Opinión

Pobreza y solidaridad familiar


La población nicaragüense, y más específicamente los sectores populares, tienen características tan propias que jamás pueden pasar desapercibidas. La polarización política y sus fuegos que a veces se apagan de un día para otro, su irreverencia ante el poder instituido, su valentía ante las inclemencias de la naturaleza, y lo más importante, su solidaridad ante los más débiles.
Los ejemplos cotidianos abundan, basta observar un desalojo que se hace conforme a las leyes vigentes en el país y a los actores que en ella participan, para comprobar que el desalojado goza de apoyo masivo e incondicional.
A veces, aunque duela, la misma tarea de la Policía en busca de miembros de pandillas se ve obstaculizada y no siempre por temor, sino por lazos de diverso tipo que nacen en la familia, la escuela, continúan en el barrio, la calle, etc. Esa raíz, profundamente solidaria, que no es un maquillaje, sino “esencia pura” es una de las explicaciones del porqué y el cómo se sobrevive en medio de la pobreza y extrema pobreza.
La historia de Nicaragua está llena de expresiones de solidaridad en situaciones de emergencias que siempre han tenido su base de sustentación en aquellos que se desprenden sin pensarla dos veces de su media libra de arroz, o su plato de frijoles para entregarlo incondicionalmente a quienes sufren, y a veces sufren hambre de verdad.
Lo que hoy queremos rescatar es el concepto de solidaridad familiar, traducido en redes familiares de la pobreza. Nos referimos a la empleada doméstica que deja allá en Mozonte, Nueva Guinea, Macuelizo o en lo más recóndito de la montaña a sus pequeños hijos a cargo de su madre, su hermana, su abuela u otros miembros solidarios de la familia para trabajar en Managua y verlos una vez al mes. Y en la propia Managua nos referimos a las trabajadoras de la zona franca, de las fábricas, del comercio, de los servicios, a las madres vendedoras ambulantes y a las de los mercados, en fin, a la inmensa mayoría de los sectores populares que enfrentan la pobreza con dignidad, sacrificio y mucha solidaridad familiar. Y esa solidaridad familiar se puede verificar incluso en abuelas que asumen la responsabilidad de sus nietos mientras sus hijas tienen que ir abuscar el pan a países vecinos como Costa Rica.
En medio de tanto sufrimiento y contrariedades estas cualidades que muchos pueblos desarrollados quisieran comprar, no está a la venta, forman parte de las raíces de los nicaragüenses, y de las cosas que no se compran ni se venden.
Ojalá esta solidaridad que aglutina a las familias de los sectores populares en el marco de una pobreza generalizada constituya un toque de alerta para los corruptos, para los que se jactan de su impunidad, de los insensibles, de los que se olvidan que el pueblo todo lo puede, y que esa solidaridad familiar en medio de la pobreza puede ser una excelente escuela para generar solidaridad colectiva de reivindicación de justicia que pueda expresarse democráticamente haciendo caso omiso a campañas propagandísticas de diverso signo y color.
Al fin y al cabo la riqueza ofensiva de los artífices del gran capital guarda una relación directa con la extrema pobreza en la que han sumido al pueblo de Nicaragua y mientras ellos globalizan los instrumentos del poder con los TLC y compañía, los pobres globalizan la solidaridad como instrumento de sobrevivencia y dignidad humana.
Sociólogo
juancarlos3347@yahoo.com