Opinión

Frente a la pobreza en la escuela


IDEUCA
La pobreza atraviesa muchos espacios de nuestra realidad social. No es necesario insistir en datos y estadísticas cuando la vida cotidiana de muchos nicaragüenses dedica grandes esfuerzos desafiando a la sobrevivencia.
La pobreza es una realidad con múltiples causas conocidas y múltiples efectos, también conocidos.
En esta ocasión quisiera reflexionar sobre cómo se enfrenta la pobreza cuando ésta atraviesa la escuela.
En el espacio concreto de cada escuela se establecen vínculos sociales que pueden ser tanto posibilitadores de mejores condiciones de vida como productores de carencias y por tanto limitaciones. Aunque de ordinario la balanza se inclina por las primeras, conviene no dar entrada alguna a las segundas.
En muchas de nuestras escuelas saltan a la vista demandas que exceden el cumplimiento de sus funciones específicas más concentradas en generar saberes relevantes para la vida, pero sin descuidar aspectos derivados de la pobreza como son los componentes compensatorios muy relacionados con la alimentación (el vaso de leche, la galleta nutritiva, etc.) y con la vestimenta (uniformes, mochilas escolares, etc.).
Si bien, la escuela no puede quedar indiferente a situaciones propias de la presencia de la pobreza mediante políticas compensatorias, debe mantenerse alerta de caer en la satisfacción puntual de carencias materiales, pero perdiendo de vista la complejidad y profundidad del fenómeno de la pobreza y las consecuencias negativas que pueden tener en los fines de la educación cuando la pobreza se enfrenta en forma demasiado unilateral.
La forma usual de actuar, en dar respuesta a necesidades puntuales y básicas, está ya muy arraigada en nuestro medio. Muchos proyectos están destinados a satisfacer necesidades vinculadas a la alimentación, vestimenta e incluso a ciertas modalidades de ayuda económica. Estos proyectos surgen como respuestas a las demandas de las propias comunidades en el contexto de políticas establecidas para garantizar el acceso y permanencia de muchos niños y niñas en las escuelas que atienden poblaciones pobres. Son parte de la gestión de la escuela y en ellos participan los docentes y la propia comunidad.
Las experiencias desarrolladas y generalizadas en este contexto nos conducen a reflexionar sobre dos aspectos: Por un lado, la concepción de pobreza que subyace en las políticas compensatorias y por otro, la vinculación escuela-comunidad.
Respecto al primer punto podemos señalar que estas políticas se sustentan en una visión de la pobreza vinculada de manera particular a las carencias materiales colindantes con la acción social, con el riesgo de reforzar una forma de dependencia física y psíquica de quien recibe al quedar siempre a disposición de la discrecionalidad de quien da. De este modo la escuela que debería también preparar y potenciar a los estudiantes, docentes y la propia comunidad hacia acciones de promoción e inserción social, puede estar profundizando identidades “dependientes” y “demandantes” próximas a consolidar la “cultura de la pobreza” que instala al pobre en una condición naturalizada, impidiéndole escapar de la misma.
En cuanto a las modalidades que asume la participación comunitaria, de ordinario las versiones usuales de los programas compensatorios no enfatizan la reivindicación de los saberes populares y su potenciación en la acción cooperativa escuela-comunidad.
Estos programas parecieran no capitalizar suficientemente los conocimientos de las propias comunidades dado que, en su mayoría, su participación se concentra en actividades de extensión escolar, la cual, en un altísimo porcentaje, está a cargo de las madres, restando fuerza al trabajo en proyectos que involucran a la escuela con familias, movimientos asociativos, gestiones comunales, etc.
En determinadas situaciones, la escuela debería aprovechar las experiencias y formas de iniciativas y de conocimientos utilizadas por los pobres para sobrevivir su desempleo, puesto que tales acciones incorporados a los contextos escolares podrían ser de mucha utilidad para crear desde la escuela iniciativas productivas, huertos escolares, etc.
La escuela atravesada por la pobreza tiene poco a poco que aprender a trascender la dependencia mecánica de los programas compensatorios para incursionar en iniciativas que la vinculen a comunidades productivas.
En todo caso diseñar la ruta para que la escuela desarrolle sus funciones esenciales es fácil; lo complicado es hacer su recorrido, sobre todo, cuando en él se interponen obstáculos como la pobreza. La pobreza que atraviesa la escuela seguirá demandando políticas compensatorias, pese a que la escuela está organizada para otros fines propios del proceso educativo de cada persona y del propio país.