Opinión

La derecha nicaragüense


Los políticos de derecha autoproclamados demócratas continúan sin ser consecuentes con el discurso. Son excluyentes, clasistas. Ellos nada más pretenden aumentar su riqueza. Mienten cuando dicen aspirar a la Presidencia de la República para que los pobres superen la miseria en la cual viven. Engañan porque representan la concepción señorial. En los últimos quinces años de aparente democracia, la derecha nicaragüense ha recuperado el dominio del Estado para privilegio de ellos, sus familiares y amistades, y en menor cuantía de sus seguidores que reciben tontas regalías acostumbrados a la limosna de sus benefactores en el poder.
Enrique Bolaños no para de repetir: vamos bien, vamos bien. Claro, ellos, sus amistades y proclives son quienes han superado sustancialmente. Veamos sus propiedades fastuosas, sus barrigas, salarios, viáticos, dietas, vehículos, y viajes financiados con el presupuesto del país. En cambio, la mayoría de la sociedad ha desarrollado su pobreza. Uno de los indicadores más significativos es la huida masiva de nacionales al exterior. En la década de los ochenta, acusaban a la revolución sandinista de ser la culpable del destierro, de la separación familiar, argumentando el comunismo como causa principal. Sin embargo, en democracia el éxodo persiste. Lo positivo es que las familias se favorecen económicamente aun cuando emocionalmente pesa la lejanía.
Por otra parte, sigue pretendiendo desaparecer al FSLN del espacio político y sólo ha pactado con él cuando no les queda otra alternativa. No por “demócratas”, sino porque esa organización les gana la batalla en la lucha por agarrar las cuotas de poder. Sucedió en 1979, y desde entonces las diferentes cúpulas de la derecha firman acuerdos con el FSLN.

Aliada de Somoza
Desde la fundación del FSLN, la derecha compartió las victorias de la dictadura de Somoza y no protestó cuando mataba a guerrilleros sandinistas. Lo justificaba nombrándoles asesinos, ladrones, terroristas, comunistas, coincidiendo con la Casa Blanca y la Guardia Nacional. El asesinato para ganar ha sido natural. Practicado por ideologías de derecha o izquierda, o justificación religiosa o social. La excusa en estos dos últimos también es ideológica. Defendido cuando les favorece. Unos pocos la desechan, favorezca o no.
Augusto C. Sandino fue asesinado por órdenes de Anastasio Somoza García, y obtuvo el poder al complacer a Estados Unidos, y sus adeptos se sintieron felices. Somoza García fue asesinado por Rigoberto López Pérez y la complacencia por un acto similar se tornó en abominación. Mucho antes de esa época, las torturas y asesinatos de la Iglesia Católica fueron exaltados como necesarios para defender la divinidad. La inquisición fue santa, en nombre de la fe. No importaron las atrocidades, entre las más reprochables en la historia de la humanidad.
Los asesinatos masivos de Estados Unidos en otros países y en el nuestro, y la bomba atómica que dejó caer, matando a miles de inocentes y provocando desgracia a otro tanto con sus descendientes, ha sido presentada como necesaria en defensa de la paz mundial y la democracia. A los chavalos, guerrilleros del FSLN, los torturaban y asesinaban, y el argumento era: es culpa de ellos, el que por mal camino anda mal acaba. Y a los jóvenes nos decían que no lucháramos contra Somoza: era convertirse en delincuentes y merecidamente asesinados.

Todos han robado
También la derecha le decía y dice ladrones a los del FSLN, aunque aquellos “legalmente” amparados por el Estado, manejado por ellos, robaron propiedades a los “improductivos indígenas”. Del erario ha nutrido sus cuentas bancarias. Exitosos a costa de los pobres a quienes mantienen en el analfabetismo para pagarles salarios miserables o restarles capacidad de reclamar con argumentos.
A los sandinistas calificaban y califican terroristas quienes vitoreaban los bombardeos de la Guardia Nacional en las comunidades campesinas de Pancasán, Waslala, Kilambé, Kirragua, La Tronca, Saslaya, Lisawe, El Cua, Bocay, Yaoska, y todo el territorio nacional cuando la insurrección. La derecha nicaragüense, siendo contrarrevolucionaria, alentó el bombardeo a Puerto Cabezas, Sahsa, Rosita, Bonanza, Siuna, matando civiles, y no logró instalar explosivos en la refinería, al ser descubiertos en Managua, donde hubiesen muerto miles de habitantes de residencias periféricas.
Comunista, por supuesto, la derecha no es ni será. Pero en nombre del anticomunismo fue cómplice de miles de asesinatos, y partícipe en miles de robos contra los que no ejercen el poder político. Decretaron leyes en favor de ellos y en detrimento de los pobres que ha sido la mayoría de nicaragüenses. Y siguen en la misma: robando. De los asaltos o robos, no se puede negar que el FSLN igual lo hizo. No lo avalo, tampoco lo condeno. Es parte del mecanismo instituido en esta sociedad para obtener poder. Lo que condeno es el método usado por cualquiera que llega al Estado. Lo ideal sería que cada quien prospere según su capacidad.
Sin embargo, la práctica de usar el Estado como prebenda de la clase política en el poder y sus familias y amistades, se ha convertido en máxima. Lo terrible de esa tradición es que en la sociedad se encuentra sólido el mensaje: El puesto público es para aprovecharlo, quien no lo hace es baboso, y si roba y reparte es justificado. Lo impúdico no es robar al Estado, sino negarse a compartir el botín.

Somoza, Príncipe de la Iglesia
Anastasio Somoza García fue muy querido por la derecha. Instituyó: Plomo para los enemigos, palo para los vacilantes y plata para los amigos. Los intelectuales derechistas (admiradores de otro dictador: Francisco Franco) engrandecieron la norma dictatorial y apoyaron y postularon al gran pensante como el pacificador y salvador del país: Príncipe de la Iglesia Católica.
A la par instauraron en los pobres una premisa repetida constante: soy pobre, pero honrado. Los ricos no tienen nada que ver con ese proverbio. Han sido, son y serán inmunes e impunes, aun cuando hayan acumulado capital robando al erario o a los pobres, o a quienes tienen menos influencia en el Estado. La derecha le ha hecho tanto daño al país que es la culpable histórica de la miseria y servilismo ante el imperio. Ha envuelto y sigue envolviendo a la nación, conceptual y prácticamente, en un modelo déspota de relaciones de poder.
Tanto los ricos como los nuevos ricos expresan una mixtura ética y estética de mal gusto. Relaciones sociales y laborales, oferta y consumo, están definidas por una ideología señorial, no han llegado siquiera a ser del disfrazado capitalismo social progresista, justo y equitativo. El tradicional rico se cree aún oligarca, imitado por el nuevo rico, viendo a los que no son de su “clase” como sirvientes que deben mantener la cerviz inclinada como castigo por ser incapaces del éxito.
Con esos antecedentes, en este país es una hazaña superarse sin el tráfico de influencia, sin el soborno, sin el poder político dominando al Estado, sin la corrupción. Quienes se dicen de izquierda tampoco han logrado vencer al modelo. En sus entrañas se encuentran oportunistas, malversadores, injustos, “avaricientos” como se dice en el norte del país. De ellos hablaremos luego.