Opinión

El santo beisbolista


Santo es aquel cuya alma disfruta en el cielo de la visión beatífica de Dios, como recompensa a una vida llena de amor por el prójimo. “Amarás al Señor tu Dios y a tu prójimo como a ti mismo” es el primero y más importante de los mandamientos que le fueron entregados a Moisés, en el monte Sinaí, por el Supremo Hacedor.
En los primeros siglos de la cristiandad, eran las comunidades cristianas las que se encargaban de canonizar a los santos, considerando su vida terrena como ejemplar. Pero, después de que la Iglesia fuera penetrada por el poder del dinero, se establecieron normas que implican costos monetarios sumamente altos para lograr la “declaración oficial” de santidad de un hermano fallecido en olor de santidad y cuya vida haya sido meritoria para considerarlo como tal.
A pesar de estas normas oficiales, sin lugar a dudas es relativamente fácil identificar quién, entre las personas que conocimos, es un santo. Basta con observar y analizar su comportamiento durante su vida, para deducir que su alma, después de muerto, pasó a formar parte del escaso grupo que alaban al Señor en el cielo.
Nosotros, los que vivimos los terribles momentos del terremoto que desoló Managua, en diciembre de 1972, conocimos a un santo que jugaba béisbol. Y éste no era cualquier jugador. Logró 4 títulos de bateo en la Liga Nacional, de Estados Unidos, (61-64-65-67), y 12 veces fue seleccionado al Juego de las Estrellas. En 1958, sacó a 22 corredores para ganar el primero de un récord de cinco títulos de asistencias. Participó en dos Series Mundiales, bateando 310 en 1960 y 414 en 1971. Fue campeón de bateo cuatro veces; fue seleccionado el Jugador Más Valioso de la Liga Nacional de 1966; doce veces ganó el Guante de Oro por su habilidad en el fildeo como jardinero derecho y fue seleccionado el Más Valioso de la Serie Mundial de 1971. Conectó 3000 hits, incluyendo 250 cuadrangulares; algo que muy pocos han logrado en los casi 140 años de las Grandes Ligas de Béisbol de los Estados Unidos.
Había este santo visitado Nicaragua, acompañando al equipo que representaba a Puerto Rico en la Serie Mundial de Béisbol Amateur que se realizó en el país, en 1972. Dejó, entre la fanaticada nicaragüense, muy gratos recuerdos y simpáticas anécdotas, como la de la iguana.
Al saber de las penurias de los ciudadanos de Managua, que en escasos segundos habían perdido cuanto tenían, a causa del terremoto del 23 de diciembre de 1972, y que estas penurias se incrementaban a causa de la rapiña a que estaba sometida la ayuda humanitaria que llegaba de todas partes del mundo, llevada a cabo por la Guardia Nacional de Somoza y varios de sus allegados, decidió juntar ayuda, en su isla natal; fletar un avión y venir personalmente a entregarla a los que más la necesitaban.
Era 31 de diciembre. Fecha de celebración familiar por excelencia para los caribeños. Basta recordar la letra de la canción que dice: “faltan cinco pa’ las doce, el año va a terminar; me voy corriendo a mi casa a abrazar a mi mamá”. Eso no importaba para él; porque de acuerdo a su modo de sentir y de pensar, mantenía su decir: “Cuando tienes la oportunidad de mejorar cualquier situación, y no lo haces, estás malgastando tu tiempo en la Tierra.”
Era un avión viejo, con serios problemas mecánicos. Había postergado varias veces el despegue, a causa de los mismos problemas. Pero él insistía. Había que llegar cuanto antes a Managua a socorrer a los damnificados. No importaba que, “cuando faltaran cinco pa’ las doce” él estuviera muy lejos para ir “corriendo a su casa a abrazar a su mamá”.
Al fin, el avión despegó. No subió mucho. Se precipitó al mar. El Caribe se los tragó y con ello sumó un nombre al santoral cristiano: Roberto Clemente.
La mayor prueba de amor es la de ofrendar la vida por otro, como nos enseñó Nuestro Señor Jesucristo.
Roberto Clemente entregó su vida por venir a salvar la de muchos managüenses que sufríamos el embate de la naturaleza. Estaba consciente del riesgo que corría, al intentar hacerlo. Pero no dudó al intentarlo, porque estaba seguro de que “no malgastaba su tiempo en la Tierra”. Por eso estoy seguro de que es santo. De que su ejemplo es digno de imitarse; y de que los que sobrevivimos al terremoto del 72, tenemos una deuda imperecedera con su memoria.
Por todo esto, quiero hacer dos propuestas:

1. Crear una ley que evite el uso del número 21 en los uniformes de béisbol, en todas las ligas de este deporte en Nicaragua. Para que las futuras generaciones, al indagar el porqué de esta disposición legal, sepan que hubo un gran jugador de béisbol, llamado Roberto Clemente, que usaba ese número en su uniforme, que, en una demostración de solidaridad humana, arriesgó su vida, y la perdió, por venir a ayudar a los sobrevivientes del terremoto que flageló a la ciudad de Managua, en 1972.

2. Erigir una estatua de este gran hombre, frente al Estadio Nacional, Denis Martínez, aprovechando el pedestal que sostenía la estatua ecuestre de Anastasio Somoza García; que fue derribada por el pueblo, en la euforia provocada por la derrota que le infligiera, este mismo pueblo alzado en armas, a la más oprobiosa dictadura de nuestra historia.

San Roberto Clemente, el santo beisbolista, se encuentra en el Cielo, muy cerca de Dios, metiéndole candela, con su bate, su guante y su gran corazón, a las ligas celestiales de béisbol.

Managua, diciembre MMV, A.D.