Opinión

A la vuelta


De verdad, no tenía en ese momento. Ni una moneda ni una galleta, nada. Pero ellos se apostaron a la ventanilla pidiendo un peso, eran tres chavalos en unos semáforos de Carretera a Masaya. Miraban arriba, adentro, a todos lados, mientras yo, sin quererlo, aumentaba la ansiedad de ellos, angustiado y buscando por todos lados algo que poder darles a cambio. Pero no había. Les hice un gesto con la mano diciéndoles que no tenía nada, que me disculparan. Pero ellos insistían e insistían, pues cuantas más disculpas yo les pedía, más creían que era mentira. “Un peso, un peso”…El semáforo ya había cambiado de color y en eso, uno de ellos, viendo la situación y mi apuro, me dijo: “entonces, chele, ¿a la vuelta?”
Me dejó al inicio sin respuesta. Siempre me deja sin respuesta esa pregunta. No iba a volver por ahí en un buen rato. Ellos probablemente ya no estarían. Y, sin embargo, parecían tan sólo estar pidiendo que les dejara la expresión de “a la vuelta” como la promesa de una esperanza, como si fuera una señal de buena suerte. No había más que decirles eso, y se alejaban con una sonrisa. Yo sentía un compromiso de volver porque sí, porque no me hallaba si no volvía.
A uno, qué quieren que les diga, la Navidad le pone flojo el alma, y una tristeza sin tiempo aflora al ver las calles alumbradas repletas de una sombra de nada que no tiene sentido. Cuando avancé con el auto me dije que tendría que cumplir mi promesa, volver con algo que ofrecerles, realmente volver…
En estos días, estaba leyendo las memorias de Antonio Lacayo sobre los años de la Transición Nicaragüense. Independientemente de cualquier otra crítica que me despierte, me llamó la atención el largo peregrinaje de mendigos que cualquier autoridad de Nicaragua tiene que hacer por la comunidad internacional. A veces se consigue algo y otras no. Me llamó la atención también la forma despótica, tirana y de patio de colegio con la que Estados Unidos ha tratado y sigue tratando a los países de América Latina, y especialmente a los que considera su patio de atrás, imponiendo deberes y tareas que ni ellos mismos serían capaces de cumplir, actitud que además se traduce en el estilo y forma de negociación o imposición. El Cafta y muchos otros compromisos adquiridos vienen negociados tras una larga contienda en la que se han terminado dando concesiones para facilitar así lo que Estados Unidos quería, un gran mercado para sus productos. Otra vez, como tantas otras falsas esperanzas, y Nicaragua esperando de Estados Unidos y de otros países que tal vez “a la vuelta” nos venga algo mejor. Nunca es todo ni más de lo que esperábamos lo que nos viene de afuera. Nunca llega, ni es bueno esperar que así sea sin la imaginación de poder salir mejor adelante con gran parte de nuestros propios recursos y nuestros propios ingenios.
Da tristeza contemplar a los buses atrapados camino a Rosita. Da tristeza contemplar al presidente Bolaños prometiendo otra vez que se reparará la ruta hacia Puerto Cabezas, para que luego las lluvias vuelvan a encontrar sus viejos caminos al río. Da tristeza oír de voz de las madres nuestras, el asedio de las ratas a los niños en las noches de las comunidades del río Coco y su hambre y sus formas de intentar sembrar una y otra vez el frijol que destrozan los roedores, como una maldición enviada. Da tristeza oír la petición constante de una a otra parte de Nicaragua, y de Nicaragua al mundo: “Un peso, un peso...” y más aún da tristeza la esperanza mendigada, ese deseo de “entonces, ¿a la vuelta?”. Nicaragua no quiere oír, se tapa los oídos cuando le van a decir un no. Entre nosotros mismos, casi nunca aprendimos a decir que no. Preferimos el “ya veremos”, o el “ahorita regreso”, o el “dele pues” o un lánguido “bueno” o la triste esperanza de “a la vuelta”. No podemos ponerle puertas a una ilusión. Nicaragua aún vive de deseos, de espera de que se confíe en su propio futuro.
De momento, las zonas francas parecen ser la apuesta principal de futuro de este gobierno que nos ha tocado y terminará dejando grandes extensiones donde mujeres y jóvenes nicaragüenses hipotecarán su tiempo y sus esperanzas por menos de cien dólares al mes, como si eso no tuviera que ver con los derechos de las personas, como si eso no estuviera en contra de todo futuro.
Y las elecciones vendrán con toda su carga de promesas, y la gente depositará su voto, para ver si “a la vuelta” eso le facilita en algo la vida que ya está siendo demasiado dura en este país que nos saca el alma a puro golpe de amor y dolor en cada esquina. Uno da besos sin pedir nada a cambio, pero en verdad, en verdad verdad, siempre espera que alguno le sea devuelto. No se puede dejar a nadie con la dureza del frío sin una caricia siquiera. Nicaragua sigue dando besos a quien viene de afuera, y no merece el frío del abandono. Merece una verdad de pan y sonrisas, de trabajo y confianza y, de una vez por todas: de nuevas ideas.
Cuando volví, mis temores se cumplieron: ya no estaban. A una mujer le pregunté si los había visto. “Ya se fueron”, se fueron, me dijo con la mano apuntando hacia muy lejos, hacia algún lugar donde nadie mira y se difumina en el aire. Le contesté que era una lástima, pues tenía unos regalos para ellos. Quedé con mis regalos contrariado, pero en seguida me saqué una sonrisa de resignación de la manga, y yo también alcé la mirada hacia la mujer y le pregunté: entonces, ¿a la vuelta? Tal vez estén aquí cuando vuelva.
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