Opinión

Abstención


La idea según la cual la elevada abstención en las recientes elecciones parlamentarias en Venezuela constituye un triunfo de la oposición a la vez que una derrota clamorosa de Hugo Chávez carece de fundamentos y solo alcanza repercusión mundial por la difusión amañada que de ella hacen los medios de comunicación. En el fondo, el asunto es uno más en la cadena de sucesos con los cuales se pretende restar legitimidad a la Revolución Bolivariana y justificar alguna acción violenta que precipite un golpe militar o legitime una invasión del país por fuerzas extranjeras.
Una versión menos torpe sugiere que si bien los llamados a la abstención apenas explican un porcentaje pequeño de la misma, lo cierto es que no acudir a las mesas de votación en cantidad tan considerable vendría a demostrar que en Venezuela se está formando un nuevo “partido” denominado los “sin-sin”, es decir, sin Chávez y sin la oposición. El “argumento” tiene una mejor elaboración, pero tampoco se sostiene: de antemano se sabía que a unas elecciones parlamentarias los venezolanos tradicionalmente no acuden sino en porcentajes tan pequeños que muchas veces no alcanzan al 10% del censo electoral. Considerando lo anterior, la noticia sería en realidad que la Revolución Bolivariana, en contra de la tradición abstencionista del electorado, ha conseguido movilizar en unas elecciones parlamentarias el porcentaje más alto del que se tenga memoria en la historia reciente del país. Por supuesto un 25% de participación es una cifra muy baja, pero si se compara con las anteriores elecciones parlamentarias se puede constatar que Chávez ha logrado multiplicar por dos la participación electoral tradicional.
La realidad entonces muestra que el gobierno no solo ha refrendado nuevamente su legitimidad en elecciones limpias (ha ganado nueve eventos electorales seguidos) sino que consigue aumentar la participación ciudadana y disminuir la enorme desconfianza que los venezolanos tienen del sistema parlamentario y los políticos. Por supuesto, ni la abstención ni menos aún el desprestigio de las instituciones políticas resultan exclusividad de Venezuela. Sin embargo en este país este desprestigio ha sido muy acusado y el triunfo de Chávez y su movimiento se explican entre otros motivos precisamente por ese hastío y desconfianza por los políticos. En realidad ésta es ya una enfermedad que afecta a las democracias representativas sin excluir a las llamadas “democracias maduras” en las cuales la ciudadanía manifiesta crecientes recelos hacia la política, desconfía profundamente de los políticos y se ausenta dada vez más de las urnas. A este respecto El País de Madrid (sábado 10 de diciembre de 2005) divulgaba cifras muy reveladoras sobre la valoración de los políticos por parte de la ciudadanía, según daba a conocer un reciente estudio de la fundación Transparencia Internacional sobre la corrupción en el mundo.
Por todo esto Venezuela sería, en todo caso, una excepción saludable que los partidarios de la democracia representativa deberían saludar en lugar de criminalizar. En efecto, Hugo Chávez consigue dar vitalidad al sistema democrático abandonando la vía insurreccional, aceptando las reglas de juego de la burguesía, participando en las elecciones y ganando una tras otra con mayorías cada vez más amplias y de forma irreprochable. Los cambios introducidos por su gobierno han respetado los procedimientos y han sido siempre expresión de la mayoritaria voluntad ciudadana. O sea, no ha hecho otra cosa que aplicar las reglas de juego. Y en el caso concreto que nos ocupa, hasta consiguen romper la bajísima participación tradicional en elecciones parlamentarias.
Tanto analista político, tanto comentarista de prensa, tanto amigo de la democracia representativa debería felicitar al gobierno de Venezuela por haber conseguido superar las cotas de participación, fortaleciendo un sistema que en otras latitudes --por ejemplo en una democracia consolidada y modélica como la de Estados Unidos-- registra unos niveles de abstención clamorosamente bajos. En Norteamérica los porcentajes de participación en las elecciones presidenciales ni de lejos se acercan a los obtenidos por Chávez. Menos aún pueden los Estados Unidos ufanarse de tener un sistema electoral al que no se hagan objeciones importantes sobre su transparencia y limpieza. Chávez, por el contrario, ha ganado sistemáticamente todas las elecciones en que ha participado, sin objeciones por parte de las muchas misiones internacionales de supervisión, la “Fundación Carter” incluida. Para elecciones presidenciales la votación en Estados Unidos nunca alcanza el 50% del electorado; ni hablar siquiera de las elecciones parlamentarias. En algunos estados de la Unión la participación ciudadana no llega al 5%. A tanto doliente de la democracia venezolana esto parece no afectarles. La abstención solo les interesa si sirve como argumento para desacreditar a Hugo Chávez. De nuevo, la idea instrumental de la democracia: ésta se respeta mientras favorezca a la clase dirigente; se desconoce en cuanto ponga en peligro sus privilegios.
Pero en fin, cada día que pasa es más evidente que la mayoría de los medios de comunicación no tienen como finalidad informar objetivamente sino manipular y conducir la opinión en determinadas direcciones. El caso de Venezuela es paradigmático. Resulta claro el deseo de restar legitimidad al gobierno de Chávez; no basta que en Venezuela se respeten escrupulosamente todas y cada una de las condiciones de la democracia representativa. Chávez debe ser criminalizado a la menor oportunidad; las realidades deben distorsionarse de tal manera que se siembre la duda y el desasosiego. La Revolución Bolivariana debe ser presentada como un mal ejemplo para estos pueblos levantiscos, pues afecta muchos intereses, muchos privilegios.
El llamado a la abstención en Venezuela estaba teledirigido y formaba parte de la campaña de desestabilización que desde Washington dirige la actual administración republicana. Pero en esta ocasión el daño ocasionado ha sido menor mientras las pérdidas de sus aliados internos resultan catastróficas: se han quedado sin representación alguna en el Parlamento Nacional. Además, no hay objeción seria al proceso electoral y las quejas de la oposición según las cuales el sistema de votación y escrutinio contenía riesgos fueron satisfechas plenamente. Solo les queda repetir sus argumentos de siempre: Chávez es un dictador en ciernes, la democracia se debilita, Venezuela se precipita en el caos, etc. O sea, las conocidas fórmulas del “tratado del golpe de Estado” que tan buenos resultados les dio en Chile, Nicaragua y Haití. Venezuela, en cambio, les está resultando un hueso muy duro de roer.
Las mismas plumas que hoy demonizan a Chávez están ya envenenando el ambiente en relación a otros procesos electorales. El más inmediato, el de Bolivia, con la muy posible victoria del indígena Evo Morales; o la de Nicaragua, también favorable a los sandinistas; o la de Perú, con el ascenso inesperado de un ex militar nacionalista. Todos ellos por supuesto, ajenos al beneplácito de Washington, sin el apoyo de las multinacionales o el visto bueno de las llamadas agencias financieras como el FMI o el BM.
Se puede estar o no de acuerdo con Chávez o con los demás líderes contrarios al sistema imperante en América Latina. Lo que no es de recibo es que se intente desconocer su legitimidad cuando ellos hacen limpiamente el juego de la democracia representativa y ganan. Aunque a muchos no les agrade, estos líderes populares tienen plena legitimidad; la misma que los críticos acerbos de la Revolución Bolivariana defienden o desconocen según les convenga.