Opinión

El amor en los tiempos del Sida


¿Tiene usted Sida? La sola pregunta es necia y hasta provoca sorpresa y desdén entre hombres y mujeres de distintas edades. Escepticismo y sarcasmo en sus rostros. Nunca la raza humana se ha sentido tan impotente ante una enfermedad que está terminando silenciosamente con millones de vidas. Las últimas estadísticas señalan que en Nicaragua dos personas adquieren el virus diariamente, no por amor, sino por sexo irresponsable. Por puro placer. Por no perderse ningún tipo de emoción. Y en el caso de los hombres, por alimentar nuestro machismo que ha adquirido categoría de deporte nacional. Para que después no digan que no sos macho. Algunos lo adquieren gratis o pagan por tenerlo. Depende del gusto del cliente. Depende de su morbo. Si estas cifras son ciertas, un 70 por ciento de nuestra población activa sexualmente morirá en los próximos diez años si no practica la monogamia o una abstinencia casi masoquista, o no usa un preservativo adecuadamente.
Sin embargo, quizá por las mismas características sui géneris de nuestra cultura, supersticiosa, escéptica y polígama, el Sida es un fantasma que no asusta a los nicaragüenses más machistas. Después de ser sobrevivientes de terremotos, huracanes, hambruna y hasta tsunamis políticos, los nicaragüenses se sienten inmunizados contra todo tipo de virus, vengan de donde vengan. Y si tomamos en cuenta que el machismo es equivalente a tener criptonita en el cuerpo y en la sangre, podemos concluir que el nica se siente una persona indestructible, poderosa, un Superman tercermundista que puede tener las mujeres que quiere, y que ningún virus le entra, incluyendo el Sida. ¡Qué locura! He escuchado a muchos hombres, incluso, ilustrados, afirmar que esta enfermedad es un mito creado por la ciencia para controlar la poligamia. Y que el virus sólo entra en organismos frágiles. Que basta el condón para seguir follando por los siglos de los siglos. Nada más falso. Gracias a esta errónea creencia, muchos jóvenes practican sexo de manera irresponsable y mueren aterrados al ver cómo su maravilloso cuerpo, rebosante de vida, se va deteriorando hasta convertirse en pasto de la guadaña.
Pero el Sida avanza silencioso e incontenible. No respeta estatus social ni político, credo religioso, raza, ascendencia. Acecha a cada hora, a cada minuto, en cada cita clandestina, en cada sexo sin protección, en cada promiscuidad. Su paso, como un huracán invisible, no deja huellas en las sábanas, en los baños, en los kotek de los moteles. Apenas queda el olor de esperma y sexo. Son testigos de este espectro los espejos de techo y el conserje del motel que avisa a los nuevos cadáveres que el rato ha terminado. Para algunos fue una cita de placer, para otros, una cita con la muerte. Está omnipresente en la vida social: en las discotecas, en los bares y cantinas de lujo, en las casas. Incluso, en el lecho doméstico que debiera ser una especie de altar sagrado, el Sida se instala, invisible, hasta que mata a cuentagotas, destruyendo físicamente y moralmente un amor que comenzó limpio y terminó infestado.
Pero la publicidad también contribuye a la propagación de la epidemia. La otra vez leí en un gigantesco cartel luminoso la siguiente frase sugestiva, casi seductora: “Extraños al entrar, amigos al salir”. Evidentemente la frase es subliminal y llama la atención. Quiere decirte, entre líneas, que el alcohol es un excelente aliado para las aventuras, y por qué no decirlo, para el sexo: crea confianza entre personas desconocidas, despierta las pasiones más íntimas, desinhibe hasta los extremos, hasta que de repente te encuentras atrapado en un sexo ocasional con una persona que conociste una noche y que quizá no volviste a ver jamás. Al final, la frase del cartel se cumplió como un mandamiento: entraron extraños y salen amigos, y en ocasiones amantes, raudos y descontrolados, a un motel u hospedaje cercano a practicar un sexo irresponsable e incierto. Desafortunadamente, para una gran mayoría de las personas, el alcohol es un aliado incontrolable, a tal punto de llevarlo a una aventura sexual que le puede costar la vida. No quiero pecar de moralista al hablar sobre el tema, pero tengo que decirlo con la crudeza del caso: el alcohol, la droga y hasta los “amigos” son aliados naturales del Sida. Y conste, no soy enemigo del alcohol. Conviví con él durante mucho tiempo. Me golpeó y al final terminé golpeándolo. Precisamente, porque lo conozco tanto y sé de sus muertes y daños, es que me atrevo a decir que es un aliado que puede conducirte a muchos caminos. Todo depende de cómo lo administres y las precauciones que tomes. Todavía no conozco a nadie que haya aumentado su calidad de vida teniendo como aliado al alcohol.
Y mientras tanto, el Sida se pasea desafiante en las esquinas y lugares más inhóspitos de la ciudad: exhibe su rostro camaleónico en los bares lujosos y pobres, en las fiestas de alta y baja sociedad, y se ensaña principalmente en incautas amas de casa que esperan a sus maridos, quienes más de alguno viene de acostarse con la muerte. Pero nadie dice nada. Tanto en las zonas residenciales como en los suburbios, el Sida está instalado. No tiene identidad definida. Pero ahí está, desafiante, provocativo. Tiene rostro de mujer rubia, ojos verdes, con medidas noventa, sesenta, noventa, bien vestida, de pedigrí, tal vez promiscua, que no cree en la ciencia, menos en las enfermedades. Cuidado con las rubias. Usted no sabe lo que hay dentro de ese cuerpo de Pandora. También tiene rostro de hombre de cuello blanco y corbata, apuesto, dueño de un carro del año, tarjetas de crédito y una buena posición social que se siente indestructible. Vacunado contra todo. Inmunizado. O tiene rostro de mujer indigente, desgreñada, mal vestida y hedionda a alcohol, con preservativos gastados en una cartera barata, vendiendo caricias para mantener a su familia. O tiene rostro de transexual, con medias prestadas, pintarrajeado como un payaso. El Sida puede encarnarse en un hombre o mujer de la alta sociedad o de los suburbios. Adquiere diversos rostros, distintas poses, y donde usted quizá menos se lo imagine puede estar latente y ataca. Una vez dentro de su organismo, la vida comienza a fragmentarse en pedacitos. Y lo más seguro es que la pena moral le gane al virus la ruta.
Creo que mientras no se descubra la vacuna contra el Sida lo más saludable es practicar la abstinencia y la fidelidad con tu pareja. El amor y el Sida son incompatibles. No hay mejor expresión de amor que la fidelidad o la abstinencia. Yo no creo en los preservativos. Quizá te protejan de la enfermedad, pero promueven la promiscuidad. Y ahí está el pecado. El amor es la única protección contra el Sida. El sexo irresponsable y polígamo es su mejor aliado. Alguien decía que no vale la pena morir por un “polvo”. Aunque polvo eres, y en polvo te convertirás.

*Periodista y escritor nicaragüense