Opinión

¿Qué representan los candidatos alternativos a la Presidencia?


En la actualidad, se ha levantado una falsa esperanza de cambio en la población nicaragüense. Influida tal vez por los medios de comunicación, una parte de la ciudadanía considera que al escoger un candidato que no sea del Partido Liberal y del Frente Sandinista se estaría iniciando una transformación en la cultura y en las instituciones políticas del país. Nada más alejado de la verdad. Casi todos los candidatos “alternativos” a la presidencia (el único que se salvaría sería José Antonio Alvarado, que se enfrentó a Arnoldo Alemán en el apogeo de su mandato, y de ahí creo que radica su ventaja y fundamental diferencia con los otros candidatos) y a las diputaciones, han sido destacados militantes de los partidos que hoy dicen adversar. Y mientras estuvieron en privilegiadas posiciones institucionales (ministro, viceministro, presidente del Consejo Supremo Electoral, embajadores, etc.) guardaron silencio, fueron complacientes con la corrupción y el autoritarismo, e incluso participaron de las decisiones fundamentales que han causado agravio en la ciudadanía, y que hoy pretenden olvidar o en todo caso no recordar.
Y lo más probable sea que una vez que ganen su diputación (en una casilla diferente a los partidos tradicionales) se alineen a los dictados de los caudillos que hoy dicen adversar por pura conveniencia personal. No es necesario repasar por nombres, como tampoco sería oportuno destacar que muchos de estos dizques adversarios políticos, hoy viven fuera de sus barrios de origen (como por ejemplo el Costa Rica, San Judas o Monseñor Lezcano) porque eran allegados a los caudillos y consecuentemente participaron en actos de corrupción, en tráfico de influencia cuando ocuparon posiciones importantes dentro de los gobiernos sandinista y liberal. Es decir, que fueron cómplices, de lo que hoy dicen adversar por participación u omisión.
Lo único nuevo de estos personajes es su capacidad de aparecer ante nosotros con distintas máscaras; en diferentes movimientos o en otros partidos políticos, pero siempre con el mismo objetivo de permanecer en un puesto político.
También ya casi se ha convertido en una tradición electoral, que cuando se acercan las elecciones generales comiencen a buscar alianza los partidos que son prácticamente de familias, como por ejemplo, el Partido de Integración Centroamericana (PUCA), los diferentes grupos de Social Cristianos, Camino Cristiano, Alternativa Cristiana, el Movimiento de Unidad Revolucionaria (MUR) y otros. Y su dinámica o lógica es bien simple: apuntarse al ganador, y negociar un cargo no tan relevante, donde no exista mucha competencia, como por ejemplo el Parlamento Centroamericano, o en todo caso suplente a diputado nacional, con vista a que lo contraten de asesor de una bancada en el mismo parlamento, o en una asesoría externa para vivir cómodamente los próximos cinco años.
Una vez electos o contratados como asesores, estos personajes desaparecen del escenario político. No opinan, no figuran, no hablan, no dan declaraciones a la prensa escrita o televisiva; es decir callan. Su objetivo: mantener un perfil bajo, pasar desapercibido; y así poder, cuando se acercan las elecciones, negociar nuevamente sus siglas al mejor postor.
Los grandes partidos: Frente Sandinista y Partido Liberal conocen a profundidad que estos partidos de familias no representan en realidad un caudal de votos importantes (veamos los datos: el Frente Sandinista obtuvo en 1990 el 40 por ciento, en 96 el 37, y en el 2001, el 42. Por su parte los liberales, en 1996 el 51 por ciento, y en el 2001 el 56 por ciento. Los otros partidos en el 2001 apenas alcanzaron el 1. 41 por ciento de los votos), pero sí suman a la imagen; a la impresión pública que existen grandes alianzas, o bloques yuxtapuestos. Pero en realidad, como todos sabemos, es una ficción que sólo alimenta y alienta el parasitismo político.
Por tal razón, estoy plenamente convencido que una de las transformaciones principales y urgente (además de la consolidación de las instituciones) que necesita la sociedad nicaragüense es la modernización de los partidos políticos. Es decir, su democratización interna, lo que implica la elección de su cuerpo directivo y sus candidatos en competencia electoral, para lo cual es necesario que se realice de forma simultáneamente y obligatoria cada dos años con el apoyo y la verificación institucional del Consejo Supremo Electoral.
Además se debe obligar, por una Ley de partidos políticos, el tener representación a nivel nacional o por lo menos en 14 circunscripciones departamentales. Así mismo, estos partidos perderían su inscripción cuando éste no logre una votación para la cámara de diputados, superior al 2%. Perdería también su inscripción si no interviene en procesos electorales, sean parlamentarios o municipales. Esta medida evita la existencia de partidos efímeros, de familias y sin responsabilidad política. Es legítimo, además de atractivo postularse con una bandera anti-pacto, anti-caudillismo, anti-corrupción, pero los “nuevos líderes” no han explicado públicamente cómo desmontarán este entuerto. Y lo que es peor y aún más, decepcionante, es que si comenzamos a revisar por nombres quiénes irán en la lista ganadora para diputados en estos movimientos “alternativos” nos llevaremos la despreciable sorpresa que son aquellos mismos que han estado en el Parlamento o en el Ejecutivo por lo menos en los últimos diez años negociando, lo que hoy a gritos, de forma evidentemente electorera, pretenden deshacer.
Nuestro país, fracturado, dividido, polarizado, pobre, necesita de políticos y de partidos modernos y serios; que lleguen al Ejecutivo y a la Asamblea Nacional no con falsas esperanzas y con mentiras, sino con planteamientos reales y convincentes. Necesitamos también rostros nuevos y no los oportunistas de siempre.
De no ser así, se estaría nuevamente levantando falsas expectativas y esperanzas en una población cansada y hastiada de tanta mentira.
Karlosn@usal.es