Opinión

El 1% de fanáticos islámicos


El dominio que ejerce el Islam conservador en Medio Oriente refleja una realidad fundamental de la sociedad musulmana. Pero este conservadurismo no debe confundirse con el radicalismo violento, como, desafortunadamente, lo ha hecho Estados Unidos. Si bien el conservadurismo puede reclamar que tiene mayoría en el “barrio árabe” (y el barrio persa), eso no significa que la violencia y el terrorismo inevitablemente se impondrán en la región.
Un estudio reciente publicado en Damasco por el Centro de Estudios Islámicos señaló que los conservadores conforman aproximadamente el 80% de la población de las sociedades islámicas del Medio Oriente. Los reformistas integran la mayor parte del 20% restante. Los radicales cuentan con el apoyo de no más del 1% de la población. A mi parecer, estas proporciones aproximadas se han mantenido estables durante los diez siglos de historia islámica, con ligeras variaciones.
Se ha establecido una terminología islámica para describir estas diferencias. Los radicales primero aparecieron como los “khawarij”, un grupo fanático que data del primer siglo del Islam, que hizo uso de acusaciones de blasfemia y violencia para reprimir incluso pequeñas diferencias de opinión. Los conservadores actuales se conocen entre los académicos de la religión como “grupo literal” -aquéllos que se apegan a los textos islámicos al pie de la letra. Los reformistas, como se les conoce ahora, son el equivalente del “grupo intelectual”.
La diferencia entre los musulmanes conservadores y los reformistas se puede medir de dos maneras: por su postura ante la posibilidad de hacer juicios personales sobre asuntos religiosos (conocida en términos religiosos como “diligencia”) y por su actitud hacia los no musulmanes.
Los conservadores creen que la ley revelada se estableció durante los días gloriosos del Islam, y que por lo tanto la interpretación individual debe restringirse. Como resultado, no buscan nuevas soluciones a los problemas a que se enfrentan actualmente los musulmanes. Los bancos y las compañías aseguradoras se deben evitar, porque en teoría sus actividades son de usura y por tanto están prohibidas. Igualmente, la pañoleta que cubre la cabeza de las mujeres musulmanas se considera un requisito.
Para los conservadores, la ley islámica se basa en el Corán y en las acciones y dichos verificados (el Sunnah) del profeta Mahoma, ya que éstos están reconocidos unánimemente por académicos respetados. Por lo tanto, los conservadores rechazan la democracia porque sujeta la voluntad de Dios a la opinión popular. Para ellos, la autoridad última dentro de una sociedad es la revelación de Dios al pueblo.
Los reformistas, por otro lado, argumentan que los juicios personales -la diligencia- son permisibles, y que la sociedad tiene el poder para elegir sobre la base de las necesidades contemporáneas, independientemente de las opiniones de los académicos religiosos anteriores. Los reformistas también adoptan una visión amplia de la ley religiosa (Sharia), que incorpora ideas de bienestar público dentro de un proceso legislativo continuo.
Así, para los reformistas, los bancos y las compañías de seguros apoyan el bienestar de la sociedad, y eso tiene prioridad sobre la lectura tradicional de los textos religiosos. También adoptan una actitud liberal hacia las pañoletas de las mujeres, así como hacia su participación política y sus viajes, los cuales deberían determinarse individualmente. Finalmente, los reformistas no ven una contradicción entre la democracia y la enseñanza islámica, aunque la democracia sí va en contra de los siglos de tradición que rigen la manera en que los musulmanes realmente han sido gobernados.
En el caso de las actitudes hacia los no musulmanes (o, en todo caso, los musulmanes no practicantes), los conservadores creen que la llegada del Islam derogó todas las religiones, mientras que los reformistas piensan que el Islam completa a las demás religiones, pero no las invalida o rechaza. Los conservadores obtienen sus pruebas de los textos del Corán, mientras que los reformistas argumentan que el Corán menciona y reconoce tanto al Antiguo como al Nuevo Testamento.
De esta manera, los reformistas rechazan un monopolio islámico sobre la salvación, el paraíso, o la verdad. Creen que los caminos para llegar a Dios y al paraíso son numerosos. Los conservadores, en contraste, son inflexibles en este punto, creen que hay un solo camino hacia Dios, y que la salvación llega únicamente si se siguen las enseñanzas islámicas.
Sin embargo, los conservadores no apoyan el uso de la violencia en contra de los no musulmanes. Al contrario, las tradiciones de jurisprudencia del conservadurismo islámico obligan a los musulmanes a ser justos en su trato hacia los no musulmanes. Por lo tanto, los conservadores y los reformistas están de acuerdo en que los derechos de los demás deben respetarse y protegerse.
Aunque los radicales representan no más del 1% de la población musulmana, su influencia está basada en los efectos crecientes de su violencia y su total rechazo a ceder. Los radicales repudian totalmente a los otros, y no conciben un espacio para los no musulmanes ni en el cielo ni en la tierra. Esta postura sanciona el uso de la violencia en contra de los otros, ya sean cristianos, judíos, o incluso otros musulmanes que no compartan sus creencias.
Hay dos columnas que sostienen la devoción a la violencia: la cultura radical y la injusticia. Cuando la cultura radical prevalece, atrae a la gente hacia la violencia. Y el extremismo de la cultura radical es alimentado por las muchas injusticias y ofensas a que se enfrentan los pueblos del Medio Oriente.
Desafortunadamente, Iraq se ha convertido en caldo de cultivo para el Islam radical debido a las barbaridades que sufrió el pueblo bajo Sadam y ahora a manos de las fuerzas de ocupación. Pero este escenario no se limita a los musulmanes. El radicalismo amenaza a cualquier sociedad donde se pierde la dignidad humana y donde los derechos humanos carecen de significado.

Muhammad Habash, miembro del parlamento sirio, es Director del Centro de Estudios Islámicos de Damasco.
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