Opinión

El regalo de la Navidad es la paz


El título de este artículo es una verdad digna de don Perogrullo. Más cuando los escritores de cristianismo profundo y la misma Iglesia Católica en estos días, han destacado este hecho y han fustigado el consumismo capitalista global, el materialismo de las relaciones humanas contemporáneas, los excesos en la exacerbación de los placeres y la transculturación de formas exógenas a nuestro medio e identidad.
En nuestra cultura cristiana, la Pascua, la Natividad es un don, un regalo de Dios. Yavé es pródigo en dones: nos dio el don de la vida, el del libre albedrío, el de la inteligencia, el de la belleza y todas las virtudes capaces de florecer en un ser humano. También en un día de Navidad, Yavé le regaló su hijo al ser humano para el perdón de sus pecados. Por ello los dones, los regalos otorgados por la Gracia no son ajenos a nuestra tradición. En ella, los regalos son gestos de amor, de bendición, de aceptación, de perdón y reconciliación. Aunque una secta evangélica particular extrapole su interpretación al postular que el buen regalo es aquel que se da a quien o de quien no se espera retribución, porque el regalo es también un donar sin esperar.
La Navidad marca también el inicio del eje vital del cristianismo que bien lo podemos enunciar como una serie dinámica desarrollándose en anunciación-concepción-nacimiento-buena nueva-muerte y resurrección. Éstos son los puntos torales de ese magnífico relato del amor que es la fe cristiana constituida en una poderosa cultura que más de 2000 millones de seres humanos compartimos, probablemente con más vicios que virtudes.
Un segundo hecho relevante de la Navidad es la reivindicación histórica que se hace del Niño. Pocos sabemos que mucho antes y mucho después del cristianismo el niño fue mal visto, maltratado y abusado constantemente por los adultos. Baste pasar revista a las más relevantes historias de infantes en el Antiguo Testamento: Isaac, José, Moisés, David, y siempre los vamos a encontrar ligados a la muerte, al sacrificio, a la opresión, al abandono. La infancia, a lo largo de la historia, no ha sido la mejor época del ser humano. Encontramos matanzas de primogénitos en el Antiguo y el Nuevo Testamento (Herodes).
Michel Tournier, en El Vuelo del Vampiro, dice que: “La infancia formaba parte, junto con “la naturaleza” y “el estado salvaje”, del lado oscuro de las cosas y los seres, de esa zona que no han hollado -¿no todavía?- la religión, la razón, la cultura, la educación.” Esto es el sentimiento que existía hacia los niños hace apenas unos 300 años, en el antiguo régimen antes de la revolución burguesa. Un escritor de esa época, Bérulle, es categórico al afirmar: “La infancia es el estado más vil y abyecto de la naturaleza humana; sólo la muerte es peor.”
Y todavía leemos los terribles relatos de Charles Dickens, Oliver Twist por ejemplo, donde se recrean los tormentos y suplicios de la infancia administrados por el capitalismo industrial inglés inicial. Y más aún, nosotros con todo lo cristiano que somos, en la actualidad dormimos tranquilos sabiendo que hay millones de niños viviendo en las calles, sin tener nada de qué sustentarse y siendo sometidos a las aberraciones de los perversos. El Cristianismo con la Navidad ha reivindicado al niño, a la infancia como un estado que goza de la divinidad, que es puro, inocente y luminoso.
El tercer don de la Navidad es la paz en la tierra a los human(a)s de buena voluntad. La paz como manifestación de un amor que el cristianismo anuncia como universal: para nuestra fe todos somos iguales: judío, gentiles, negros, rojos, amarillos, etc. Un amor que logra que entre éstos seres diversos cese la guerra, la matanza, la violencia y reine la paz.
Ojalá que estos dones navideños sobrevivan a los vicios del mundo moderno que Frei Betto, pensadores laicos y las mismas iglesias cristianas (católica y evangélica) defienden con ahínco y tesón frente a las adversidades del mundo, el demonio y la carne. Tres elementos que parecen ser lo esencial del mundo contemporáneo.
Imbuidos del mejor espíritu navideño, debemos de saber que, pese a la Coca Cola y Santa Claus, a los árboles de Navidad (que son árboles de la vida), la buena nueva del amor es capaz de integrar estas diversas formas de adoración sin desvirtuarse, sin diluirse ni perderse. Que el Verbo necesita de la carne, pero es más fuerte y perdurable y más incorruptible que ella.
Así tendremos mayor comprensión y tolerancia para aquel pobre y pequeño regalo de la niña de ahorros inexistentes en época de crisis, nacido en medio del acicateo, manipulación y cuasi extorsión de la publicidad capitalista, pero que con mucho amor le entrega a su madre o a su padre, queriendo entregar un don. El don de la Navidad, el regalo de Dios: la paz.