Opinión

Los valores del mercado atizan la corrupción


Nada justifica la corrupción, pero la misma acompaña cada gobierno de turno: bienes públicos apropiados privadamente, regla sin excepción que la desmienta, al igual que el pecado, la diferencia sólo aparece con el escándalo
La moral y la religión le salieron al paso un día, con ayuda de la presión social, en tiempos en que moral, religión y política eran la misma cosa. Después, cada una se independizó de la otra y cada una siguió su particular camino. La moral y la religión se relativizaron y cada interés tuvo su propia religión y su propia moral. Quemar al infiel era tan moral que con ello te ganabas la gloria celestial y los aplausos terrenales.
Entre nosotros, aquella regularidad histórica no ha dado muestras de cambio. Durante la revolución sandinista, estaba bien visto matar un guardia somocista o un contrarrevolucionario. Quienes estaban en la acera de enfrente se regían por el mismo parámetro, aquél que degollaba a un sandinista o a un alfabetizador era considerado paladín de la libertad por la administración de Reagan.
A pesar de todo, al interior de cada universo, existieron reglas de moral y probada honestidad. La disciplina militar y los ideales fomentaron los valores universales de la fraterna convivencia. El gobierno sandinista ha sido para los parámetros internos de la individualidad uno de los gobiernos más honestos en la historia de Nicaragua, lo que no evita que las confiscaciones a los somocistas hayan sido tildadas de escandaloso robo jamás imaginado por liberales y conservadores. A su vez, los campesinos enfilados en la contrarrevolución mostraron al interior de su propio universo, la abnegación y honradez jamás imaginada por guerrilla revolucionaria alguna.
En todo este tiempo, el mercado estuvo suspendido para ambos bandos. Cada proyecto garantizaba el ingreso a cada combatiente y los bienes no se compraban ni se vendían libremente, pues la mayor parte de los mismos eran suministrados a cada uno de los ejércitos, incluso a la población entera. La guerra cesó, el gobierno revolucionario llegó a su fin y todos fuimos expulsados de la regulación social, a partir de entonces, fuimos conminados a ganarnos el pan de cada día con el sudor de la frente en la jungla del mercado. Cada quien tomó lo que pudo, revolucionarios y contrarrevolucionarios, antes de adentrarse en el reino del mercado.
El mercado que acechaba la más mínima oportunidad durante la guerra, entró ávido de competencia y codicia. No habíamos terminado de firmar el armisticio cuando comenzó la carrera por la ganancia, única forma de sobrevivir en un mercado imperfecto, como todos los mercados, llenos de desempleo y de ventajas monopólicas. La privatización estatal aceleró la estampida, pero la identidad y la fidelidad políticas contribuyeron a esconder los bultos. La falta sólo se percibía en el ojo ajeno. La comunidad internacional nos presionó para que vendiéramos los bienes públicos y sus corporaciones ofrecieron millones a los nuevos héroes, conducidos por la senda de la democracia del mercado, después fueron defenestrados para limpiar el nuevo rostro del neoliberalismo nacional, dibujado con las recetas del Fondo Monetario Internacional.
El resto es de sobra conocido. La palabra corrupción apenas ha llegado a ser una ofensa política. Todo mundo expía sus culpas con el pecado ajeno. Se tira la primera piedra, pero no se evita que las pedradas regresen multiplicadas por el adversario.
Se pretende recurrir de nuevo a la moral, olvidando que a diferencia de la política, la moral es un asunto personal; colectivamente o hacia fuera, cualquier mal comportamiento es censurado por los adversarios políticos, pero aplaudido por los correligionarios y camaradas. Nadie se acuerda de los viejos controles administrativos. Se invoca la ley, olvidando que en la pregonada sociedad de mercado, etapa superior de la economía de mercado, todo se compra y se vende, incluso las leyes, los magistrados y los jueces.
Nos rasgamos las vestiduras con los titulares de los diarios que señalan la corrupción gubernamental, juego cotidiano que también sirve para que el lector conjure su propia corrupción; dicho sea de paso, no amanece un sólo día sin que reviente un nuevo escándalo en los ministerios de la Nueva Era. Sin embargo, los valores del mercado siguen cultivando los corazones y los bolsillos de cada ciudadano, nada nos perturba al respecto, salvo la vanidad y la envidia que deslegitiman el confort del otro.
La corrupción se ha convertido en un problema económico, miles de millones de dólares para cancelar una deuda corrupta, impuestos indirectos para compensar las exenciones y evasiones de los impuestos directos. Mejor sería no seguir endeudándonos, si de todas maneras la deuda sólo sirve para incrementar la corrupción y aumentar los impuestos.
Mientras tanto, la moral del mercado sigue impulsando la promoción de los eficientes, el éxito de los fieros combatientes, la burla del fracasado y el odio de los resentidos. Confesemos que no hemos podido detener la corrupción, a pesar del libre albedrío que nos asiste: nadie nos obliga a ser corruptos y ya ni nosotros nos creemos el señalamiento de la paja en el ojo ajeno.
Sabemos de sobra que los valores del mercado no son otra cosa que el mercado de valores llevado hasta el extremo de negociar hasta con nuestra propia crítica sobre las negociaciones.
Ahora bien, si sólo estamos dispuestos a frenar la corrupción ajena, podríamos intentar de nuevo regular el mercado, abandonar sus valores y aquella cotidiana publicidad que se aloja al lado de nuestros editoriales. De lo contrario nuestro discurso y nuestro grito no pasará de ser cínica demagogia para fuera y silenciosa batalla interior por nuestra mezquina sobrevivencia. Sin cambios profundos, de esos que ya no generan simpatía alguna, la degeneración de la sociedad será el único rédito que nos deparará el mercado.