Opinión

¡Feliz Año Nuevo!


Me gusta la música de Navidad. Me gustan los arbolitos. Siempre me gustaron. Sobre todo cuando eran de pino.
Quisiera que haya tantos niños y niñas felices como los arbolitos que se iluminan y se sonríen. Y las mamás sonriendo como Santa Claus. ¡Y tantos pobres saciados como los platos de Navidad! Pero sonrisas verdaderas, por dentro y por fuera.
Y el hambre de siempre, saciada siempre.
Me gusta regalar. Digo, me gustaría. Quisiera regalar esperanzas, tranquilidad.
Deberíamos empacar un río para los barrios. O el rocío de una flor para las generaciones futuras. El canto y frescor de los bosques para las ciudades. Y un poco de silencio para el vecindario. Y regar semillas de equidad. Que el “desarrollo sostenible” no sostenga la desigualdad, para poder proteger las Áreas Protegidas del consumismo. Y a los pobres, de los protectores.
Más que regalar, hay que construir, uniendo manos, mente y corazón. Y eliminando las distancias. Geográficas y económicas. Étnicas, de género, de especie y de nación. Generacionales y religiosas. Uniendo para repartir con justicia. Que los recursos naturales sean de todos y de todas. Y los países no tengan fronteras, como no las tiene la naturaleza. Que los emigrantes sean nacionales y los nacionales emigrantes, con las mismas necesidades y los mismos sentimientos.
Quisiera regalar un abrazo a los ancianos que duermen en los parques, a quienes en las aceras, el frío no deja dormir. A las niñas y los niños de los basureros y de los semáforos, a los enfermos de los hospitales. Y a las víctimas de guerra y de torturas. En un abrazo de justicia social universal, construida entre todos los países y todas las personas. Eso quisiera.
También habrá que regalar camas, techo y cobijas. Y alimentos. Y salud. Y educación. Y empleos. Más bien habrá que redistribuir: camas, techo, sábanas, alimentos, educación, salud, empleos. Y salarios. Porque hay empleos con imán.
Y familiares con imán. Y algunos salarios tienen levadura. Habrá que reordenar el “orden” de la “justicia económica”.
Me gusta la Navidad. Y su música. Y su alegría. Me gusta todo. ¡Menos el ruido de Navidad! El ruido innecesario de las tiendas, de los cubiertos gulosos y de las copas mentirosas. Y de la pólvora, que deja quemados y sordos. Y me duele el silencio. De los corazones, de los platos vacíos. De la indiferencia. Y el estruendo de los pactos vacíos llenos de engaño.
Me gusta la Navidad. Y los saludos y los abrazos sinceros. Porque ríen y se juntan las risas. Pero no todos ríen. Y hacen falta risas. Y quieren que ría ¡Y río! Y hacen falta regalos. Y dinero. Y manzanas. Y gallinas rellenas. Y sobran luces y estrenos. Y frío y harapos. Y a diario faltan tortillas rellenas de gallopinto.
Me gusta la Navidad. Pero es triste… ¿Por qué será si es Navidad? Y aun triste es alegre. ¿Será porque todo renace? Y por eso es triste: renace la inequidad. Y es Año Nuevo...
¿Por qué me gusta la Navidad? Quizás es la estrella. Quizás… Una verde esperanza, una luz que nos ilumine y nos guíe hacia la acción por el bien común.
¡Feliz Año Nuevo!

Diciembre 2005.