Opinión

Alguien abre la puerta


Era muy pequeño, pero aún la puedo ver, dudando un poco de que la memoria sea capaz de copiarlo todo como era. Era una casa en el campo que pertenecía a mi abuelo. Ya nadie la habitaba salvo unos guardas y un grupo de cazadores los fines de semana. Cuando los cazadores iban con mujeres e hijos, mi abuelo pasaba tenso todo el rato porque los niños jugábamos cerca de una habitación con una puerta de madera vieja que permanecía siempre cerrada. Ahora creo que sabíamos bien que al abuelo le molestaba que estuviéramos cerca de esa puerta y mucho más de que pudiésemos abrirla. Y como nos estaba prohibido, jugábamos aún con más motivo a al lado de ella. Nunca lo hicimos.
En el fondo, aunque sabíamos que no tenía echada la llave, el miedo que inspiraba aquella puerta fatal era suficiente para que nunca osáramos abrirla. En los juegos nos atemorizábamos entre nosotros, haciendo competencias en las que amenazábamos al perdedor con ser encerrado tras esa puerta. Decía que dudaba de que la memoria pudiera copiarlo tal cual fue, y aunque no puedo asegurar que así sea, al menos puedo decir que la puerta, cuando la sueño o la recuerdo, sigue produciendo el mismo terror que desde niño, como si tras ella algo malo estuviera solo esperando a que alguien participara de ello. Años después volvía a la casa ya abandonada, y con la tierra vendida. Casi no quedaba nada, y tenía que esforzarme por amueblar de memoria todos los espacios vacíos. Mientras la iba recorriendo, caminaba con pasos casi mudos. Pero luego les cuento lo que pasó, porque con esto quería hablarles más bien de otra cosa, que también me da cierto miedo.
El caso es que uno cree que hay cosas que de verdad nos están vetadas a causa de algo racional o no. Hasta hace muy pocos años, uno podía decir con orgullo que Nicaragua era una de las pocas excepciones en América Latina: un país lleno de problemas, pero libre del narcotráfico. Sin embargo, en este largo camino desde el noventa, empeñados en parecernos, en lo bueno y mucho en lo malo a otros países latinoamericanos, hemos ido abriendo puertas que habían permanecido cerradas durante mucho tiempo: la desigualdad, la corrupción diaria, menuda y grande, la falta de incentivos para la gente joven, el crimen, la nota roja y un largo, larguísimo etcétera que ya da pena.
Y ahora el narcotráfico, que ha ido in crescendo. Hace unos años se descubrió que en las dos regiones de la Costa Atlántica había varias pistas de aterrizaje ilegales, sin otro uso sospechado que el de servir de paso para las avionetas de la droga en su ruta sabida de sur a norte. El narcotráfico es un verdadero problema para el que por diferentes lados falta la voluntad necesaria para su resolución. Un amigo dice que sería de mucho alivio si en la zona con más consumidores de drogas del mundo, los Estados Unidos, se tomara la decisión de legalizar el consumo, y entonces el narcotráfico dejaría de ser el peligro y el problema que es hoy, y me imagino que también, la ganancia para muchos.
En Nicaragua, antes, las cantidades que quedaban rezagadas de cocaína eran mínimas comparadas con las halladas en otros países, desde su origen mayor, en Colombia, hasta Méjico antes de entrar en Estados Unidos. De vez en cuando aparecía un alijo, principalmente en La Costa, tal vez el mismo alijo volvía a desaparecer misteriosamente. Más tarde pudimos ver en un puerto una muchedumbre de mujeres implorando a las lanchas de la Policía con las manos hacia el cielo que les dejaran los paquetes de cocaína que un barco había lanzado desde cubierta en su huída por el mar. Luego, como para estamparnos en la cara cualquier atisbo de discriminación hacia nuestros costeños, nos fuimos dando cuenta de grandes alijos en la misma Managua, descubiertos algunos de ellos en casas de personajes conocidos, en Las Colinas, por ejemplo. Y ahora por fin, algo más de 600.000 dólares, una suma lo suficientemente atractiva como para financiar algunas cosas andan bailando por ahí, con el consentimiento, alegan que “inconsciente”, de la Corte Suprema de Justicia. Una firma, un permiso, un papel y el dinero ya no está. Tampoco la vergüenza, porque si la hubiera, hasta los mismos magistrados de la Corte Suprema de Justicia y los otros implicados públicamente actuarían más allá de lo legal (esa palabra está demasiado reinterpretada).
