Opinión

Entre el deber y la simpatía, prefiero ser impopular


Éste es el principal dilema en la administración pública y privada, y principalmente para quienes nos toca la tarea de establecer los sistemas de control de los recursos y demandar la transparencia en la ejecución de los fondos, en este caso la supervisión de los fondos públicos. La mayoría de funcionarios públicos llega a ocupar un puesto con la esperanza de ganar amigos a montón, sin embargo, esto depende del grado de responsabilidad que tienen en el organigrama de la institución, con el solo hecho de tener personas subordinadas se determina el carácter de liderazgo en cuanto a asumir las misiones con eficacia y eficiencia, parámetros básicos para medir la excelencia del desempeño.
La simpatía es un atributo personal y depende de las características intrínsecas del individuo, en otras palabras hay personas simpáticas por naturaleza, le caen bien a todo el mundo, por el contrario hay otros que les caen mal a los demás sin necesidad de conocerlos, en la administración pública éste es otro cuento. La simpatía depende del grado de observancia o inobservancia de las reglas del juego, depende si nos hacemos los desentendidos con los deberes que nos corresponden por el desempeño del cargo.
En las instituciones se rompe la armonía cuando alguien trata de que las cosas marchen de la mejor manera, cuando se habla de disciplina laboral y control de los recursos esta persona se convierte en un sacrílego y blasfemo de la religión de la incompetencia.
Una de las tareas más difíciles y antipáticas es el control sobre el uso de los recursos del Estado, a la mayoría de la gente no le gusta el control, aman la anarquía y máxime cuando el dinero y los recursos no son propios, estamos navegando en una pésima costumbre de no tener el más mínimo aprecio por el buen uso del presupuesto; cuando aparece la persona que hará las auditorías tanto financieras como de gestión se convierte inmediatamente en el ogro más maligno, sin embargo, en este punto es que se miran los grados de solidez tanto de los principios personales como profesionales.
Este funcionario encargado de supervisar el manejo de los recursos que tienen a su cargo sus amigos, puede decidir entre seguir siendo el simpático que lo permite todo, pero que no cumple con su deber, o ser la persona con fe pública que se encarga de evitar que otros sinvergüenzas despilfarren los recursos del pueblo. He aquí la diferencia entre un simpático y un odiado por la mayoría.
Lamentablemente es necesario decir que en la administración pública es preferible contar con personas que no tengan simpatía, pero que tengan principios morales que garanticen el cumplimiento de las normas, lo ideal sería que goce de simpatía y aprecio de los demás compañeros, pero hablando por mi experiencia y tomando en cuenta la cultura de comportamiento de los nicaragüenses, eso es casi imposible.
Entre las principales causas de la corrupción se encuentra la inobservancia de las normas, en un mundo donde prima la ley del más fuerte hace suponer una administración de la selva, por ello la regla general es la malversación, el uso ilegítimo de los vehículos para beneficios personales y los de la familia, la contratación de los familiares, la coima en las licitaciones públicas, en resumen el desgobierno en la más absoluta anarquía que se expande en un desierto de inmoralidad y la ausencia más evidente de honestidad y honradez.
La pregunta recurrente ante esta circunstancia es: ¿Qué hacemos ante esta caótica situación en donde a los funcionarios les interesa más hacer amigos que cumplir con su deber?
Creo que son varias cosas y medidas que debemos tomar si estamos al frente de una institución pública, entre las principales tenemos:

1. La correcta selección del personal que estará a cargo del control de los recursos, la base para esta escogencia debe ser la capacidad profesional y personal para actuar ante situaciones de presión, esto se logra a través del establecimiento de parámetros claros en las convocatorias públicas para estos puestos.
2. La divulgación de todas las leyes, decretos, reglamentos, normativas, ordenanzas y toda comunicación de la administración pública que tiene como objetivo establecer las formas, procedimientos de control y prohibiciones a que están obligados los funcionarios en el manejo de los recursos del Estado.
3. El establecimiento de mecanismos y normas de supervisión en los distintos niveles de la administración pública, estos elementos deben establecerse en todos los procedimientos que se involucren recursos, tanto económicos como humanos, esto garantiza tener una ruta clara del flujo de desembolsos y la ejecución real de lo programado.
4. Desarrollar una campaña permanente de concientización del personal que labora en la administración, ésta deberá contener elementos de carácter ético y jurídico, esto último sin dejar de señalar las consecuencias derivadas del incumplimiento de las normas y los delitos en que puedan incurrir los mismos funcionarios por acciones contrarias a la ley.
5. Establecer códigos de conducta que sean suscritos por todos los trabajadores, esto sirve como una constancia de que tienen claro cuales son los parámetros con los cuales deben desempeñar sus labores y de alguna forma promuevan la cultura anticorrupción.
6. La publicación obligatoria de carteles a la vista del público en donde se señale que en esas oficinas no se tolera la corrupción, no se aceptan sobornos, etc., es decir este tipo de mensajes que de forma expresa obligue tanto al funcionario como a los clientes para no promover este tipo de actos deshonestos.
7. Ser implacables e inflexibles, tener cero tolerancia a la corrupción, ser drásticos cuando se presenten estos casos, no somos nosotros los que debemos perdonar los delitos, no tenemos facultades discrecionales para otorgar indultos por estos actos, la ley es dura, pero es la ley.
8. Finalmente, una voluntad de hierro en donde los que controlan los gastos, de saber que debemos preferir ser los más antipáticos personajes, en aras de salvaguardar el dinero de todos los nicaragüenses.

Me parece que la simpatía la tendremos cuando reconozcan nuestro trabajo tan delicado y noble, la simpatía solo la dará la sociedad si hacemos que muchos ladrones, que hoy en día siguen siendo líderes simpáticos para muchos descerebrados, efectivamente paguen por sus delitos en la cárcel. Prefiero ser el más antipático y odiado, pero implacable en la lucha anticorrupción, que ser el más agraciado y simpático inepto que solo es un adorno en el cargo y de forma cínica y cómplice permite que se roben los sueños de nuestros hijos a través del despilfarro de los bienes de todos.

León, diciembre de 2005