Opinión

Nicaragua y Costa Rica


La sociedad actual, rica en matices y diversidad, coloca como algunos de sus valores más preciados la libertad, la vida democrática, el disfrute de los derechos humanos y el acceso de la población al bienestar, sin exclusiones de ninguna naturaleza. Estos ideales se convierten en una aspiración compartida, capaz de movilizar a pueblos enteros, y en una guía para orientar políticas y decisiones en muy variados contextos. La extensión de los valores democráticos y la movilización constante para garantizar el cumplimiento de los derechos civiles, políticos y sociales traspasa fronteras y se prolonga por los más alejados rincones de la tierra. Éste es, quizás, el rasgo más sobresaliente y esperanzador sobre la posibilidad de humanizar el desarrollo en la sociedad contemporánea.
Pero, como suele ocurrir con los procesos sociales, con alguna frecuencia aparece en ellos la cara perversa de la moneda, símbolo del reduccionismo económico y egoísta. En este caso, somos testigos de cómo los crecientes fenómenos de exclusión social y el incremento de las migraciones económicas, empujadas por la imposibilidad enfrentada por numerosas familias de obtener los recursos para darle sustento y porvenir a sus integrantes, encuentran en la exacerbación del chauvinismo o patrioterismo y en la xenofobia; las reacciones más insensatas y detestables de grupos, más o menos amplios, en muy distintas sociedades. Pareciera existir un comportamiento similar ante estas situaciones, tanto en sociedades del Norte y como del Sur, sin importar sus desiguales, índices de desarrollo y sus particularidades históricas y culturales.
Desdichadamente, con dolor y preocupación, constatamos cómo en nuestros países se alimentan, sin reparar en sus graves consecuencias, el más obtuso chauvinismo o la más aberrante xenofobia, fenómenos degradantes de ricas culturas y generadores de lamentables atentados a los más elementales derechos de los seres humanos.
Anteponer mezquinos e inmediatos intereses particulares, ocultos tras altisonantes llamamientos patrioteros, o esconder los temores y frustraciones en la burla, el escarnio y la subestimación de personas con quienes se convive y de quienes se reciben aportes sustanciales e importantes para el desarrollo de la economía, la vida familiar, la seguridad ciudadana y el enriquecimiento de la cultura, puede conducir, en el corto o mediano plazo, sin proponérselo, a una confrontación sin sentido entre dos naciones hermanas que comparten historia, cultura, desafíos y esperanzas de bienestar, cuya consecución sólo se logra mediante la convivencia armoniosa y la unión de voluntades y esfuerzos.
El desarrollo histórico de Nicaragua y Costa Rica se encuentra indisolublemente ligado. Fue así en el pasado, lo es en el presente y lo seguirá estando en el futuro, por condiciones y circunstancias que sobrepasan los usos coyunturales que de ciertos fenómenos se hagan. La cercanía entre nuestras sociedades se ha ampliado y se solidifica mediante nuevos y más extendidos lazos entablados entre las personas, las familias, las organizaciones sociales, los sistemas educativos, las empresas y las instituciones.
Hoy, más que nunca, la búsqueda del diálogo, la negociación y el establecimiento de acuerdos razonables, alcanzados por los gobernantes de ambos países e impulsados por todos los actores sociales conscientes de la necesaria unión de nuestras naciones, habrá de ser el Norte hacia donde apunten las relaciones de dos pueblos con un destino común.
Carlos Tünnermann Bernheim, ex –Rector de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, Presidente del Consejo Centroamericano de Acreditación (CCA).
Jorge Mora Alfaro, ex –Rector de la Universidad Nacional de Costa Rica, Presidente del Consejo Nacional de Acreditación (Sinaes).