Opinión

El descarrilamiento


El año 2005 puede pasar a la historia como el del irreparable descarrilamiento de la presidencia de George W. Bush. Los polvos que trajeron estos lodos es cierto que sólo cobran pleno sentido si los datamos a partir del 11-S de 2001, pero llegan a su madurez el año que ha concluido.
A comienzos de 2005, el presidente norteamericano inauguraba un segundo mandato que cabía interpretar como una legitimación de su agresiva política antiterrorista en Afganistán e Irak, así como también de una agenda de política interior neoliberal, antiambientalista y de mínima densidad de Estado. Hoy, sin embargo, esa ambición hecha de intervencionismo exterior y laxismo interior yace en ruinas. La secuencia de desastres es ésta.
Del 11-S se deduce la necesidad de actuar ante la provocación que se le supone a toda superpotencia y ello conduce a la intervención norteamericana de 2002 en Afganistán. Una breve guerra victoriosa permite parchear un régimen afecto, que reemplaza al vicioso reducto talibán. El verdadero mérito en retrospectiva de la guerra afgana es, sin embargo, que en Irak irá todo mucho peor.
La guerra de Irak, que comenzó en 2003 y ya llega casi a los 2.200 muertos norteamericanos, no se deriva, en cambio, del 11-S, puesto que en este país árabe no había objetivos que vincularan la acción militar con la lucha antiterrorista. El atentado fue por ello sólo el pretexto de una acción militar, cuyo fin era hacerse con el dominio directo sobre la zona. Con Israel haciendo recular al movimiento palestino en la puerta mediterránea, la pinza de Washington aspiraba al cierre de ese espacio por la puerta asiática, la que da al mundo iraní. El objeto era rehacer el mapa, poblándolo de nuevos clientes. A eso le llamaba oficialmente la Casa Blanca democratizar Oriente Medio.
Desde entonces, todo ha sido un vía crucis. Primero se conoció en 2003 el encarcelamiento de cientos de presuntos terroristas en Guantánamo, a los que se sometía a un trato vejatorio según la común moral internacional; y ya en 2004 trascendía que la tropa anglosajona se ensañaba con los presos iraquíes practicando jocosamente la tortura en Abu Ghraib. Segundo, se producía el año pasado el procesamiento de Lewis Libby, ayudante del vicepresidente Cheney, por su papel en la operación para destruir al embajador Joseph Wilson, quien negaba convincentemente que hubiera armas de destrucción masiva en Irak. Y tercero, hace sólo unas semanas, el NYT destapaba el escándalo de las escuchas a millares de ciudadanos, de ilegalidad poco dudosa, según Bush, para combatir el terrorismo. Así, el presidente congregaba contra su persona a una opinión que rechaza el sacrificio de tantas vidas en la guerra, a parte de la comunidad mundial por el trato dispensado a presos de países aliados en Guantánamo; a elementos de su propio partido, como el senador republicano McCain, que sublevó al Congreso exigiendo la erradicación por ley de la tortura y, por último, al sector liberal del partido demócrata, que, notando a la presa debilitada, se ha movilizado contra el espionaje telefónico.
Aunque sin relación directa con el atentado de Nueva York, pero chapoteando en este espeso potaje de sermón e incompetencia, hay que añadir a la lista el huracán Katrina y los nombramientos al Supremo. La furia del viento que devastó Nueva Orleans no fue obra de los neo-cons que inspiran el unilateralismo exterior de Bush, pero la conocida doctrina de que sobra Estado sí se vio cruelmente refutada por diques en mal estado que saltaban, fuerzas del orden que no llegaban, y población marginal a la que nadie socorría. En el segundo caso sí que fue Bush su propia Némesis al pretender nombrar a una amiga, Harriet Myers, al parecer menos reaccionaria de lo deseable además de licenciada en derecho por los pelos, como juez del Supremo. La derecha profunda del partido republicano humillaba entonces al presidente obligándole a dejar caer su candidata. Y ha sido así como las minorías raciales, a las que eligió de preferencia el vendaval, y el protestantismo ultra y sectario, se sumaban al coro con que se critica o lamenta el descarrilamiento de la presidencia.
El historiador de izquierda Immanuel Walerstein, que raramente renuncia a la expresión de sus deseos, ve en este encadenamiento de desgracias el principio del fin.
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