Opinión

El clientelismo político


Pareciera que Nicaragua vive dentro de un círculo vicioso, en el que todos los elementos se van repitiendo con cierta regularidad y en el mismo sentido. La lista de acontecimientos que comprueba la continuidad de sus problemas es larga, sin embargo se pueden establecer algunas tendencias que relacionándolas entre sí podemos indagar las causas permanentes de nuestras desgracias, entre ellas tenemos: La falta de instituciones sólidas, debido a que no hemos podido separar el gobierno de la administración pública; la vulnerabilidad económica, como producto de un sistema productivo de materias primas orientado al mercado exterior y articulado por comerciantes con mentalidad rentista, y colateralmente, el aumento de la pobreza y la marginalidad; el escaso desarrollo de la sociedad civil y la poca madurez cívica de la ciudadanía; la falta de representatividad de los partidos políticos; la desarticulación territorial; y por último, y no por ello menos importante, el constante intervencionismo de los Estados Unidos, al ver amenazados sus intereses en la región centroamericana.
Estas causas han hecho que no existan las condiciones sociales, políticas y culturales que demanda la construcción de un orden social y político estable. Pero, además coadyuva a estos problemas y los redimensiona el hecho que los dirigentes políticos estén anclados en una mentalidad parasitaria y prebendaria (ya que ellos, su familia y amigos viven del presupuesto del Estado), lo que en la práctica produce un tipo de relaciones sociales y políticas de carácter servil y patrimonial. Este sistema de relaciones consolida el fenómeno del clientelismo, que a pesar de tener su origen en las haciendas y de ser un sello distintivo de las prácticas sociales y políticas de la oligarquía, a los sectores urbanos e incluye a funcionarios, administrativos, y un largo etc, quienes eran incorporados al sistema de relaciones clientelares a través de la adhesión del empleado a las directivas del partido del poder y en su adaptación, como valores propios, de los modelos de vida y de comportamiento que ofrecía el sistema político.
Este fenómeno se transformará en una característica esencial de la cultura política y que, como tal, atravesará toda la historia política de Nicaragua a partir de expresiones más elaboradas como el caudillismo y los liderazgos populistas dados a finales del siglo XX. Así, el clientelismo se convierte en un modo de vinculación política sobre la base de transacciones asimétricas, donde el primero controla importantes recursos de poder y garantiza, como un “guardián”, el acceso a ellos de su clientela a cambio de lealtad y apoyo político; pero, así mismo, es un mecanismo de intercambio comunitario y de integración social.
En otras palabras, el prestigio y el poder dependen aquí del dar, del distribuir y la principal tarea del dirigente político es el asistencialismo. De allí la poca vocación hacia el trabajo, la búsqueda de la riqueza fácil, la no existencia de una ética productivista y la hipertrofia del consumismo que caracterizan a este modelo rentista nicaragüense.
El sistema político en particular y el sistema social en general se encargan de reforzar estas prácticas, pues ven en ellas sus bases de sustentación. Así, podremos observar que a lo largo de la historia el clientelismo no obedecerá meramente a cuestiones de estrategia política, o a razones programáticas, doctrinarias o ideológicas sino que guardan relación con aspectos de carácter utilitarista relacionados con el asistencialismo estatal o partidista.
Al no poder desarrollarse en la práctica el principio de relaciones y prácticas sociales horizontales e igualitarias, entre las personas, sus organizaciones y el Estado liberal --con sus distintas formas de organizar el poder-- se han limitado también los espacios para el surgimiento y expansión de la sociedad civil, y con ello la realización de una verdadera y efectiva democratización de la sociedad. Esto ha conllevado a una permanente precariedad organizativa, en la ausencia de actores autónomos de la coerción de las grupos, ideología e intereses dominantes, en la carencia de una tradición de participación y de lucha entorno a los intereses y derechos; y finalmente que las personas se encuentren expuestas en forma desigual, y muchas veces indefensa frente a la acción del Estado.
Aunque en la década del noventa, por influencia de los organismos internacionales se han aprobado Decretos (Núm. 4-90 y 44-94) y leyes (Carrera Civil y Administrativa, Municipal y de Participación Ciudadana, entre otras) que apuntan a reformar y modernizar el Estado, el Sector Público y de los municipios, éstos no ha rendido los frutos esperados, esencialmente porque la clase política o no reglamenta las leyes o no las publica, ya que espera de manera paciente la conquista del gobierno para hacerse con un buen botín durante cinco años.
Por tal razón considero que un programa de gobierno serio debe de llevar una agenda legislativa (iniciativas de ley) que contemple con toda claridad la reducción de las potestades discrecionales del poder y la sistemática rendición de cuenta de los funcionarios a la ciudadanía. Esto sin duda implicaría un cambio sustancial en la política nicaragüense, y un paso adelante para salir del círculo vicioso en que nos encontremos.

Karlos@nusal.es