Opinión

Su último año en el puesto


Estaba acostumbrado a las fiestas, a las parrandas propias que te da el protocolo, en otras palabras a comer y beber gratis, el único requisito era aguantar los comentarios idiotas de los invitados o de los que lo invitaban a cada actividad oficial, propia del puesto, claro. Pero esta fiesta de fin de año tenía algo de peculiar, algo, no sé cómo decirlo, como cuando alguien siente una premonición que indefectiblemente se convertirá en una realidad inevitable, él sabía perfectamente que luego de la fiesta de fin de año, después de saborear la sabrosa gallina rellena, al final del último sorbo del champagne regalado y que venía en una hermosa canasta navideña, al final de todo, cuando su reloj obsequiado por un cliente a manera de soborno; para que le ayudara en unas gestiones gubernamentales, cuando ese reloj marcara las doce de la noche con un minuto, acompañado de la trillada canción “yo no olvido el año viejo”, en ese año que comenzaba, sería su último año en el puesto.
Esa mañana se levantó tarde, su rutina no cambió a pesar de estar en vacaciones, tenía la ventaja que nadie le tomaba la hora de llegada a la oficina, se revolvió un rato en la cama y llegaron a su mente los recuerdos de hace cinco años, ¡parece mentira cómo pasa el tiempo! –pensó asustado-, como en una película en cámara rápida repasó su papel en la campaña del candidato, cómo anduvo de arriba para abajo con el equipo de campaña, la inmensa cantidad de gorras y camisetas con los colores del partido que repartió por todo el país, la gran cantidad de cosas que dejaba en su casa, que para él como un pequeño impuesto por su trabajo y que a su juicio eran cosas muy caras para repartirlas en la barriada.
Sudó tanto en esa campaña que hasta se miraba más moreno de lo que era, se tragó tantos discursos vacíos, de promesas eternas que le elaboraban al “hombre” unos estudiosos y expertos contratados en el extranjero “para que lo hicieran ganar”, decían algunos, pero él sabía perfectamente que lo que en realidad hacían eran consumir los millones de los donantes anónimos.
Todo ese sacrificio, todas esas actitudes que lo llevaron a los límites inimaginables de lo cepillezco, que la dignidad no se asomaba por la acera de su autoestima, para él lo importante era mantenerse firme, y luego de la toma de posesión, lograr el puesto por el que había luchado y que de seguro, al igual que otros tantos, se lo merecían, recordaba también el consejo de su tío, experto en temas de campañas políticas desde el tiempo del general, le dijo agarrándolo fuerte del brazo y viéndolo fijo a los ojos como quien está dictando una sentencia al ser más despreciable: ¡No sea pendejo, que no le den nada material, pida que le den un puesto donde se pueda conseguir algo, donde brille su iniciativa y se la pueda rebuscar, acuérdese que a los babosos, ni Dios los quiere!
Lo más importante es que consiguió el famoso puesto, tenía una buena oficina, una secretaria y varios asistentes, el papel de “jefe” lo hacía ver más importante, tenía una jugosa caja chica, gastos de representación, viáticos, una buena camionetota y con varias decenas de galones de combustible. ¡Vida que fuera eterna!, sabía perfectamente que ese puesto solo duraría unos años, justo los que el “hombre” estuviera en el poder, pero cuando asumió el famoso puesto parecía aquello tan lejano, casi imposible cuando se sentó la primera vez en aquel lujoso sillón ejecutivo.
Sin embargo, el nuevo calendario del año entrante lo ubicó a la verdadera realidad ¡era su último año en el puesto!, no había nada que lo evitara, rápidamente pensó en alguna estrategia de recuperar lo perdido y de obtener lo que le faltaba a toda costa. Para lograr lo primero, repasó una lista de todas aquellas amistades del barrio y de la ciudad a las que les había dejado de hablar, no por alguna desavenencia personal, no, era porque las consideró muy corrientes para su estatus de funcionario de “alto nivel”, era imposible permitirse rodearse de los patas chorriadas, se hubiera visto mal saludar al panadero, al carnicero, a la vendedora de verduras, a la tortillera de la esquina, etc, etc, a fin de cuentas todas las cosas que necesitaba las compraba en el supermercado exclusivo y con la tarjeta de crédito pagada por el Estado y asignada a gente de su nivel de puesto.
Comenzó a revisar los clasificados del periódico en busca de alguna oferta en la venta de vehículos, de alguna cacharpa se tenía que agarrar, en estos tiempos era ya bastante difícil quedarse con la camioneta asignada, no por la falta de oportunidades, sino que su jefe superior ya se la había encargado para él mismo. Se sentía con miedo el imaginarse andar sin chofer, no sólo por la comodidad de que te conduzcan; sino porque no había manejado nunca, antes de que le dieran el puesto no había tenido nunca ni una patineta, pero no se pensaba humillar regresando al barrio a pie.
Para lograr obtener lo que le faltaba, se planificó que ahora que regresara de vacaciones recorrería todas las dependencias y delegaciones de su Entidad, no para una visita de control, sino para ver alguna cosita que le gustara ya sea instalada en las oficinas o guardadas en alguna bodega discreta, de aquellas en las que se guardan cosas para que todo el mundo se olvide de ellas y un amiguete te haga el favor de borrarlas del inventario.
Se sintió un poco más tranquilo, eso era lo que tenía que hacer para prepararse para la partida, ya se imaginaba el éxodo de los falsos amigos, aquellos eternos interesados en prebendas que revolotean como moscas a la orilla del pastel, este año venidero parecía cada vez más cerca, le subía del estómago un malestar propio de la angustia, se decía para sí: ¡Cómo es posible que el Estado se permita perder un cuadro así!, se consideraba un buen administrador y que aprovechaba cada oportunidad monetaria para surgir, a esas alturas ya se había construido una buena casa, una mansión en la playa, en fin, toda aquellas minucias que no dejan pasar los expertos en vivianadas, pero además con el sueldo que ganaba le ajustaba después de todos estos gastos, de mantener una buena cuenta de ahorro, por si acaso venían malos tiempos, propios como los del año venidero.
Todo el día lo mantuvo entretenido ese tema, llegó la noche y se vistió de gala, la casa se comenzó a llenar de invitados, todos los amigos funcionarios, la casa se inundó del agradable sabor de la gallina rellena, se abrieron varias botellas de buen licor, la conversación se fue haciendo más estridente a medida que todos se emborrachaban, de repente comenzaron los lamentos, hablaban de alguien como si hubiera muerto, la tristeza embargó el rostro de las esposas, todas mantenidas con el buen megasalario, nunca pasó por sus cabezas trabajar algún día, llegó la hora del brindis, todos brindaron por la eternidad, alguien más realista, el anfitrión, alzó su vaso lleno de ron caribeño, les repasó una mirada de hiena hambrienta y les dijo con vos sonora: ¡Porque este año venidero nos dé todo lo que nos falta, no sean babosos y aprovechen, al final de cuentas, éste es nuestro último año en el puesto!

León, diciembre de 2005