Opinión

Otra vez la Navidad


Otra vez llegó la Navidad y su deslumbrante escenario. Su aspavientoso clima comercial. Es diciembre, mes de los vientos agradables, de las madrugadas frías y las tiendas y centros comerciales repletos de juguetes, ropa y artículos para el hogar. Mes de las promociones en cada esquina, de los escaparates saturados de mercancía. Es el mes en que deambulas por todas las tiendas de la ciudad, como un zombie, impotente ante el estrepitoso ruido del materialismo, con un espíritu frenético de consumismo incontrolable. Todos andan felices en Navidad: unos porque pronostican fabulosas ganancias en sus negocios. Otros, porque tendrán una extra de más. Es el dios dinero y no Cristo el que nace en Navidad. Para estos días, hasta te conviertes, en un proceso parecido a la metamorfosis, en un hombre afable, bonachón, de corazón bueno, de miradas tiernas, y saludas a todo el mundo de besitos, y un sentimiento hipócrita de falso igualitarismo aflora en tu piel como una alergia en ciernes. Y ahora, con la globalización, ni se diga: hasta los villancicos de Navidad te asedian por Internet, y Santa Claus envía correos electrónicos, invitándonos a sumarnos a la fiesta comercial. Agradecemos su gesto digital y holográfico. Así es la Navidad y nadie escapa a estas fechas y a este fenómeno sociocultural que se ha arraigado en nuestra cultura. Dicen que en la Navidad el corazón de los hombres se ablanda, se relaja, late con armonía y alegría. Se derrite como la miel. Es cierto. Es el único mes en que el Evangelio de Cristo pareciera tocar la superficie de nuestra alma, aunque sea motivados por la época y por las canciones sentimentales, entonces intentamos inútilmente oler a santidad y a conversión. Tratamos de entender al prójimo de ocho a cinco de la tarde, en horario de oficina, y resolverle a regañadientes algunas necesidades, aunque por las noches, en la intimidad de la alcoba, nos burlemos de las penas ajenas, y nos quejemos de haberles dado algo. Hasta nuestro vocabulario se torna tolerante, condescendiente y cuasi religioso. Un sacerdote o un pastor bien alimentado no podría tener una entonación mejor. La voz se doblega, casi se arrodilla, para preguntar, ¿Cómo está la familia? ¿Y los niños? ¿Y la abuelita? ¡Feliz Navidad!, y ensayamos un beso frío o una sonrisa hollywoodense. No hay duda que somos actores. Hasta extraño se oye uno. La palabra amor y solidaridad se escuchan en la radio y la televisión como letanías. Es la hipocresía encarnada en el hombre, y disfrazada de paciente cordero en Navidad. A otros, hasta se les aflojan los bolsillos, y se convierten en los buenos samaritanos de los niños de los semáforos o de los viejitos de los asilos, y hasta de las prostitutas callejeras. Pasan dejándoles comidas empacadas y ropa vieja. Desgraciadamente, esta aparente conversión humana dura poco, ya que como los cuentos encantados, a la medianoche del treinta y uno de diciembre, nuestra humildad y solidaridad se quiebra en mil pedazos como un hechizo. Y todo vuelve a su mismo lugar. El corazón vuelve a enfriarse. El vecino, a quien hasta la medianoche del año viejo, le toleramos sus historias y sus penas, vuelve a ser el adversario, el enemigo, el extraño. Todo esto nos reafirma que el hombre sigue siendo producto temporal de sus tradiciones, y que es dueño de muchas máscaras. Para cada circunstancia tiene una máscara, para cada costumbre tiene un rostro. Y estas fiestas no son una excepción.
En Navidad somos testigos de la metamorfosis humana y de la impresionante magia del mercado. Dicen que el mercado no sólo cambia mercancías, sino que en ocasiones, moldea almas. Para algunos, la Navidad es una especie de penitencia y desapego. Somos susceptibles a las desgracias del prójimo. Y ensayamos un cristianismo equivocado. Somos expertos en darles sobras a los demás, y quedarnos con los nuevos parabienes Cambiamos lo viejo por lo nuevo. Y para deshacernos de la polilla, nos deshacemos de calaches que ya no necesitamos para dárselos a los indigentes. Es decir, somos líderes en la renovación material de nuestros bienes muebles e inmuebles. El mercado, primero, la obra después. Y en vez de distribuir riquezas, repartimos sobras, desechos. Es la época en que nos compadecemos –aunque sea un minuto e hipócritamente- de la salud de los demás. Nos volvemos santos por un mes, una semana o un día, pagando penitencias. Y algunos hasta comulgan porque que se creen merecedores de la sanidad.
Pero también aprovechamos la Navidad para otras cosas: hablarle a medias a un familiar insoportable, perdonar a un amigo, hacer las paces con la esposa, o por lo menos intentar una tregua familiar. Dar regalos a la gente más cercana, aunque sea a regañadientes. También nos ocupamos de enviar tarjetas de Navidad e incrementar nuestras limosnas los domingos, como una manera de pretender pagar nuestros pecados. En fin, la Navidad es un show publicitario donde la vanidad humana encuentra en el mercado su más alta expresión. Sí, es Navidad, mientras pueda comprarme una nueva casa, un nuevo carro, cambiar mi línea de ropa interior. Aunque no pueda comprar una alma nueva y no pueda cambiar el mundo, aunque quiera.
Algunos cristianos quizás dirán que yo soy un nihilista amargado. Un Grinch pretendiendo boicotear estas fiestas. Pero si la Navidad cambiara, por lo menos, el alma de una persona, yo fuera el primero en impulsarla, en promoverla, en desearla. Sin embargo, las navidades son una “moda”, un conjunto de fechas religiosas que tienen un alto contenido comercial. Si, por ejemplo, las Navidades sirvieran realmente para que la clase política pensara más en las desgracias de este país que en sus intereses personales, o si por un instante sirviera para que cada uno de nosotros intentara empujar, pero de verdad, un proyecto de renovación interior, el genuino espíritu de la Navidad estaría presente en estas fiestas. Sin embargo, todo sigue siendo un colorido espectáculo de luces y sombras, un gigantesco rótulo neón exponiendo las bondades materialistas del mercado, un lugar donde el papel moneda verduzco se cotiza más alto que el espíritu. Y una época en que la vanidad y la hipocresía se exhiben en el escaparate de las miserias humanas. De todas maneras, nadie va a cambiar el espíritu mercantilista de las Navidades. Por lo tanto, no vale la pena seguirse amargando, y si a usted le gusta jugar a la Navidad, instale su árbol, aunque tampoco entiendo que tenga que ver con nuestra cultura, construya su nacimiento, aunque en usted no nazca un hombre nuevo, y diga, después de comerse un suculento pollo y echarse unos tragos, y bailar hasta el amanecer, Feliz Navidad y próspero Año Nuevo. Aunque amanezca siendo el mismo.

Periodista y escritor nicaragüense.