A muchos nos hubiera gustado oír un compromiso mayor por parte de los magistrados en su contribución para la recuperación del dinero. Han respondido después de la lluvia de acusaciones y escándalo en los medios de comunicación con la típica forma de proceder en nuestro país: imponiendo sanciones y despidos. Pero el dinero, nada de nada. Nuevamente lo que pasó con Alemán. A Nicaragua no creo que le importe tanto si Alemán está o no en la cárcel, como que se le devuelva lo que le fue robado, y se distribuya bien, cosa que hasta hoy no ha sucedido. La sospechosa y débil actuación de la Corte Suprema ha terminado por tumbar cualquier débil suposición de que sus componentes están libres de toda duda. A más de uno nos hubiera encantado escuchar del presidente que todos los magistrados han pactado comprometerse a hacer todo lo posible para que el dinero aparezca con toda la voluntad y en caso de que así no sea, ellos mismos, no ya por ser responsables directos, sino por voluntad, tratarían de restituir a partes iguales de sus mismas bolsas el dinero desaparecido. Más allá de la ley, sería el gesto de amor a Nicaragua y a la dignidad más lindo. Porque el dinero fue sustraído más allá de la ley, que no es lo mismo que de forma ilegal.
Cayendo a la realidad, veo difícil que los magistrados se comprometan hasta el punto de implicarse personalmente y con su propio patrimonio en la devolución de un dinero que ya está más que sucio si acaso no lavado. No lo creo porque temerían que se pensara de ellos que era una manera de autoinculparse. Pero este hecho no deja de alertarnos sobre la realidad de que el dinero del narcotráfico, o las suculentas migajas que caen en Nicaragua se está mezclando con la ley y con la política. Lo malo es que da la sensación que hace ya rato viene sucediendo lentamente. Conozco abogados, y ya hay un buen grupo de ellos, que levantan toda clase de comentarios entre sus colegas y se están construyendo una reputación de “narcoabogados”, enriqueciéndose también con los dividendos del tráfico.
En muchos casos, estos narcoabogados no trabajan por la inocencia de sus defendidos, en algunos es imposible, sino por encontrar todas las triquiñuelas legales posibles para echarle el muerto al otro. El problema es que hasta nuestros mismos jueces caigan en esa trampa. No sé en qué orden va, pero la ruta del dinero del narcotráfico llega a la administración de los partidos políticos, y esperemos que no sea ese dinero o una narcobala la que imponga también a los candidatos en unas elecciones democráticas en Nicaragua, como así lo ha llegado a hacer en otros países. No faltará quien dispare esa bala, posiblemente entre algunos jóvenes de los barrios de nuestra desesperación de Managua, las pandillas, una fuente de mano de obra para ejecutar las acciones del narcotráfico en el futuro. En fin, todo un entramado al que alguien empezó abriendo la puerta. Cualquier niño colombiano de cualquier suburbio de Bogotá, Cali o Medellín podría advertirnos por propia experiencia de lo que puede llegar a ocurrir, si es que ya no está ocurriendo en Nicaragua. Cualquiera de ellos podría narrarnos la crónica de una muerte anunciada.
Tienen que aparecer o devolver esos 600.000 dólares. No hay otra salida si no queremos iniciar ya el año electoral corrupto y sucio, más de lo que empieza. Es la única salida y la mirada honesta para Nicaragua. De quienes esperamos una respuesta no debieran imaginarse si quiera disfrutar de unas vacaciones sin que este asunto esté resuelto. No es la solución a todo. Todavía muchas manos tendrán que cerrar la puerta, me refiero a algunos jueces, abogados, policías y políticos, sin la contribución de los cuales jamás habría el narcotráfico llegado tan lejos en Nicaragua. Creíamos que el poder judicial estaba maniatado por el poder político, y en última instancia por el mismo poder. Ya eso era demasiado, no queremos más lazos ni más nudos.
Cuando volví a la casa de mi abuelo, ya en ruinas, no quedaba nada, pero al llegar a la habitación de la que les hablaba aún seguía cerrada. Han de creer que no pude abrirla, me fui de allí, como si mi abuelo aún viviera y me estuviera ordenando que no lo hiciera. Nunca supe lo que había tras esa puerta. Mi padre me contestaba con evasivas cuando le preguntaba sobre ella: “Unas armas viejas que aún pueden dispararse por descuido”, me decía. No sé si creerlo del todo, ya no me importa tanto. Sólo cuando recuerdo el miedo, entonces está ahí, con su madera vieja, la puerta que no se debe abrir.

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