Opinión

Corrupción de la Corte es vergüenza de la nación


El robo insólito de los miles de dólares del narcotráfico, delito que fue fraguado en las intimidades de la Corte Suprema de Justicia, constituye una mancha imborrable en la conciencia de la República. Y mientras los seiscientos mil dólares continúan sin aparecer ante la colegiada complacencia de la mayoría de los miembros de la Corte, lo que resalta como un hecho indiscutible es que los “honorables” integrantes de este poder del Estado –mientras no se pruebe lo contrario- gozan de una total inmunidad.
¿Será cierto que la Constitución les ha conferido el derecho de sustraer los bienes del Estado mediante el uso irrestricto de una impunidad producto, a su vez, de una “patente de corso” de la cual han venido haciendo uso desde hace mucho tiempo en detrimento de la sociedad y de la república? Operan afuera y por encima de la Ley, no habiendo ningún poder del Estado, según sus propias declaraciones, con la suficiente capacidad para juzgarlos. Y es que, cuando los tribunales se convierten en un vergonzoso mercado en el que la venalidad de los jueces y magistrados es la vara con que se mide la justicia, entonces la conciencia moral del organismo jurídico del Estado, totalmente ya corrupta e insolvente, es incapaz de garantizar el equitativo balance de ese fallo que día a día está supuesto revitalizar el ordenamiento ético y moral que asegura la tranquilidad colectiva.
Pareciera ser que la mentalidad “política” ha corrompido toda aquella fundamentacion moral que, otrora, caracterizara la filosofía de los valores cívicos… Ahora el funcionario es más esclavo de un partido que un servidor público que trabaja en función del bien común. Y es que, en el modo como está organizada la sociedad, el partido político es indispensable como medio para que un buen ciudadano pueda ingresar a la maquinaria de gobierno.
Es por eso que hay miles de posibles funcionarios eficientes y honrados que no lograrán nunca colaborar con los gobiernos de turno. De ahí también que la política se haya convertido en el refugio de tanta gente mediocre y sin escrúpulos, ya sean éstos demagogos populistas o oportunistas matreros de levita. Lo de “derecha” o “izquierda” no son más que palabras vacías que, como emblemas, se emplean para adormecer a las masas desconcertadas por la incertidumbre y el hambre. Lo que los une e identifica es su egoísta objetivo común: el poder y la riqueza.
De ahí vemos cómo, todos por igual, hacen una gran piñata del presupuesto del país. Es así que, tanto Presidentes como Vice-Presidentes por igual, aun cuando son ricos, se recetan sin ninguna vergüenza rentas vitalicias que no necesitan, aun cuando saben que estos fabulosos salarios no ganados sí restan fuerza a los planes económicos destinados a mejorar, entre otras cosas, el alto grado de miseria de una juventud que se ve obligada a renunciar a estudiar para ayudar al sustento diario de sus familias. Es por eso que yo creo y afirmo que quienes aceptan esas rentas son tan criminales, a nivel social, como esos magistrados y jueces que hoy han embarrado su dignidad por un plato de lentejas.
Por otro lado y en cuanto a la dignidad que supuestamente confiere un alto cargo, creo firmemente que, conforme lo interpretaría ese gran maestro de la jurisprudencia antigua, Cicerón, en la Roma de los Cesares, no es el cargo el que confiere dignidad a la persona sino, por el contrario, es la prestancia moral y ética de la persona la que asigna distinción moral al cargo que desempeña. Ojalá que comprendieran bien este mensaje aquellos a quienes personalmente me refiero.