Opinión

Derechos humanos y desarrollo


El 4 de julio de 1776, en la Constitución de los Estados Unidos de América, se incluye como preámbulo una Declaración de Derechos del Hombre, expresión tomada del parlamentarismo inglés, pero profundamente diferente:
“Cuando una serie de acontecimientos humanos coloca a un pueblo ante la necesidad de romper los lazos políticos que lo unían a otro pueblo, y de ocupar entre las potencias de la tierra posición aparte en el rango de igualdad a que tiene derecho en virtud de las leyes de la naturaleza y de las del Dios de la Naturaleza, el respecto que debe a las opiniones del género humano exige de él que exponga al Mundo los motivos que le obligan a esta separación”.
“Consideramos como indiscutibles y evidentes por sí mismas las verdades siguientes: Que todos los hombres han sido creados iguales; que fueron dotados por el Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos derechos se debe colocar la vida, la libertad y el logro de la felicidad; que para asegurar el disfrute de estos derechos, los hombres han establecido gobiernos cuya justa autoridad emana del consentimiento de los gobernados; que siempre que cualquier forma de gobierno se convierta en destructiva de estos objetivos para lo que fue establecida, el pueblo tiene derecho a cambiarla o abolirla y a instaurar un nuevo gobierno, basado sobre determinados principios y organizado sus poderes en la forma que le parezca más propia para proporcionarle la seguridad y la dicha”.
El contenido de este párrafo que antecede transforma la noción de autoridad del gobierno en libertad, y la solidaridad de los hombres sólo puede concebirse a través de la suma de libertades individuales. Los principios de la independencia norteamericana sobre estas bases a su vez descansan en dos grandes aspectos generados por la historia de la antigüedad, y que reaparecen en esta fecha: El universalismo, sobre el cual el derecho internacional debe el respeto mutuo de los pueblos, y el individualismo, que se expresa en el derecho natural y mediante el que se refleja la libertad democrática liberal.
Contrario a estos principios, en 1775, el Parlamento de París había emitido una declaración en que “todo sistema que bajo una apariencia humanitaria y benéfica tendiera, en una monarquía bien organizada, a establecer entre los hombres la igualdad de los deberes y a destruir las distinciones necesarias, llevaría enseguida el desorden y produciría el derrumbamiento de la sociedad”. La oposición entre estos dos conceptos de convivencia, el primero basado en la libertad y en la igualdad, y el segundo en la autoridad y en el privilegio, muestran la inmensa crisis de los pueblos occidentales a fines del siglo XVIII.
El 26 de agosto de 1789, es decir 13 años después, igual que el Congreso norteamericano, la Constituyente de París decide formular la Constitución con una Declaración para “todos los hombres, para todos los tiempos, para todos los países” y que pudiera “servir de ejemplo al mundo”. En estos momentos después de la apertura de los Estados Generales, el escenario francés era caótico. Tres fuerzas se enfrentaban entre sí: el absolutismo monárquico, las clases privilegiadas y la oposición liberal, cada una muy firme en sus posiciones. La falta de instituciones asomó en todos los órganos de autoridad y sopló un viento fuerte con sabor a anarquía. Desde el 9 de julio, la Asamblea Nacional se había convertido en Constituyente. El rey, Luis XVI, haciéndose el occiso, destituyó a su ministro Necker, tachado de liberal, pero el pueblo parisino protestó contra el absolutismo. El Comité de Vigilancia se transformó en el Ayuntamiento de París, quien organizó milicias ciudadanas y decomisó armas, al grado que el 14 de julio, levantados los ánimos populares, con este fin acontece la famosa “toma de la Bastilla”, antigua fortaleza mutada a prisión. Enseguida hay una serie de sucesos que desenlazan en la Revolución Francesa.
La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, comienza así: “Los representantes del pueblo francés, constituidos en Asamblea Nacional, considerando que la ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos del hombre son las únicas causas de las desgracias públicas y de la corrupción de los gobiernos, han resuelto exponer, en una declaración solemne, los derechos naturales, inalienables y sagrados del hombre, a fin de que esta declaración, constantemente presente en todos los miembros del cuerpo social, les recuerde sin cesar sus derechos y deberes; a fin de que los actos del poder Legislativo y los del poder Ejecutivo, pudiendo ser comparados en todo momento con la finalidad de cualquier institución política, sean más respetados; a fin de que las reclamaciones de los ciudadanos, en el futuro fundadas sobre principios simples e indiscutibles, se encaminen siempre hacia el mantenimiento de la Constitución y de la felicidad de todos”.
La Asamblea declaraba “en presencia y bajo los auspicios del Ser Supremo”, que los hombres nacen y viven libres e iguales en derechos; la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión son derechos naturales e imprescriptibles; toda soberanía reside esencialmente en la nación; la libertad consiste en poder hacer todo lo que no daña a otro; la ley es la expresión de la voluntad general, y todos los ciudadanos tienen derecho a contribuir personalmente... a la formación de las leyes; todos los ciudadanos son iguales ante la ley; nadie puede ser acusado, detenido o encarcelado, sino en los casos determinados por la ley... Todo ciudadano puede, pues, hablar, escribir e imprimir libremente... Los impuestos que los ciudadanos deben consentir libremente tendrán que repartirse por igual entre ellos... La sociedad tiene derecho a pedir cuentas a todo agente público... Considerando a la propiedad un derecho inviolable y sagrado, nadie podrá ser privado de ella si no es cuando la necesidad pública, legalmente constituida, lo exija mediante una justa y previa indemnización.
Toda la historia de Nicaragua se caracteriza por la constante violación a los derechos fundamentales del hombre (la ignorancia, el olvido o el desprecio, dice esta Declaración), lo que lleva a afirmar que ha sido la arbitrariedad y el desenfreno de las autoridades, las causas, entre otras, por las que el país no ha podido arrancar hacia un verdadero desarrollo económico y cultural.