Opinión

Yo también fui niño


Todos los adultos de este mundo tienen algo en común al margen de su nacionalidad, su condición social, su etnia, sus costumbres y sus creencias. Todos vieron el mundo a través de la irrepetible inocencia del niño. Incluso los peores criminales y asesinos.
Francisco de Vitoria decía que los niños no son a causa de sus padres, sino un fin en sí mismos. Como tales, es preciso sacarlos del olvido en el que están y garantizarles sus derechos. Sólo así podrán desarrollar sus capacidades intelectuales y emocionales para después convertirse en adultos responsables.
Una tercera parte de la población mundial es menor de 18 años y una décima parte es menor de cinco años. Es decir, 620 millones de niños. Cifras que dicen poco si no tomamos en cuenta las condiciones en las que vive una gran parte y la incertidumbre que les depara un futuro cada vez más incierto.
En algunas regiones de África, el 20% de los niños muere antes de cumplir 5 años a causa del hambre o de enfermedades causadas por ella. Para aquellos que sobreviven, la malnutrición ha atrofiado su cerebro, ha mermado su desarrollo intelectual o ha provocado enfermedades crónicas que los dejan ante un futuro poco prometedor.
Se habla de alcanzar unos Objetivos del Milenio, de vacunar a todos los niños del mundo y que no mueran de enfermedades que se pueden tratar y evitar; de que todos alcancen el nivel de escolarización mínimo para poder enfrentar un mundo cada vez más complejo. Se declaran los Derechos del Niño, pero algunos países siguen sin ratificarlos porque eso mermaría sus ejércitos y los dejaría sin su principal carne de cañón. Las maquiladoras no podrían producir la ropa de la que tantas personas dependen actualmente. Desaparecerían las mafias que trafican con niños-esclavos, que los prostituyen y que mueven millones de dólares que ayudan al modelo financiero de especulación.
Los esfuerzos destinados a mejorar la vida de los menores no deben quedarse en la supervivencia: vacunas, medicinas y alimentos. Para garantizarles un futuro más digno se necesita mejorar las condiciones de vida en sus comunidades para que no se vean forzados a dejar la escuela primaria y a trabajar para que su familia pueda salir adelante. Si el éxodo de maestros en África hacia países occidentales es un problema, ¿por qué no mejorarles sus salarios? Muchos no pueden comprar los libros elementales para su formación.
Se trata a “la infancia” como un concepto, como una abstracción. La educación infantil protagoniza campañas políticas, pero luego se olvida. Se dice fácil educar a nuestros niños pero si no les damos de desayunar, ¿cómo podrán aprender? Los índices tan bajos de analfabetismo en Latinoamérica esconden un alto índice de analfabetismo funcional. Es decir, muchos niños y adultos leen las palabras, pero no entienden lo que están leyendo.
Si nos desagrada nuestro mundo depredado por un consumismo feroz e inhumano, por guerras, por hambrunas y por abusos, ¿por qué no cuidar la semilla que se convierte en hombre? Los planes que tengamos de futuro los tenemos que implementar a través de los menores. Lavarles el cerebro y darles un rifle es crear un mundo de guerra y destrucción. Es precisamente lo que hacen Colombia, Uganda, el Congo, Sierra Leona, o países tan “desarrollados” como EU y el Reino Unido, que aceptan menores entre sus filas y les instruyen. Algo está mal cuando hay un sanitario por diez soldados en el mundo.
Lo que no le demos a nuestros niños hoy no lo tendrán más adelante, se habrá perdido para siempre. Se trata de ofrecerles oportunidades para que alcancen la plenitud y no se queden en situaciones marginales que los orillen a la esclavitud, a la prostitución, al crimen, a la guerra y al hambre. Se trata también de darles cariño en un ambiente que albergue mayores esperanzas y menos rapiña, en donde la violencia no sea normal.
En los ojos de cada adulto que miramos podemos adivinar el niño que fue dueño de esos ojos. Ahora miremos los ojos de los niños que nos piden crear las condiciones para llevar este mundo a mejor puerto.
Periodista
cmiguelez@solidarios.org.es