” en vivo tocando los muy nicas sones de toros, con grabaciones de sones de toros españoles –por éstos llamados “Pasos dobles”—, con Javier Solís cantando y cantándole post morten boleros rancheros (“serían tantos mis celos, que en el mismo cielo me vuelvo a morir”), seguramente los preferidos de Lisímaco, más la cohetería, las bombas y los morteros sonando día y noche con sólo breves intermitencias, mientras la música se escuchó sin cesar, desde la mañana que expiró, hasta la hora de su entierro, más de treinta y cuatro horas continuas.
Fue una despedida a la medida exacta del espíritu festivo, ruidoso y placentero que signaron la vida de Lisímaco Chávez. Creo haber cumplido tu reclamo, Lisímaco.