Opinión

Dos apretando el gatillo


Mi compañera y yo nos quedamos esperando a ver qué pasaba, un pequeño vicio que tenemos juntos: olemos que algo increíble está a punto de suceder en cualquier momento, y de pronto nos retiramos un poco para mirarlo bien, sin ninguna interrupción.
Han instalado una feria en medio de dos calles, ya saben, una pequeña noria, un resbaladero, unos caballitos, y unos puestos donde si uno dispara con una escopeta de plomillos y acierta a dar en un blanco en medio de una rueda que gira, tal vez se lleva una muñeca, un peluche, u otro juguete. Yo sospecho que la mira de las escopetas siempre la tienen desviada para hacer más difícil el blanco, por eso es mejor deslizar la trayectoria del ojo tan sólo desde la boca del arma hasta el blanco móvil, trazar una línea invisible, y apretar el gatillo, con la culata bien sujeta contra el hombro. Teóricamente no se puede fallar, pero la que tiene que estar desviada es mi puntería, porque siempre que he querido dármelas de buen tirador y regalar el trofeo a quien me acompaña, no he tenido éxito, resignándome a humillarme en la solución desesperada de otro puesto del “siempre gana”, donde pagas por halar de un cordón entre muchos y siempre te cae algún pequeño osito de peluche. Hacia allí íbamos, al “siempre gana”, cuando los vimos aparecer a los dos. Ocuparon el puesto de disparo que acabábamos de abandonar nosotros, el de la escopeta trucada.
Uno empujaba la silla. Creo que era su hermano mayor, o podía ser cualquier amigo. El menor, que iba en la silla, padecía una parálisis cerebral que dejaba el resto de su cuerpo sin gobierno. El mayor le pide permiso o le pregunta si quiere que le consiga alguno de los peluches y éste, agitándose, entero al más mínimo estímulo, le da a entender que sí. El mayor paga una y otra vez por disparar a un blanco que se le resiste, y no recibe nada a cambio.
Mi compañera y yo creemos que el señor de la rifa, al final, por solidaridad, le va a regalar un premio de consolación al ver el empeño que el mayor está poniendo en conseguir un trofeo para su hermano pequeño que lo observa desde la silla, o parece que lo observa. La escopeta de plomillos apenas suena cuando se dispara, pero aun así, el chasquido es celebrado por el que está en la silla con el movimiento de todo su cuerpo como si quisiera saltar, y todos sus miembros se pusieran manos a la obra, y casi lo consiguen, si no fuera por sus pies que se vuelven como losas y son los únicos de su cuerpo que no vuelan a la misma velocidad del plomo.
El hermano mayor se vuelve a mirarlo, algo triste porque se le hace que no dará nunca en el blanco y se rasca en el pantalón como diciéndole, no me queda mucho más. De pronto, se le ocurre: ¿y si ahora disparas tú? El de la silla abre los ojos, sorprendido, asustado, creyendo que el otro, en medio de la frustración, se ha vuelto loco. De hecho, le quiere responder que está loco, precisamente cuando el otro ya le está levantando con los brazos asidos a su cintura. Los ojos casi se le están saliendo de la emoción y del vértigo cuando se siente impulsado desde la silla por su hermano. Cuando éste cree tenerlo listo, su cuerpo ahora se dobla, se revuelve como un pez y se escurre por sí solo de nuevo hacia la silla, pero llega un momento en que consigue por fin tenerlo de pie. El de la silla parece aceptar su nueva situación irremediablemente y con la mirada, con gemidos que parecen palabras, puede que esté diciendo: “De acuerdo, acércame la escopeta”.
El mayor se la coloca como puede, ante la mirada atónita del feriante, y de los dos agazapados que de lejos les miramos. La culata encuentra un apoyo imposible en el hombro del hermano incapacitado para estos menesteres. Una y otra vez, se escapa, pero vuelve a ponerse en posición de disparo. El mayor acerca la mano hacia el gatillo y consigue situar su dedo índice sobre el dedito del otro. “Te va a doler un poco, pero allá vamos”, y los dos dedos disparan. Blanco. Han dado en el blanco. Con la emoción, el mayor agarra por la cintura a su hermano menor y lo celebran como si hubieran cobrado un trofeo mayor. El menor emite sonido, borradores de palabras y es una alegría bañada de saliva y mocos en una felicidad tremenda que hace sonreír a todo el que pasa. No hay alegría más grande. No puede haberla.
El feriante, aún desconcertado, baja con la punta en gancho de una vara larga el oso blanco más grande que cuelga del techo, y el hermano mayor como imponiéndole una medalla olímpica, se lo entrega con solemnidad al menor que lo acoge en el regazo, abriendo los ojos como el cielo, para recibir aquella criatura que no le cabe entre sus brazos inquietos. Cuando se van de allí, es un alboroto el que llevan los dos con sus risas, sus gemidos, y su enorme oso blanco, bailando en una silla de ruedas.
Todo ha sido mentira. ¿Lo saben verdad? No dieron en el blanco, apenas el plomillo rozó el estante más alto, muy lejos de la diana móvil. También es mentira que el feriante no se diera cuenta. Desde que el hermano menor consiguió ser levantado a duras penas por el mayor en lucha contra sus pies de losa, el hombre estaba decidiendo qué premio les iba a dar. Creo que es también mentira que el hermano menor creyera que había dado en el blanco después de tantos intentos del otro que tenía control sobre sus nervios como para mantener fija la mira. Pero con todas estas mentiras, la verdad es que él pudo levantarse y disparar junto a su hermano, y en un momento fueron dos apretando un gatillo, tratando de cazar un oso blanco. Se pudieron haber imaginado una cacería de verdad. Con todas esas mentiras, mi compañera y yo estábamos asistiendo a un poema hecho de verdad, con el fondo de una música de feria (que en realidad era reggaeton). Pero la verdad es que supimos que acabábamos de presenciar una gesta, una victoria de la vida sobre todas las cosas.
Feliz Navidad
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